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La buena educación

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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(o cómo hacer un manifiesto arquitectónico paso a paso)

David García-Asenjo ha decidido convertir su tesis doctoral en un libro. Una campaña de mecenazgo lo ha hecho posible y, recientemente, ha salido a la venta el resultado, Manifiesto arquitectónico paso a paso, editado por libros.com. Vale la pena escribir unas palabras sobre él.

Hace tiempo que he detectado una gran hambre de respuestas sobre este arte que es la arquitectura. Este libro da unas cuantas. Y cuando hablo de respuestas no me refiero al tema del libro, si no a respuestas sobre qué es la arquitectura: de qué se ocupa y preocupa. Por qué es necesaria. Qué representa en nuestras vidas. Y (un hecho nada menor) por qué necesitamos saber de ella.

Me acuerdo de cuando se destapó el fraude de las listas de discos más vendidos. Iban saliendo novedades, se publicitaban e, invariablemente, se hacía creer al público que se vendían más que cualquier otro disco existente en el mercado. Cuando se impuso que la música prescindiría del formato físico y se descargaría en el reproductor, sea legal o ilegalmente, se hizo patente que estas listas no describían la realidad: intentaban crearla. El interés por la música es mucho más amplio de lo que hablan estas listas. De repente descubrimos lo que intuíamos: que los Beatles, Pink Floyd, Queen, hacían la competencia al último disco de noséquién. El interés por los clásicos no había disminuido. Con la arquitectura sucede lo mismo. Sufrimos un bombardeo de novedades que intentan tapar el interés que suscitan estas arquitecturas que no genera ningún rédito promocionar. Pero el afán de saber sobre ellas, y, en general, sobre la arquitectura, el afán por las reflexiones de fondo, por el contexto, está allí. El libro de David propone exactamente esto. Y su éxito es ya, por sí mismo, una parte de este manifiesto: la que pone de relieve las ganas que tenemos de culturizarnos, si más. De saber todo aquello que nos rodea.

El objeto del libro son algunas iglesias católicas españolas construidas entre los últimos cincuenta y casi la actualidad, centradas mayormente en los sesenta y setenta, es decir: en las épocas inmediatamente anterior y posterior al Concilio Vaticano II. Volveré sobre esto más tarde, porque en realidad no es tan importante lo que se dice como quien lo dice. Recuerdo el día que Òscar Tusquets nos decía en una clase por la que se había dejado caer (ya las tiene, estas cosas, el maestro Tusquets) que prefería a Louis Kahn hablando sobre un váter que una clase de (inserte aquí el nombre de un profesor rándom de esos que son un plomo pero que se piensan que tienen prestigio) sobre Le Corbusier. Me pasa lo mismo con David. Su trayectoria como divulgador es conocida. Toca muchos palos y muchas materias, y es siempre interesante. El objeto de estudio del libro se aborda de manera lateral, con una cierta dispersión. Si estamos en un determinado barrio de Madrid al lado de la Castellana y ahí hay un edificio reseñable se reseña y luego se vuelve al objeto de estudio y, finalmente, puede ser que en algún otro momento del libro esta referencia se recupere y se recicle, y esto está tan bien traído que no sabes si se ha hecho expresamente o se ha incorporado en alguna revisión. Tampoco importa. Importa más el clima que lo hace posible. La curiosidad. El espíritu abierto, las ganas de trascender el propio tema hablando, al final, de la vida. Es esto lo que torna al libro en atractivo incluso si no te interesan en absoluto las iglesias de los sesenta.

Importante: este libro es una obra. Una obra cerrada. Una obra por sí misma. Este libro es, a pesar de que esté bien, y oportunamente, ilustrado un libro de leer. Las armas del libro son las de la literatura. La crítica a este libro ha de ser necesariamente literaria, no arquitectónica. No sabéis cuán importante es esto. Los edificios no se citan: se describen. Se trabajan con palabras. El contenido se nos filtra a través de lo que conforma este libro, cualquier libro, como obra: su estructura, su ritmo, su capacidad de evocación. Este libro es un buen libro. Impone su ritmo. Está bien escrito. Quiere estar bien escrito. Es esta capacidad para transportarte a cada iglesia, para hacerte recorrer las calles de Madrid, para presentarte el entorno de un modo atmosférico, lo que lo convierte en una pieza tan importante. El libro es un experimento sobre la representación. Es un retorno a la palabra. Es una huida de la dictadura de la imagen. Es la imposición de un tiempo de lectura, de un tiempo de reflexión. El libro reclama su tiempo para ofrecer un mensaje. Y lo devuelve con creces.

