martes, 3agosto, 2021
25 C
Seville

La chica de Beirut

Javier Velilla
AUTOR DE LA NOVELA _NI UNA PUTA FOTO_, PUBLICADA EN JUNIO DE 2017 POR VIVELIBRO. JAVIER RESIDE EN ARABIA SAUDÍ DESDE JUNIO DE 2016.
- Publicidad -

análisis

Fascismo, narcotráfico y fe

El enfoque religioso en el uribismo tiene un origen ya descrito en analistas e investigadores de las estrategias fascistas. Ya Klemperer en 1947, a partir...

Zapata y Peleteiro dejan en ridículo la xenofobia de la ultraderecha

La madre de Ray Zapata, el flamante medallista en gimnasia artística, tuvo que salir de República Dominicana, con sus tres hijos a cuestas, en...

Los Koala, un grupo salvaje especialmente violento

Detenido en Medina de Pomar, Burgos, otro implicado en la brutal paliza a un joven de Amorebieta. Se trata de un chico de 18...

Moncloa apuesta por la co-gobernanza con las autonomías para enfocar la recuperación tras la pandemia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez apostó el pasado viernes por la co-gobernanza con todas las autonomías para enfocar la recuperación tras la pandemia....
- Publicidad-

Fran, El Escritor, llegó una hora antes de que cerrara la tienda. Coleccionaba pulseras, que amontonaba en su muñeca derecha: pulseras de cuero, de colores, de hilo, de cuerda… Siempre hechas a mano, cada una comprada en un país distinto, recuerdos de sus viajes que ataba cerca de la mano con la que escribía. La tienda se llamaba “Dreamy Designs”, miraba al mar hacia el final de la calle El Akhtal El Saghir, muy cerca del aeropuerto, y se la habían recomendado en un puesto callejero en Byblos la tarde del día anterior, cuando huía de la hilera interminable de tiendas para los turistas que, como él, invadían la ciudad casi eterna. Le quedaban 15 horas en Beirut, antes de saltar al avión que le devolvería a su casa en Madrid. La tienda era pequeña, cuadrada, con un mostrador de cristal casi en el centro, atiborrado de pulseras terminadas, otras a medio hacer, delante de la silla donde se sentaba Malak, la chica de Beirut que hacía pulseras a mano, de cuero, de hilo, de colores, de cuerda; pulseras para atar recuerdos cerca de la mano con la que el Escritor escribía. Toda la tienda parecía forrada de pulseras, collares, anillos y pendientes. Todas las paredes, menos la que estaba a la espalda de Malak, chorreaban la artesanía de la chica de Beirut.

Ella dibujaba en un libro de bocetos y no separó los ojos de su trabajo mientras El Escritor la observaba, centrada toda la atención en su melena castaña, que caía ligera por debajo de los hombros. Malak llevaba la raya al medio, unas All Star blancas gastadas, vaqueros negros y una camiseta también blanca, de manga corta, con ribetes negros al final de las mangas y en el cuello, y unas letras grandes que decían “Nap Queen”, a la altura de su pecho. Cuando Malak miró al Escritor, dos ojos verdes enormes, protegidos por unas pestañas imposibles, apagaron las luces de la tienda y de la calle, el sonido del mar y los sentidos del El Escritor, que dejó de respirar mientras buscaba una palabra con la que romper el silencio que ocupó todo el espacio de la tienda, empujando las pulseras, los collares y los anillos a otra dimensión.

En la pared detrás de Malak sólo había una traviesa de madera sin tratar, una pieza de unos quince por treinta centímetros, en la que ella había dibujado tres niñas de espaldas, con vestidos blancos de manga corta, el pelo recogido en coletas asimétricas, divertidas, rematadas con lazos blancos que retaban a la ley de la gravedad. Los cuellos interminables parecían dibujar una sonrisa imposible, sin labios, irónica y dulce, que no era difícil imaginar.

“Querría esa pieza”, dijo el Fran señalando con un gesto por encima de los ojos de Malak, que descansaron durante diez segundos interminables en cada esquina del rostro de él. “No está a la venta”, dijo ella con una voz tan dulce que él creyó haberla soñado. Fran esperó a ver cuánto tiempo aguantaba ella su mirada. Y Malak no apartó sus ojos de los de él, que sonrió sin poder evitarlo y dijo por fin “Dame una oportunidad, por favor”. La chica de Beirut se levantó despacio, como una gata perezosa, y el Escritor descubrió que la camiseta acababa mucho antes de su ombligo, que brilló como un diamante negro por un instante, justo lo que ella tardó en decir “te la regalo, si adivinas cuál de las tres niñas soy yo”.

