Como ya va siendo habitual, la próxima guerra política está servida. Después de la trepidante aventura que ha generado la implantación del Estado de Alarma en Madrid -que concluye ya este viernes sin prórroga a la vista-, ahora llega la próxima entrega: «Toque de queda».

Pongámonos en situación para poder adentrarnos en el siguiente asunto jurídico del que España entera se hará un «máster» estos días.

La segunda ola ya se instaló de manera oficial en Europa. Mientras todos hablaban del temido y esperado número dos, España se había adelantado. Su segunda ola llegó a finales de verano -si es que la primera alguna vez se fué- y mientras debía haberse estado preparando para la llegada del frío, la gripe y el previsible colapso sanitario, esta «cigarra española» decidió impulsar el movimiento interterritorial para poder frenar el batacazo del sector turístico. Fué rápida y contundente España al decretar confinamiento: no le tembló la mano en la primera ola y, sin embargo, al llegar el calor, España se precipitó a abrir sus puertas, ventanas, hoteles y terrazas.

El virus estaba ahí, aunque se quiso pensar que podríamos vivir con él. Que el calor y no se qué cosas más le quitarían fuerza. Rebrotes por doquier y, como dice la canción, el verano terminó. Y lo hizo con datos alarmantes. El virus, no sólo estaba aquí sino que se había dedicado a hacer «su agosto». Así que la cigarra España se asustó porque tenía la tarea sin hacer, el frío llegaba y se había confiando demasiado.

Así las cosas llegó el desmadre. Se decidió vivir como si el virus fuera otro, como si la situación estuviera más controlada de lo que en realidad estaba, y todo esto se empañó por las tremendas broncas políticas, escándalos judiciales y sentencias de consecuencias políticas difícilmente digeribles. Pero está visto que en estas circunstancias se traga, se traga y se vuelve a tragar.

Se van sucediendo los hechos y yo los miro con la sensación que se tiene cuando «te pilla el toro» y tienes que leer esos últimos temas que no te dió tiempo a mirar. Y los lees atropellado porque el reloj va cada vez más rápido y el examen se te echa encima. Tratas de asimilar todo lo que estás viendo y alucinas con «cosas» que no te da tiempo a analizar del todo, pero que se quedan marcadas de alguna manera como «hechos para revisar». Y pasan después los días, los meses y al echar la vista atrás y resulta que están pasando muchos «hechos para revisar». Demasiados. Y se crea un poso en una especie de conciencia colectiva que siente que las va dejando pasar y cada vez son más gordas. El hilo se estira y todos somos conscientes de que no debe quedar mucho ya para que se rompa.

En este ambiente bronco, de tremendas injusticias, de decisiones absurdas, de ausencia al volante, de obviedades, de deslealtades imperdonables, de irresponsabilidades obscenas, y también de incertidumbre, de miedo, de rabia e impotencia es cuando la toma de decisiones parece un campo de batalla donde el enemigo a combatir no parece ser el virus dichoso, sino el adversario político.

Y el Gobierno de Madrid se pone en el centro de la estampa. Con una presidenta incomprensible, con unas medidas aberrantes, con una falta de rigor y con una temeridad manifiesta aprovecha una pandemia para su contienda política. Y el Gobierno del Estado, maniatado en plena negociación para los Presupuestos, titubea si ha de tener contundencia por temor a mostrarse débil y que de él se aprovechen unos «socios de gobierno» (lo digo por los independentistas y nacionalistas) que están dolidos y exigen, y saben de su poder estratégico. El PSOE y Unidas Podemos tienen que hacer malabares intentando que, mientras se meten el dedo en el ojo (los primeros a los segundos fundamentalmente), no se les caigan los apoyos.

Las derechas se revuelven. Su relato se rompe y las sentencias confirman lo que siempre han negado: que su gestión ha vaciado este país tomándonos el pelo y haciéndonos creer que no merecíamos una sanidad, ni una educación ni un país mejores. Que nos teníamos que conformar con las migajas que ellos nos quisieran dejar mientras se repartían lo de todos entre algunos colegas. Huelen sangre en el enemigo y se lanzan a morder sin sentido. Es venganza, es rabia y es, en definitiva, la mísera manera que ha quedado de la noble tarea de hacer Política.

Así que Madrid quiso apostar por la imagen hacia el mundo, alejada de la realidad, y quiso encerrar a unas zonas determinadas. Pero seguir sonriendo. La situación seguía empeorando hasta que, el Gobierno decidió tomar el control. Pataleta. Discurso de persecución política. Aparece la justicia a echarle guindas al pastel. Se destapan las trampas y la situación sigue desmadrándose. Y la segunda ola, la oficial, está a punto de llegar «oficialmente». Y nosotros con estos pelos.

Y ahora que se acaba el estado de alarma en Madrid, son ellos los que piden medidas como las de los colegas parisinos, o los belgas. Los checos también se lo están pensando: establecer el toque de queda. Una limitación de movimientos durante un tiempo determinado del día. La propuesta surgió este lunes en una reunión que mantuvo Díaz Ayuso con distintos colegios profesionales.

La idea supondría aplicar restricciones, sobre todo pensando en el ocio nocturno, durante unas horas. Pero hay un problema para Isabel: la decisión para poder decretar un toque de queda depende del establecimiento del estado de alarma. O sea, que solamente puedes restringir libertades fundamentales -como en el toque de queda-, si está declarado el estado de alarma. Y para eso, ha de ser el Gobierno quien lo determine.

El asunto suscita todo tipo de dudas, interpretaciones, incógnitas y lagunas legales. La única vez que se ha decretado el «toque de queda» en España fue el 23 de febrero de 1981. El contexto fue muy otro: el intento de golpe de Estado militar.

Ahora mismo son varios los países europeos que los están poniendo en marcha. En Francia, Bélgica o Italia están entrando en vigor estos días. En República Checa, sin llegar a decretarse el toque de queda, ya se ha dado orden de cierre a colegios, bares y establecimientos públicos hasta el 2 de noviembre.

La batalla actual en España es la de si, el Gobierno tomará la decisión de decretar un toque de queda a todos los territorios; si el PP estará dispuesto a negociar en vía política una cuestión de incidencia directa en la salud; de las tensiones que se generen en la moción de censura de hoy… en definitiva: tenemos los contadores subiendo en número de contagios, muertes y UCIS saturadas. Y mientras tanto, estudiaremos todos un poco de «Derecho» y nos haremos expertos en toques de queda, leyes orgánicas y estados de alarma.

Lo de hablar de ciencia lo dejamos para otro momento, claro. Que se lo estudie la hormiga.

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