Este libro es, como ya he comentado, una tesis doctoral reescrita. Tesis que es pública y que he consultado. El libro la mejora mucho. Se aligera, toma consistencia y se transforma en un organismo que destila el mensaje, amable para el lector. Empático. Lo que representa un toque de atención muy poderoso a las formas de la academia, que tiene un problema serio no de contenido, sino de comunicación. De resultas de esto ha perdido el liderazgo, al menos por lo que respecta a la reflexión de arquitectura, que ahora se encuentra, sin perder el rigor (al revés: enriqueciéndolo gracias a su capacidad de relación) en otros lugares como las redes sociales, los podcast o los blogs.

Para tratar el tema del libro es imprescindible que tome posición. Soy ateo. Esto, sin embargo, no me impide sostener una postura muy crítica con la gravísima crisis al que está sometido el catolicismo en nuestro país. Esta religión se ha sostenido, por su parte chunga, gracias al trato de favor que le otorgó la dictadura y consolidó parcialmente la democracia. También ha sometido a parte de la población a abusos graves y, por descontado, están sus posturas críticas con cualquier cosa que huela a progreso, desde el rol de la ,mujer hasta la oposición a los grupos LGTBI pasando por la ausencia de condena a la corrupción y por un soporte más o menos explícito a lo más rancio de nuestro arco parlamentario. Pero hay otra manera de abordarlo: un corpus filosófico milenario, una potencia intelectual casi infinita, un patrimonio que cuenta con algunas de las manifestaciones artísticas más importantes de la humanidad. Etcétera. Todo esto ha sido violentamente borrado sin que lo que lo haya venido a sustituir sea mejor. Todo lo contrario. La gran, la enorme mayoría de los credos que han suplido al catolicismo son ultraliberales, pseudocientíficos, individualistas, cortoplacistas y acomodaticios en sus promesas de redención exprés a la carta. No, lo que está en crisis no es el catolicismo: es la enorme hambre de espiritualidad que caracteriza estos tiempos, que ha devenido carne de negocio fraudulento y fácil.