- Publicidad-

A las nueve salieron de la tienda, compraron vino tinto libanés, queso y pan integral, dos manzanas y dos naranjas y se montaron el Renault Clio blanco y destartalado de ella, que prometió a Fran la mejor vista de las estrellas del cielo de Beirut. A medianoche, camuflados entre pinos en las montañas que protegen la ciudad, habían ya recorrido las memorias de sus últimos años, habían memorizado los ángulos de sus rostros a pesar de la oscuridad que los rodeaba, sostenían el mundo con sus manos entrelazadas y recordaron de repente que había un cielo plagado de estrellas al que mirar. La madera con el dibujo de las tres niñas descansaba en el asiento de atrás, esperando que el Escritor hiciera su apuesta. Escrutaron el cielo en un silencio salpicado de palabras, tumbados sobre una manta negra, aparecida como por arte de magia del maletero del Clio, arropados con otra manta, azul, que debió salir del mismo sitio. Apuraron el vino, comieron el queso en pedazos pequeños, mordisquearon la misma manzana riendo como niños, se besaron como ángeles sin alas, compartiendo el aire que respiraban, sin separar sus labios más de dos centímetros, y se amaron sin consuelo hasta que el sueño los venció y un poco más tarde el sol detrás de los pinos los devolvió de nuevo al planeta tierra.

Orinaron junto al coche, a la vez, muertos de risa, y descubrieron en el primer beso de la mañana el sabor añejo del vino, el queso y las manzanas, y a falta de cepillos y pasta de dientes se besaron aún más y apuraron la fruta que les quedaba hasta que los besos les supieron a naranja y a mañana recién estrenada, y se amaron otra vez porque se les acababa el tiempo y el Escritor tenía que coger un avión, y adivinar aún cuál de las niñas era la Chica de Beirut.

“¿Cómo sabré si acierto o no?” preguntó él. “Lo sabrás”, contestó Malak, “confía en mí”. Fran tomó la madera en sus manos, pero miró al mar, que despertaba, y a ella, que lo miraba a él, desde esos ojos verdes que brillaban ya como jades sin engarzar. “Eres la niña del medio”, dijo él, sin dudar.

Malak cogió la tabla de sus manos, con suavidad, y la giró despacio. En la otra cara, la oculta, la que besaba a la pared en la tienda de las pulseras, las tres niñas tenían rostro, gestos y ojos, miraban sonriendo a la artista que las puso allí para siempre, desde la distancia de los años que ya no vuelven. Los ojos de la niña del medio eran verdes, como jades sin engarzar. “¿Lo ves?” dijo la chica de Beirut, “te dije que lo sabrías”.

A las diez y media Malak se asomó a la calle, para decir adiós al avión que volaba frente a ella, destino Madrid, indolente y orgulloso, obsceno en su potencia y su rugido, ajeno a ella y a su mundo.

Un instante después Fran abrazó a la chica de Beirut por detrás, abarcando su pecho con los brazos, y sus labios se posaron en la nuca de ella, desprotegida, expuesta por debajo de las dos coletas juguetonas en las que Malak había recogido su pelo al bajar de la montaña. Después él la giró despacio, hasta llegar a ver sus ojos de jade y comprobar que ella era, todavía, la niña del medio en el dibujo sobre la madera. La chica de Beirut besó al Escritor, y el mundo se paró otra vez, mientras el avión se alejaba de ellos, sobre el mar Mediterráneo.


BEIRUT GIRL

Fran, the Writer, arrived an hour before the store closed. He collected bracelets, which he piled on his right wrist: leather bracelets, colored, thread, rope … Always made by hand, each bought in a different country, each one a memory of his trips, that he tied near the hand he wrote with. The store was called «Dreamy Designs», had sea views and was located towards the end of El Akhtal El Saghir Street, very close to the airport, and had been recommended to him in a street stall in Byblos the previous afternoon, when he was running away from the countless stores for tourists who, like him, invaded the almost eternal city. He had 15 hours left in Beirut, before jumping on the plane that would return him to his home in Madrid. The store was small, square, with a glass counter almost in the middle, stuffed with finished bracelets, others half done, in front of the chair where Malak sat, the Beirut girl who made bracelets by hand, leather, thread, colors, rope; bracelets to tie memories near the hand the Writer wrote with. The whole store seemed lined with bracelets, necklaces, rings and earrings. All the walls, except the one on Malak´s back, were dripping with the craftsmanship of the Beirut girl.

She was drawing on her sketch book, and did not separate her eyes from her work as the Writer watched her, all the attention focused on her brown hair, which fell smoothly below both of her shoulder sides. Malak was wearing worn white All Stars, black jeans and a white t-shirt, short sleeved, with black trim at the end of the sleeves and on the neck, and large letters that read «Nap Queen», at her chest. When Malak looked at The Writer, two huge green eyes, protected by impossible eyelashes, turned off the lights of the store and in the street, switched off the sound of the sea and the senses of the Writer, who stopped breathing while looking for a word to break the silence that occupied the entire space of the store, pushing the bracelets, necklaces and rings to another dimension.

On the wall behind Malak there was only an untreated wooden crosspiece, about fifteen by thirty centimeters, in which she had drawn three girls on their backs, wearing white short-sleeved dresses, their hair pulled up in asymmetrical, funny ponytails, topped with white ribbons that challenged the law of gravity. The endless necks seemed to draw an impossible smile, without lips, ironic and sweet, which was not difficult to imagine.

