(Foto: Jaume Prat. La gran complejidad del proyecto me ha llevado a colgar una galería de fotos complementaria en mi blog Arquitectura, entre otras soluciones)


Solemos hablar mucho de evolución y de progreso. Solemos sentirnos como la culminación de la historia vista como una especie de pirámide que tiende a justificar nuestra existencia aquí y ahora. Toda esta retórica no se aguanta ni medio segundo cuando te das cuenta que un libro escrito hace 2500 años sigue gobernando nuestra relación con la verdad y con la belleza. El libro: La República. Su autor: Platón. Su mensaje fundamental: El Mito de la Caverna. Su significado: nuestra realidad es solo el reflejo del Mundo de las ideas, invisible, inalcanzable, incomprensible desde el momento en que sólo podemos relacionarnos con él por aproximación. Desde el momento en que sólo podemos especular sobre su naturaleza y sobre su grandeza. Llámale Mundo de las ideas, llámale Dios o lo que sea que lo haya venido a substituir. Lo que suele tener mucho éxito cuando resulta que la dureza de la vida, la injusticia inherente a nuestro sistema social y un día a día que a menudo no tiene compasión convierte en una tentación, o en un consuelo, o en un motor, la creencia en que todo lo que somos tiene sentido en algún otro lugar y de alguna otra manera.

Uno de los momentos de la historia en que esto se hace más patente es el Renacimiento, cuando se sientan las bases de nuestro pensamiento moderno, cuando el aparato social se reconfigura de un sistema estamental a uno capitalista. El Renacimiento es una época bastante más violenta que la Edad Media, convulso y brutal. La revolución cultural que arrastra intentará abstraerse de esto para basarse en el Mundo de las ideas que tiene que ser más justo, más bello. Mejor.

El Renacimiento español quedará marcado por el descubrimiento de América, que crea las bases económicas y territoriales para que el reino se convierta en un imperio. El primer emperador español, Carlos I, tendrá un hombre de confianza, el Secretario del Consejo de Estado Francisco de los Cobos, natural de Úbeda. Bajo su influencia esta ciudad se convertirá, hasta la crisis provocada por la peste del XVII, en una de las más importantes de Catilla, con casi 20000 habitantes en una época en que las ciudades estaban bastante menos pobladas y la población más diseminada. Es decir: 20000 habitantes de entonces significaban muchísimo más que sus actuales 36000, que la han convertido en subsidiaria de Jaén, que tiene un poco más de 100000. La Úbeda de la infancia de Francisco de los Cobos es todavía una ciudad de trazado musulmán, que verá sus murallas derribadas para reformarse y ampliarse a costa del terreno extramuros hasta convertirse en uno de los ejemplos más puros de ciudad renacentista que hay en España, lo que se ha reconocido más fuera de nuestras fronteras: Úbeda ha sido considerada Ciudad Ejemplar del Renacimiento por el Consejo de Europa y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En 1536 Francisco de los Cobos, con 59 años, empieza a pensar en su muerte. Su familia y él serán enterrados en una capilla que se erigirá en Úbeda. De los Cobos, perfecto Hombre del Renacimiento, llamará a uno de los mejores arquitectos de la época, Diego de Siloé, para planificar esta capilla. El arquitecto, ambicioso, la dispondrá de tal manera que se convertirá en el embrión de la ordenación renacentista de la ciudad. En 1540 las obras se paran. Los muros levantan sólo 90 cm del suelo, poco más que los cimientos. El también magnífico arquitecto Andrés de Vandelvira seguirá la obra, modificando parte del trazado. En 1547 muere Francisco de los Cobos con la capilla todavía inconclusa. Su mujer, María de Mendoza, la terminará doce años más tarde, convertida ya en un canto de amor al marido ausente. Por allí pasarán también como coautores (entre los que hay que incluir a María) el Deán Ortega, el escultor Esteban Jamete, el casi desconocido Diego López de Ayala, a quien se debe buena parte de la riquísima simbología de la capilla, quien por contrato debía de aprobar la obra (algo parecido a la actual firma de las certificaciones) y, mención aparte, uno de los arquitectos más alucinantes de la historia: Francisco de Villalpando. Pero mejor os cuento otro día el por qué de esta afirmación.

