Al igual que el 11S marcó una fecha histórica en el devenir de Estados Unidos, el 6 de enero de 2021 marcará un antes y un después para el pueblo norteamericano. Las imágenes de comandos ultraderechistas armados saqueando el Capitolio, pisoteando con sus botas fascistas el gran templo de la democracia y destrozando las cámaras de televisión de la CNN son reales, no una pesadilla ni una de esas malas películas de apocalipsis que tanto gustan a los infantilizados norteamericanos. Anoche asistimos en vivo y en directo a la caída del imperio americano tal como lo hemos conocido, una brutal violación colectiva de la Constitución de 1787 a manos de unos bárbaros supremacistas anglosajones temerosos de perder el dominio blanco. Había que frotarse los ojos ante el televisor mientras esos personajes enloquecidos de la América profunda salidos de Mad Max tomaban militarmente uno de los centros neurálgicos del poder mundial para registrar los despachos del Senado en busca de las actas y papeletas electorales con el fin de quemarlas y seguir manteniendo a su amado líder en el poder.

Lo que se ha vivido estas horas en Washington no es una protesta cívica al uso, sino una auténtica sedición, una «insurrección» popular, tal como la ha calificado Joe Biden. Un intento de golpe de Estado en toda regla. Desde hace tiempo las hordas trumpistas habían fantaseado con este día, una especie de incendio del Reichstag en versión yanqui solo que alimentada con mucho peyote mexicano en lugar de cerveza de Baviera. Por esos mismos pasillos por donde en su día caminaron los Padres Fundadores (los Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y George Washington) anoche deambulaba una jauría humana babeante de furia y borracha de odio dispuesta a reducir la democracia a cenizas. Resulta difícil no comparar a ese Ejército de vándalos de Minnesota pertrechados con banderas confederadas, chalecos antibalas y rifles de asalto con aquellos bárbaros llegados más allá de las fronteras germanas que en el siglo V de nuestra era liquidaron mil años de Imperio Romano. Estremece contemplar la imagen de ese tipo cuasi vikingo surgido del medievo con claros síntomas etílicos o de inhalación psicotrópica llevándose bajo el brazo el atril centenario de la Cámara de Representantes mientras un camarada, entre risotadas psicóticas, inmortaliza el momento y sube la foto a las redes sociales. Toda revolución es también un saqueo, y nada de lo que se vio ayer es muy diferente a lo que hicieron en el 410 los godos de Alarico que arrasaron Roma y se llevaron las esculturas de los dioses y los tesoros del emperador a sus poblados del Rin.

Estados Unidos ha tocado fondo tras caer en la noche más oscura y ha pasado de ser el modelo de República fuerte y poderosa a la materialización de una República bananera chusca y decadente. Todo eso lo ha conseguido un empresario paleto con mucho dinero y mucho arte para el bulo tuitero. El mundo contempla atónito cómo el gran subversivo antisistema que se ha cargado la democracia en USA no ha llegado de las filas del marxismo, ni de los movimientos antiglobalización, ni de los activistas Panteras Negras, sino del corazón mismo de Wall Street. El «tejerazo trumpista», probablemente preparado a conciencia desde hace años, es la consecuencia lógica de una ideología de odio xenófobo que mezcla el negacionismo acientífico, el medievalismo, el reaccionarismo más virulento, el poder macho, la alergia multicultural y el fanatismo religioso de las sectas mormónicas y evangélicas. Hablamos de ese hombre blanco en paro y sin futuro que malvive en una destartalada casa de madera junto a un Gran Torino averiado del 76 aparcado en el jardín y una montaña de cables y chatarra. Ese tipo huraño que desprecia a todo extranjero que tenga la piel más oscura que la suya y que jamás lleva la mascarilla contra el covid se siente abandonado por su Gobierno, el establishment corrupto de Washington. Es el sueño americano convertido en pesadilla. En ese personaje amputado intelectual, en ese despojo castrado emocional, radica la gran verdad que nos deja el truculento episodio del trumpismo. Cuando la democracia deserta de sus obligaciones y abandona al pueblo, el payaso (o el fascista, o ambas cosas a la vez) ocupa su lugar como gran salvapatrias llegado de alguna parte para devolver el orgullo herido a la nación. Aprendamos pues la lección al otro lado del Atlántico antes de que Europa caiga también en el caos y la anarquía y los negacionistas de la maltrecha democracia liberal trepen por los muros de la Bastilla de Bruselas.

Trump ha sabido agitar la conciencia colectiva traumatizada y ahora la primera superpotencia del mundo se tambalea en medio de un loco carnaval de vaqueros, friquis y nazis sin complejos, una troupe circense de gente que se cree Bruce Willis en La Jungla de Cristal, más algún que otro perturbado disfrazado de indio cheroqui con una cornamenta de búfalo en la cabeza. La «revolución del tupé rubio» está en marcha y ni la Guardia Nacional va a poder parar a 75 millones de norteamericanos trumpistas enardecidos que tienen fe ciega en el nuevo Hitler del siglo XXI, un charlatán iluminado que ha logrado sorberle el seso a la nación y convencerla de que el mundo está en manos de una mafia comunista/satánica que secuestra a los niños para beber su sangre. En un país donde hay más armas que personas, la sombra de una Guerra Civil, ahora sí, está más cerca que nunca. Ayer Twitter bloqueaba la cuenta oficial del gran conspirador. Demasiado tarde. La democracia no supo o no quiso cortarle las alas al pajarito azul cuando aún era posible. Ahora el trumpismo vuela libre, imparable, y sus polluelos van dejando sus cagarrutas violentas por el sagrado templo de la libertad.

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