«I would like that piece,» said Fran, signaling with a gesture the wall behind her. Malak´s eyes rested for ten interminable seconds on each corner of his face. «It’s not for sale,» she said in a voice so sweet that he thought he had dreamed about it. Fran waited to see how long she held his gaze. And Malak did not take her eyes from his, who smiled helplessly and said at last «Give me a chance, please». The Beirut girl got up slowly, like a lazy cat, and the Writer discovered that the t-shirt ended above her navel, which shone like a black diamond for a moment, just what it took her to say «I’ll give it to you, if you guess which of the three girls I am»

At nine o’clock they left the store, bought Lebanese red wine, cheese and whole wheat bread, two apples and two oranges and rode her dilapidated white Clio, as she promised Fran the best view of the stars in the sky of Beirut. At midnight, camouflaged among pine trees in the mountains that protect the city, they had already gone through the memories of their last years, had memorized the angles of their faces despite the darkness that surrounded them, held the world with their hands intertwined and remembered suddenly that there was a sky full of stars to look at. The wood with the drawing of the three girls rested in the back seat, waiting for the Writer to make his bet. They scrutinized the sky in a silence dotted with words, lying on a black blanket, appeared as if by magic from the trunk of the Clio, wrapped in another blanket, blue, which must have come from the same place. They rinsed the wine, ate the cheese in small pieces, nibbled the same apple laughing like children, kissed like angels without wings, sharing the air they breathed, without separating their lips more than two centimeters, and loved themselves without consolation until they fell asleep, and a little later the sun behind the pines brought them back to planet earth.

They peed beside the car, at the same time, laughing helplessly, and discovered in the first kiss of the morning the vintage flavor of wine, cheese and apples in their mouths, and in the absence of brushes and toothpaste they kissed even more and rushed the fruit that they had until the kisses tasted orange and morning just released, and loved each other again because they were running out of time and the Writer had to catch a plane, and guess which of the children the Beirut Girl was.

 

«How will I know if I’m right or not?» He asked. «You’ll know,» Malak replied, «trust me.» Fran took the wood in his hands, but looked at the sea, which had just woke up, and at her, who looked back at him, from those green eyes that already shone like jades without setting. «You’re the child in the middle» he said, without hesitation.

Malak took the table from his hands, gently, and turned it slowly. On the other side, the hidden one, the one who kissed the wall in the bracelets shop, the three girls had faces, gestures and eyes, they looked smiling at the artist who had put them there forever, from the distance of the years that will not come back. The eyes of the girl in the middle were green, like jades without setting. «You see?» Said the girl from Beirut, «I told you that you would know.»

At ten-thirty Malak peeked into the street, to say goodbye to the plane that flew in front of her, destiny Madrid, indolent and proud, obscene in its power and its roar, oblivious to her and her world.

An instant later Fran hugged the girl from Beirut from behind, embracing her chest with his arms, and his lips rested on the nape of her neck, unprotected, exposed beneath the two playful pigtails in which Malak had collected her hair when they came down from the mountains. Then he turned her slowly, until he could see her jade eyes and confirm that she was still the child in the middle of the drawing in the wood. The girl from Beirut kissed the Writer, and the world stopped again, while the plane was moving away from them, over the Mediterranean Sea.

- Publicidad -

Relacionadas

- Advertisement -
- Publicidad -

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre

- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -

últimos artículos

Una quimera: derecho a que la Justicia haga justicia

El juez García Castellón imputa Fernández Díaz y a su cúpula policial en el caso Kitchen por espiar a Bárcenas. Así mismo desvincula del...

Cataluña consigue en la reunión bilateral 1.700 millones para la ampliación del aeropuerto del Prat

Como “un buen comienzo” ha sido ha calificado por la nueva ministra de Política Territorial, Isabel Rodríguez, la Comisión Bilateral en la que se...

Fascismo, narcotráfico y fe

El enfoque religioso en el uribismo tiene un origen ya descrito en analistas e investigadores de las estrategias fascistas. Ya Klemperer en 1947, a partir...

Reparación a las víctimas del franquismo

Ley de Memoria Democrática SÍ, NO a la ley fascista de la concordia. El Gobierno tras el Consejo de Ministros en La Moncloa, el 20/07/2021,...
- Publicidad -
- Publicidad -

lo + leído

Una quimera: derecho a que la Justicia haga justicia

El juez García Castellón imputa Fernández Díaz y a su cúpula policial en el caso Kitchen por espiar a Bárcenas. Así mismo desvincula del...

Cataluña consigue en la reunión bilateral 1.700 millones para la ampliación del aeropuerto del Prat

Como “un buen comienzo” ha sido ha calificado por la nueva ministra de Política Territorial, Isabel Rodríguez, la Comisión Bilateral en la que se...

Fascismo, narcotráfico y fe

El enfoque religioso en el uribismo tiene un origen ya descrito en analistas e investigadores de las estrategias fascistas. Ya Klemperer en 1947, a partir...

Reparación a las víctimas del franquismo

Ley de Memoria Democrática SÍ, NO a la ley fascista de la concordia. El Gobierno tras el Consejo de Ministros en La Moncloa, el 20/07/2021,...