La brecha digital sigue generando grandes desigualdades en todo el mundo. Se conoce como brecha digital a la diferencia de acceso a las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) por criterios de género, geográficos, geopolíticos, culturales o de exclusión social. En 2019, casi el 87% de las personas en países desarrollados utilizaban internet, frente al 47% de los países en vías de desarrollo, según datos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT).

La situación actual marcada por el coronavirus ha destapado la vulnerabilidad de muchas personas en el plano económico, social y en el acceso a las TIC. Un hecho que las aleja -más si cabe- del empleo y las arrastra a un riesgo mayor de exclusión social. “Tener conexión a internet es una puerta de contacto con el mundo en sus diferentes dimensiones: laboral, educativa y social, etc. Si no la tienes, simplemente te quedas fuera”, afirma Lorena Hernández, responsable de los programas de empleo de Acción contra el Hambre.

Desde que se decretara el estado de alarma, la ONG adaptó toda su intervención para seguir trabajando con las personas y familias en situación de vulnerabilidad en remoto, y fue a partir de entonces cuando se toparon con que la brecha digital afectaba a muchas familias. “Nos disponían de equipos informáticos o dispositivos electrónicos, o bien carecían de internet o de las competencias digitales necesarias para que pudieran seguir participando en nuestros programas”, explica Hernández. En este sentido, Acción contra el Hambre realizó una encuesta de habilidades y accesibilidad a internet con las personas participantes en sus programas que mostró que “1 de cada 10 personas no tienen acceso a internet, 2 de cada 10 confiesan tener un mal acceso y casi 4 de cada 10 personas indicaban sentirse poco cómodo e indiferente al usar las nuevas tecnologías”.

Con estas cifras o la publicada ayer por El País, que confirmaba la detección por parte de las siete universidades públicas del Estado de “al menos 615 estudiantes sin recursos tecnológicos para seguir las clases”, queda manifiesta la existencia de la brecha digital. En España, el 91% de la población tiene acceso a internet y el porcentaje asciende al 97% si se cuentan las familias con menores, según datos del INE de 2019. De modo que tanto la educación como el empleo son herramientas garantes de que las personas no caigan en la pobreza o puedan salir de ella. “El no poder conectarse a internet o no disponer de un dispositivo adecuado implica, especialmente estos meses, que los niños y niñas más desfavorecidos no puedan continuar con el curso escolar, limitando su derecho a la educación y, por tanto, dejándoles en una situación de desventaja muy importante”, advierten desde Acción contra el Hambre. Y, en el caso del empleo,” el estar o no conectado marca una gran diferencia […] pues impacta sobre sus oportunidades para encontrar un trabajo, sus posibilidades de montar un negocio, o seguir formándose”, añade en un comunicado la ONG.

Trabajo sin conexión digital y la brecha digital de las mujeres

Las mismas personas que sufren la brecha digital son las que desempeñan trabajos no cualificados, que no permiten de ningún modo la opción a teletrabajo y que además suelen estar fuertemente precarizados. A propósito, Hernández señala que “se trata de personas que no pueden acceder al teletrabajo porque su desempeño laboral suele darse en el sector de servicios, que actualmente están más expuestos al contagio del COVID-19”. Una realidad que confirma la relación existente entre el nivel de renta, la superficie de vivienda y una mayor facilidad de contagio del coronavirus.

Por otro lado, las mujeres se ven especialmente afectadas en este contexto ya que además de tener menos acceso a internet y a ordenadores, no cuentan con un espacio propio ni tiempo para ellas. Esto viene dado a que las mujeres asumen en la mayoría de casos las tareas de cuidados a menores y mayores, así como las propias tareas del hogar. En este sentido, la alfabetización de las mujeres en las nuevas tecnologías es crucial para empoderarlas de cara a oportunidades laborales, educativas o de relaciones sociales, y alejarlas de una posible exclusión social determinada por el género.

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