La actriz Bibiana Fernández ha iniciado una necesaria y meritoria campaña contra la censura en las redes sociales, donde se prohíbe cualquier fotografía de una mujer con el pezón al aire. Bibi no entiende cómo es posible que se permita posar a los hombres con sus pechos al desnudo con entera libertad mientras ellas tienen que andar tapando la cúspide de su mama con una pequeña estrella negra, una manzanita pudorosa o un humillante emoticono sonriente cada vez que suben una imagen a Instagram. Y tiene toda la razón la ex chica Almodóvar.

La censura siempre ha estado ahí, mayormente para ocultar el cuerpo de la mujer, ya que en definitiva los censores son el aparato policial al servicio del patriarcado y de la represión de la sexualidad femenina. Así, el Papa ordenó a Volterra que cubriera con ropa las partes pudendas de los personajes que Miguel Ángel retrató en la Capilla Sixtina (por ello pasó a la historia como Il Braghettone, o sea El Calzones). Más tarde la Inquisición procesó a Goya por La maja desnuda, que fue requisada por el siniestro tribunal tras calificar el lienzo de “obsceno”. Y la inmortal obra Desayuno en la hierba de Manet fue rechazada por el jurado del Salón de París y totalmente reprobada por la crítica. De una manera o de otra, los poderes reaccionarios y de la Iglesia católica siempre han tratado de ocultar con una simple hoja de parra la inmensidad misteriosa del sexo de la mujer.

En España, cuando parecía que ya nos habíamos librado de la censura franquista, nos cae otra maldición no menos represiva: la que nos llega por las redes sociales, ese funesto Gran Hermano que lo controla todo y que tiene sorbido el coco a millones de personas. Lo que no pudo hacer la justicia española en el 75, prohibir la foto de Marisol en pelotas en la portada de Interviú, lo han terminado por conseguir cuarenta años después unos neuróticos informáticos americanos con gafas de culo de vaso, acné juvenil y pintas de tímidos reprimidos.

La injusta normativa de ocultar el pezón evidencia que los directivos de las multinacionales Facebook y Twitter van a su aire, al margen de las Constituciones nacionales que protegen los derechos fundamentales de las personas. Sus impulsores, jóvenes cerebritos de Silicon Valley con demasiadas horas de ordenador y pocos libros de filosofía −pero podridos de pasta−, son gentes puritanas, reaccionarias, gazmoñas. En esos laboratorios no solo se inventan algoritmos y chips, sino teorías involucionistas, machistas y obsesivas con el sexo que sueñan con liquidar algún día las libertades y el feminismo. Estamos hablando de los hijos de aquellos jipis del 68, tipos que han vuelto atrás en el péndulo de la historia y que lejos de llevarnos hasta un futuro de ciencia ficción nos arrastran de nuevo hacia la Contrarreforma luterana. Resulta más que obvio que ellos, los jovenzuelos espías e informáticos del ‘trumpismo’, dueños y señores de la aldea global y de Internet, congenian con las ideas del ‘Tea Party’ más conservador, un movimiento que ha exportado su bazofia ideológica retrógrada por los cinco continentes.

Todo son señales de que hemos entrado en una nueva época oscura de la cultura occidental. Los líderes políticos hacen ostentación del mojigatismo más ridículo y la xenofobia más abyecta se extiende de forma imparable contra las minorías y contra la mujer. La epidemia es contagiosa y ya está causando estragos en España de la mano de personajes como Rocío Monasterio, candidata de Vox a la Comunidad de Madrid, una activista del Ejército de Salvación a la que solo le falta el vestido negro y el velo, como aquellas Tacañonas del Un, Dos, Tres del tristemente fallecido Chicho Ibáñez Serrador. La última de esta señora es que ha apoyado un manifiesto defendiendo la libertad de los padres que quieran llevar a terapia de reorientación sexual a sus hijos gays. Es decir, más represión, más gente en el armario y probablemente más índice de suicidios.

La plaga de necedad al servicio de los poderes fácticos más reaccionarios que tratan de restringir nuestras libertades lo contamina todo y ahí es donde entra Facebook, el gran censor al servicio de las teorías de Trump. No hace falta recordar que la red social ya retiró un vídeo didáctico de la Fundación L’Hermitage de Lausana (Suiza) que incluía la obra Desnudo recostado, de Modigliani, quien por lo visto sigue siendo flanco del puritanismo más enfermizo después de que en 1917 la policía clausurara una de sus exposiciones porque sus desnudos mostraban el “vello púbico” en todo su realismo y esplendor. La red social de Zuckerberg también ha arremetido contra el famoso desnudo El origen del mundo, de Gustave Courbert, que finalmente ha sido desterrado de los muros “feisbuqueros” por atentar contra el orden y las buenas costumbres.

La santurronería de Facebook ha llegado a tal nivel de paroxismo que la oenegé argentina Macma (Movimiento Ayuda Cáncer de Mama) ha tenido que recurrir a la imagen de un señor con sus pechos generosos y peludos al aire para sortear la censura y evitar de esa manera que una de sus campañas para la prevención de los tumores malignos en las mujeres fuera prohibida. Un auténtico disparate.

Resulta incomprensible para una mente sana que en pleno siglo XXI el cuerpo femenino pueda seguir suscitando la misma reacción discriminatoria y de repulsa que generaba en tiempos medievales. Por eso la lucha de la Fernández es más necesaria que nunca. Si quiere enseñar los pezones está en su perfecto derecho y un señor millonario y judío de la lista Forbes no es quien para prohibirle que airee sus bibianas a los cuatro vientos.

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