A Xavier Martínez le conocí por esta foto.

Javier Martínez, padre del pequeño Xavier asesinado en el atentado de Las Ramblas, abrazando a un imán

Todavía en shock por los atentados, aún conociendo retales de información que se amontonaban sin comprender nada, el padre del pequeño Xavier Martínez, el niño de tres años que fue asesinado cuando paseaba por Las Ramblas, decidió abrazar a un imán ante los ojos del mundo entero. Fue, sin duda, el gesto más brutal que he visto ante una situación semejante. Me quedé sin palabras. Porque una cosa es defender unos ideales, y otra muy distinta que te asesinen a tu hijo al grito de «Allah akbar».

Xavi tenía tres añitos. Cuando compras ropa para un peque de esa edad, en muchas tiendas todavía pone que son 36 meses. Solamente unos padres saben cómo es de grande y puro el amor hacia tus hijos. Cómo es de especial la vida cuando tu hijo tiene 36 meses. Cuando cada día te llena el alma, cuando piensas que no puede caber más amor en el cuerpo. El amor a un hijo es eterno, no tengo duda. Pero el desborde que supone durante los primeros años es inconmensurable.

Pues a Xavi le atropelló uno de los malnacidos que aquel día decidieron encarnar todo lo contrario a lo que se supone que representa un dios. Unos auténticos ignorantes que quizás pensasen que atropellando a Xavi les esperaría algo bueno en algún sitio. Unos asesinos.

Tocó en Barcelona, pero estas cosas tocan en todas partes. Porque cuando fue en Atocha un tren explotó en cada salón de cada casa. Y así fue como una furgoneta irrumpía en todas nuestras vidas. El padre de Xavier lo ha dicho hoy en el juicio: al pequeño Xavi le hemos perdido todos. Y así de cierto es: en el sentido más amplio, como sociedad; pero en el sentido más real, como un hijo que pudiera haber sido cualquiera de los nuestros. Porque ya me dirá usted si no es posible estar cualquier jueves de agosto paseando por una avenida a las 17.00 horas con su familia.

El atentado fue organizado por un grupo de «personas» que parecen usar la excusa de la religión en su crimen. Como los que vemos en Viena, en Bruselas, en París y en tantas partes de este podrido planeta. Por eso, la reacción más esperable es la del surgir de un odio visceral hacia esa supuesta religión que aparentemente alienta a cometer semejantes barbaries. Es lo que se genera: islamofobia y aumento de sentimientos que confrontan a personas que nada tienen que ver con todo esto. De eso se dió cuenta inmediatamente Javier, el padre de Xavi. Y regaló al mundo la imagen de un abrazo. De un gesto valiente, de un ejemplo a todos: aquel día, desde aquel día y hasta aquél día. Sobre todo, hasta aquél día.

El abrazo de Javier nos reconciliaba a todos cada vez que habíamos tenido, por pequeño que fuera, el más mínimo sentimiento de rechazo, rencor, odio. El abrazo de Javier lo curaba todo. Nadie puede hacer el más mínimo reproche ante semejante grandeza. El abrazo fue a un imán y eso hacía grande el gesto. Ese padre abrazó a un pueblo, a una comunidad, a un profundo sentimiento de paz, de ejemplo y de caldero de agua sobre cualquier llama encendida.

El abrazo también tiene sentido desde aquel día. Como el pasado lunes, cuando pudimos ver los vídeos en los que aparecían los asesinos preparando las bombas mientras se reían por las muertes que iban a provocar. Un video que ha marcado un antes y un después en mi. Un video que hizo encenderse una llama en mi interior que nunca antes se había encendido. Y comprendí lo que pesan los principios cuando algo los golpea con tanta dureza. Ese «Allah akbar» que decían mientras se reían imaginando los trozos de metralla que se nos meterían en la cabeza a otros, a las mujeres e hijos de sus víctimas, me cayó como una losa. Y me sorprendí viéndome desde mis principios. Comprendí bien cómo se encienden las llamas, cómo se puede generar odio con cierta facilidad. Y vi la reacción de la gente al ver el video: la llama se había vuelto a encender. La foto del abrazo te ayuda a pensar que ahí es donde está la clave.

El padre de Xavi decidió, desde aquel día, remover cielo y tierra para que la muerte de su hijo pudiera ayudar en algo a los demás. Ha seguido dando un continuo ejemplo de lo que es una vida útil: de quien sufre la mayor de las desgracias y reacciona inmediatamente volcándose para ayudar a los demás. Javier no es de política, no es de políticos. Javier es de sus hijos y de los de todos los demás. Llora y lucha para que ningún otro pase por lo que él, inevitablemente, va a tener que pasar durante toda su vida.

