Cada nueva traducción de grandes clásicos universales en manos de Alba Editorial se convierte en todo un acontecimiento. Ya fue así con su traducción de la obra más universal de Flaubert, La señora Bovary, también llevada a cabo como en esta ocasión por la prestigiosa María Teresa Gallego Urrutia, que en La Cartuja de Parma, de Stendhal, firma a cuatro manos su trabajo con Amaya García Gallego.

Las traductoras de la obra inmortal del autor de Rojo y negro nos invitan con pasión a emprender la lectura de una obra imperecedera que cobra ahora una nueva dimensión. “Al abrir este libro, el lector no está empezando a leer una novela, sino abriendo una ventana a un deslumbrante castillo de fuegos artificiales cuyas palmeras crea Stendhal entre el 4 de noviembre y el 25 de diciembre de 1838, en un arrebato de libérrima inspiración con el que busca esencialmente complacerse a sí mismo, disfrutar sin cortapisas, hablar como quiera de lo que quiera, de su amada Italia, de la napoleónica, sí, pero también de una Italia eterna e intemporal, encarnada en unos personajes no menos libres de lo que se sentía él en ese momento, descarados, desvergonzados incluso, amorales salvo alguna rara excepción, que se rigen por su santa voluntad sin pensar en lo que arrollan a su paso”.

En apenas un párrafo, las traductoras nos introducen con maestría en el romántico universo del francés Henri Beyle (Grenoble, 1783-París, 1842), Stendhal desde su tercer libro, que prefirió que su tumba llevase el nombre de “Arrigo Beyle, milanese. Hasta ese punto llegó su entrega y pasión por Italia.

“Al abrir este libro, el lector no está empezando a leer una novela, sino abriendo una ventana a un deslumbrante castillo de fuegos artificiales”

Aburrido en su cargo de cónsul de Civitavecchia, en los Estados Pontificios, Stendhal regresa a París en un estado de febril creatividad. Tiene en la mente una de las historias románticas más apasionantes de la literatura universal, La Cartuja de Parma, publicada en 1839. En apenas 53 días sin salir del número 8 de la parisina calle Caumartin, Stendhal presenta a su editor los tres volúmenes de su monumental novela, que luego se quedarían en dos. Poca importancia tienen las inconcreciones y fallos inocentes fruto de las prisas.

En septiembre de 1840 escribe Balzac: “[Stendhal] Ha escrito, en fin, El príncipe moderno, la novela que escribiría Maquiavelo si viviera proscrito de Italia en el siglo XIX”. No puede haber mejor crítico ni mejor crítica. Directa de genio a genio.

Nunca dejarán de escribirse ríos de tinta de esta historia imperecedera, universal. De la cautivadora Gina, duquesa de Sanseverina, la arrebatadora mujer que noquea los corazones de media corte de Parma. Tampoco nadie podrá olvidar el magnetismo que posee el personaje de su sobrino Fabrizio del Dongo, por quien pierde los vientos la protagonista. O de Clelia, la hija del carcelero del sobrino de la duquesa. Todo ello envuelto en un ambiente muy peculiar, marcado por el dominio napoleónico de prácticamente todo el continente.

Una novela romántica que ya avanzaba los principios del realismo, pero que por encima de encasillamientos será siempre la novela con mayúsculas, al menos una de ellas. Y no son muchas en la historia universal.

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