El catolicismo, en los sesenta, fue (también) soporte para intelectuales y grupos reformistas clave para entender la transición. Hubo mucho talento, muchas ideas y mucho esfuerzo. Parte de esto, parte de este panorama crítico y convulso, quedó expresado en las iglesias de las que habla David, con unas cotas de ingenio, de creatividad y de inteligencia que, literalmente, no han tenido parangón en este país. Una anécdota: el año pasado, más o menos por estas fechas, estaba en Cuenca. Allí encontré de manera casual una estupenda iglesia moderna que me emocionó. Inmediatamente escribí a David, que, muy generosamente, me dio los datos necesarios para entenderla. Esta iglesia fue el proyecto ganado de un concurso donde concurrieron en masa buena parte de los mejores talentos de la arquitectura española. La colección de propuestas representa, quizá, el momento álgido de la historia de la arquitectura española en la segunda mitad del siglo XX. Y ganó el peor. Pero este peor es el dignísimo proyecto que encontré, y fue más que suficiente para emocionarme. Es decir: este programa, en esta época, estaba, sencillamente, instalado en la excelencia. Nadie era capaz de equivocarse. Ni de hacer las cosas mal. El estado de gracia de nuestro arte desafiaba cualquier periodo fecundo de la historia de la arquitectura. Ni los cubistas, ni de Stijl, ni la Bauhaus, ni nada: esto pasó en la España de los sesenta. Y ha quedado oculto. No os digo de qué iglesia se trata, por cierto: os vais a Cuenca y las visitáis, la iglesia y la ciudad, que son maravillosas. Y/o tiráis de Google. Revisar este periodo, revisar estos programas, constituye un manifestó retroactivo a la altura del Delirio de Nueva York, que es, sin duda, el libro de arquitectura más importante de los últimos cincuenta años. David habla de todo: habla del encaje en la ciudad. Habla de integración urbanística. Habla de luz, de materiales, de cultura, de arte contemporáneo. Habla de sociología, incluso. Hablar de iglesias va más allá de todo esto, porque nos confronta con uno de los orígenes de la arquitectura: la representación. La iglesia es, antes que nada, un lugar donde emocionarse. Donde moverse. Donde elevarse. Una iglesia tiene que conmover. Y las iglesias de David conmueven todas. Te conmueven, incluso, si eres ateo. Porque esto no va de religión. Va de las maneras en que se identifica una comunidad. De dónde lo hace. De cómo lo hace. De qué relevancia urbanística y social se da a este hecho. La crisis de esta representación es, en buena parte, un reflejo de la crisis de nuestra sociedad. David habla (más que hablar, demuestra, convirtiendo parte del libro en una especie de fantástica guía de viaje, pero de las guapas, de las que no te muestran hitos, de las que no te muestran lo que quiere ser mirado, si no aquello que nos rodea) de un afán colectivo de representación que ha crecido, que ha existido al margen de cualquier canon. Muy pocas de las iglesias que propone son conocidas dentro del mundo de los arquitectos. Ninguna de ellas lo debe ser a su margen. Pero estamos hablando de arte. De Arte en mayúsculas. El contenido del libro debería de ser declarado BIC (Bien de Interés Cultural) en su conjunto. No sólo por la calidad de su arquitectura. También por la calidad de lo que esta arquitectura propone. Una parte del manifiesto que representa este libro es la hostia que le mete al canon, que necesita una renovación urgente después de esta lectura después de tantas omisiones imperdonables por mucho que él, generosamente, las justifique con la fantástica cita de Roberto Bolaño que abre el libro.

En el libro hay varias quejas. Una de ellas se refiere a la conservación de este patrimonio. Se han alterado espacios centrales en la historia de nuestra arquitectura. Se han alterado obras de arte que, en circunstancias normales, estarían expuestas en el Reina Sofía o en el MOMA. La recompensa a la generosidad de estos arquitectos y estos artistas por acercarlas al público, por domesticarlas, por convertirlas en la Obra Nuestra de Cada Día, ha sido su olvido, su degradación y su alteración irresponsable. Incluso en términos monetarios, porque estamos hablando, en no pocos casos, de piezas con un valor económico importante. Este poco respeto es indicativo de uno de los principales problemas que hay actualmente en nuestra sociedad (y que, paradójicamente, ha acentuado la degeneración de valores propiciada por la crisis del catolicismo): la falta de respeto en los profesionales. La homogenización por abajo. El elogio de la mediocridad. El pensar que puedo ser igual de artista, o mejor, que nombres como Pablo Serrano o Ángel Sánchez. Es la autarquía creativa. Es el elogio del DIY. Es la desconfianza en el saber adquirido. Una desconfianza transversal sistémica, que se extiende de los médicos o los arquitectos hasta los políticos.

Pero el todo de la obra no es este. El todo de la obra es de una exquisita educación. Impecable. Un poco como estar en uno de esos bares con chimenea bien vestido mientras te comes unas croquetas y departes sobre la vida y no te das cuenta, pero aprende mucho. Este tono no borra en absoluto la complejidad del mensaje, ni su valentía. Más bien lo acentúa. Y entonces obtienes un libro de arquitectura puro: un libro que habla de este arte en sentido amplio. Y que lo hace en un tono asequible, apto para cualquiera que esté interesado en él. Y que, al final, deviene el manifiesto del título. Un manifiesto pequeño, doméstico. Un manifiesto paseable. Ojo, no os dejéis engañar: este es, también, un libro maravillosamente exigente con el lector, que tiene que entrar y ser capaz de seguir su ritmo. Que tiene que ser capaz de ampliar información. De tomar apuntes. De tirar de Google Stret View y de Wikipedia y de lo que haga falta. Exige atención, exige cuidado. Y te lo devuelve multiplicado con creces. Leedlo, si no me creéis. Respondo por él.

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