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La cárcel, protagonista de la actualidad

Pedro Antonio Curto
Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.
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No es nada nuevo que en las Españas la cárcel tenga un protagonismo más allá del fin al que supuestamente está destinada tal institución, que según la Constitución es la reinserción. Los espacios cerrados han sido utilizados históricamente por el poder frente a problemas políticos y sociales, desde leproserías y manicomios, hasta las modernas instituciones penitenciarias. Y aunque de diferente forma, siguen siendo un espejo que funciona de dentro hacia afuera, reflejando la arquitectura institucional y social, a la vez que construyendo estigmatizaciones.

Ya en su tiempo el escritor Fiódor Dostoevsky dijo: “El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato que da a sus presos.” Y sabía en carne propia de que hablaba, pues condenado a muerte por sus actividades políticas, se liberó del pelotón de fusilamiento, pero tuvo que pasar cuatro años en el gulag de Siberia. Allí comprendió que no se pretendía redimir las “conductas desviadas”, sino sacralizar el castigo punitivo y darle una fuerte justificación social. Y en esa sacralización seguimos, sólo basta observar el absurdo debate que cuestiona la existencia de presos políticos, como si negándolo, quitase categoría a las personas afectadas.

Por otra parte, hasta las más terribles dictaduras, han negado tener presos políticos. A fin de cuentas por la cárcel han pasado de Cervantes a Miguel Hernández, grandes personas de la historia, lo cual debería hacernos pensar, porque tan a menudo, en las Españas, la intelligentsia y la razón terminan habitando tras los muros carcelarios. Pero no parece ser así esa reflexión, con lo más retrogrado vestido de tardomodernismo, la prisión se enarbola como solucionador de conflictos sociales y lo que es peor, como avalador popular de la violencia institucional contra quien piensa diferente.

La última ha sido que el candidato a president de la Generalitat, Jordi Sánchez, encarcelado, se le ha impedido el ejercicio de sus derechos, según los juristas independientes, de forma nada judicial: venganza e imposición. Las mismas que han llevado a dirigentes políticos, sociales, cantantes de rap… y todo aquel que cuestione el statu quo, a prisión o pendientes condenas de cárcel.

La cuestión es sencilla, aunque su estructura sea compleja: disentir de la España oficial es echar boletos para acabar en la sombra. Se trata de la estrategia del miedo. Aquí nos encontramos con el meollo de la cuestión: la crisis del marco jurídico-político del 78, que desvestido de sus “consensos”, se agarra al monopolio de la violencia y avanza por el camino del autoritarismo. Y para ello el Régimen precisa de algo tan peligroso, como por desgracia eficaz: la socialización de un populismo punitivo y déspota.

Con las estigmatizaciones, con su poderosa y fácil difusión, con un limitado pensamiento crítico en la sociedad, la cárcel se ha convertido en un método recurrente y solucionador. Que hay crímenes, cadena perpetúa (escondida bajo el eufemismo de Prisión Permanente Revisable) y es muy preocupante que partidos extremistas hayan entrado en una competición para ver cual es el más duro. Como el endurecimiento que se pide del Código Penal, que como han señalado algunos juristas, sólo hace falta leerlo para percibir el estado totalitario del que es heredero.

Poco importa que España tenga uno de los cumplimientos de pena más altos de toda la UE, o que por ejemplo en EE.UU exista la pena de muerte, cadena perpetua y penas durísimas, lo cual no evita crímenes en masa y un alto nivel de violencia. Las fobias y los bajos instintos son muy poderosos ante la racionalidad e incluso, la realidad: soluciones fáciles frente a cuestiones complejas. La vigorosa potestad de la prisión, como reacción social ante determinados fenómenos, se está utilizando con un claro sentido político, frente a quienes se consideren “enemigos” del orden vigente. Además la cárcel es un instrumento coercitivo en manos de los poderes del estado y por lo tanto, un espacio de legitimidad institucional, que busca su legitimidad “popular”: El “Puigdemont a prisión” que se ha hecho tan tristemente famoso, fotografía a un Régimen y a una buena parte de la sociedad convertida en linchadores. Un sistema presa de sus orígenes totalitarios, esclerotizado y quebrado, que reacciona violentamente ante las voluntades de cambio. Así no es extraño que la cárcel se haya convertido en su paradigma y su esencia. Como ya he dicho, la cárcel funciona hacia afuera y hacia dentro, y lo más terrible, está en lo que refleja su espejo externo.

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