Foto Agustín Millán

Solo la generación más caprichosa, malcriada y respondona de la Historia sería capaz de perpetrar y apoyar una aberración como el de la libre autodeterminación de género, sin pasar por especialistas y sin necesidad de cumplir la mayoría de edad. Y digo generación, no clase política, porque al fin y al cabo ésta última busca satisfacer a la primera para sobrevivir y perpetuarse en este negocio tan prolífico que es el parasitismo.

Los materialistas nos quejamos amargamente, pero claro, ¿qué podemos esperar de la generación que lo ha tenido todo a cambio de nada? La generación del “me lo merezco todo”, la generación de la mesa puesta, la generación de “si me suspendes, llamo a mis padres”. En el fondo, el contenido del borrador de la Ley Trans del Ministerio de Igualdad es síntoma de una sociedad enferma, que ha perdido los valores y referencias que la hicieron otrora prosperar.

Al margen del daño que esta legislación -de ser finalmente aprobada- pudiera hacer en jóvenes confusos respecto a su sexualidad y al margen de su contribución decisiva al borrado jurídico de las mujeres, no se trata de un caso aislado. La autodeterminación es tendencia en esa izquierda que humilla y desprecia su legado, que se mea en la realidad material y objetiva y que antepone, por encima de todo, los sentimientos del individuo como sujeto revolucionario.

La izquierda “transformadora” ha llevado su apellido al paroxismo, arrogándose incluso el poder de alterar algo tan inamovible y exacto como el determinismo biológico. Sus sumos pontífices juegan a ser una suerte de dioses laicos que reinventan el mundo a golpe de ley, porque eso es lo que han aprendido en la universidad: a ser seres de luz llamados a guiar a los curritos, indocumentados, xenófobos, homófobos y tránsfobos.

Tanto es así que, en su soberbia, la izquierda también entiende que si no te sientes español, tienes derecho a la autodeterminación. ¡Hombre, solo faltaba! Si son capaces de llevarle la contraria a la propia naturaleza, ¿no van a cuestionarse el concepto de nación? De nación española, claro, que cuestionar aquello de nación catalana es de fachas y reaccionarios.

Según convenga a los intereses de los petimetres de turno, el sentimiento subjetivo se convierte en realidad objetiva, absoluta, y ¡ay! de quien se le ocurra cuestionarla. Buena prueba de esta “dictadura progre” (usando la jerga abascalina) es el juicio a la luchadora antifranquista Lidia Falcón por no comulgar con ruedas de molino: delito de odio, le llaman ahora.

Aquellas palabras de aquél filósofo: “un vaso es un vaso y un plato es un plato” cobran hoy más valor que nunca frente a esta izquierda reaccionaria, idealista y totalitaria. Los liberal-conservadores y neocon varios que esperaban de este gobierno la dictadura del proletariado se equivocaban. En su lugar, ‘autodeterminacionismo’ o dictadura de los sentimientos.

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