El espacio de servicio que toda capilla necesita, la Sacristía, se desplazará de su posición original hasta convertirse en un cuerpo adosado a uno de los laterales de la Capilla. Si ésta ya es algo parecido a la perfección (una nave cubierta con vueltas unida por un arco toral a una cúpula donde está enterrado De los Cobos, cuerpo y cabeza concentrados en un espacio que quita literalmente el aliento) la Sacristía es algo parecido al ideal absoluto de la belleza. Aun desafiando los intentos de fotografiarla y describirla, intentaré explicaros por qué.

La descripción de la capilla es ridículamente fácil: una pequeña nave rectangular formada por la alineación de tres cubos perfectos delimitados por muros de piedra conectados entre ellos por arcos de medio punto y cubiertos por bóvedas rebajadas, cada uno la suya. Los cuadrados se construyen para que parezca que todos ellos sean exentos y soportados por cuatro columnas, así que las paredes perimetrales se retiran el grueso de las columnas para que tengas la impresión de estar en un espacio conformado por arcos. Todo el espacio se ilumina solo por dos ventanas colocadas en los extremos de la nave. Paredes y suelo son de piedra. Las bóvedas se revisten con yeso. Los zócalos y el mobiliario son de madera. Cada pilastra soporta esculturas talladas por Esteban Jamete. Este conjunto está formado por todas aquellas geometrías perfectas que remiten a las proporciones perfectas del Mundo de las Ideas: tres cuadrados, círculos, esferas, etcétera.

Esta es la descripción canónica de un espacio neoplatónico. Y resulta totalmente insuficiente para hacerse una idea de lo que pasa cuando entras en la Sacristía. Intentemos hacerlo al revés. Describámosla a través de todo aquello que tiene de imperfecto.

La Sacristía es un espacio que vibra. Las pequeñas entradas de luz, este y oeste, la relacionan con el curso del sol. La luz entra diferente por los dos lados. Por la mañana el sol entra bajo y la nave queda iluminada por el oeste con una luz temblorosa, frágil. Luego, a mediodía, la luz se uniformiza. Después el sol vuelve a entrar bajo y que da iluminada por su lado este con una luz más contundente y agresiva, más corpórea y terrenal. Ves las partículas de polvo. Ves los rayos de sol. Sientes la luz. Las entradas de luz tampoco son iguales. Al este la capilla no se enfrenta con ningún edificio y la ventana puede estar en el eje en una posición estratégica que la convierte en el único elemento que revienta la cornisa perimetral. Al oeste la Sacristía se entrega con la capilla. Y la entrada, sencillamente, no cabe. La puerta de acceso, como de dos o tres metros de grueso, es uno de los artefactos arquitectónicos más increíbles que jamás hayáis visto. Hacia la Sacristía es un simple rectángulo más o menos pequeño. Hacia la Capilla es una especie de armario enorme, sobrecargado de esculturas, que conecta los dos espacios en diagonal a través de esa especie de túnel. La puerta no separa una Capilla de una Sacristía. Separa dos mundos. Dos maneras de entender el espacio, la luz, la escultura. La arquitectura. La puerta, una de las más emocionantes (quizá la más emocionante) que conozco se abre contra una esquina directamente sobre el rincón en un juego perspectivo que tu ojo no sabe cómo interpretar. Lo que debería de ser una chapuza se convierte en la propuesta de un viaje.

Dentro: el pavimento tiene irregularidades. No parece una superficie cubierta por losas de piedra. Más bien parece una colección de losas de piedra individuales agrupadas en un mismo espacio. Los años están, y cuentan. La madera también es corpórea, veteada. El yeso del techo, en cambio, bien restaurado, da al conjunto un aire etéreo, ligero, como de depósito de luz que guarda la gran presencia del material que tiene debajo. Es un espacio que emociona por su imperfección, por su terrenalidad. Por esta belleza tan personal, tan corpórea. Tan frágil.

Una de las definiciones de arquitectura más populares hoy en día es la de que ésta soluciona problemas. Pero no podemos caer en el error de pensar que este arte es solo esto. En realidad no es lo que hace un arquitecto. Lo que hace es ilusionar. Dar motivos para circular por la calle, para levantar la vista. La arquitectura nos orienta. En la vida y en la muerte, como se ve en esta capilla. Esta Sacristía nos habla de esta belleza. Del papel de la arquitectura como aquello que nos hace sentir y estar vivos. Visitarla es darnos cuenta de nuestro papel para construir lo mejor de este mundo. Y para conseguir que el Mundo de las Ideas sea, por fin, el nuestro.

(enlace al blog)

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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