Javier es un currante, un electricista. Él le ha dicho esta mañana a un impasible juez «que no es nadie» pero que quiere ayudar. Y le ha agradecido la oportunidad de poder estar allí y contar lo que ha vivido. Lo de su hijo, lo de Las Ramblas, pero también lo de después. Y es que, este padre ha decidido volcarse en cuerpo y alma para que ningún otro padre pierda a un hijo en un atentado. Y por ello quiere que se puedan tomar medidas que sirvan para intervenir de otra manera.

Ha intentado explicarle al juez que durante este tiempo se ha reunido con el ministro de Interior, con policías, con políticos, con personas del ámbito judicial. Y quiere contar lo que le ha pasado, algo que a mi entender, es consecuencia del atentado de las Ramblas del 17 de agosto. Porque un atentado no ocurre solamente en el instante en el que todo salta por los aires: es que las vidas de todos van drenando los efectos de semejante barbarie. A unos les toca de lleno, pero a la sociedad entera le toca también. Y es por ello que lo que está intentando hacer Xavier Martínez tiene tantísima importancia. Porque no está ahí representando a su hijo, sino que en realidad está en ese juicio representándonos a todos.

Por cómo se trató el cuerpo sin vida de su pequeño en el procedimiento de instrucción. Por el poco tacto que hay cuando de tratar a las víctimas se refiere. Porque se han sentido solos, abandonados, desatendidos. Porque esta gente paseaba por la calle y un grupo de malnacidos decidieron arrasar con todo a su paso.

Y Javier quiere saber, como todos, por qué el imán de Ripoll, que era quien había aleccionado a todos los asesinos hasta convencerles de que esa barbarie les llevaría al cielo, colaboraba, supuestamente, como confidente del CNI. Por qué se supone que murió en la explosión de Alcanar si los informes sobre el ADN analizado no son válidos. Por qué hay pruebas de que el imán podría haberse marchado del lugar y desaparecer. Su abogado ha intentado saber por qué no se activaron los protocolos pertinentes cuando a estos asesinos se les han vendido litros y kilos de productos precursores para elaborar material explosivo. Por qué hay personas que se acercan a Javier para darle información que él no puede ni sabe manejar.

De todo esto quiere hablar Javier. Fundamentalmente al juez, como representante ante la sala de, nada más y nada menos, que la Audiencia Nacional. O sea, el lugar donde se escucha a la nación. Del mismo modo que existe el Parlamento, que es donde se «parla», se habla, se discute, en la Audiencia se escucha. A eso ha ido el padre de Xavi allí: por eso se presenta como acusación particular. Porque quiere que le escuchen. Pero resulta que no le han dejado, porque el juez considera que solo puede hablar como testigo. Testigo del atropello, de la explosión o de la barbarie, pues como testigo de todo lo que viene después no interesa. Tampoco, parece ser, de lo que pudiera haber habido delante, antes de la barbarie. Porque de lo que quiere hablar la defensa de Xavier es precisamente de lo que pasó antes del atentado: de por qué la Guardia Civil y la Policía Nacional tenían contacto con Es Satty, de por qué estaban avisados por el imán de Bélgica sobre este personaje, de por qué se le amplió el permiso de estancia en lugar de ser deportado como le correspondía, de por qué pudieron acceder a materiales que requieren control y trazabilidad máxime en un momento de alerta 4 de terrorismo. De por qué no funcionaron las medidas reglamentariamente establecidas, que conllevan dar aviso a las autoridades cuando alguien compra este tipo de sustancias. Quiere saber por qué dos expertos forenses han elaborado un informe detallado donde afirman que las pruebas de ADN realizadas a los supuestos restos del imán Es Satty no tienen validez puesto que carecen del mínimo rigor como para afirmar la muerte de una persona. Quieren saber por qué se aseguró desde el primer momento que el imán Es Satty estaba en la casa de Alcanar, y se dió por válido sin existir pruebas contundentes de ello. Quiere saber por qué cuando se plantea la duda más mínima sobre la posible idea que imagina que Es Satty no estuviera muerto y hubiera podido escapar, se cierran de golpe todas las puertas. Y el juez grita y se irrita, y dice que todas esas pruebas las va a tirar a la basura.

No puede ser que una Audiencia Nacional se niegue a facilitar absolutamente todos los intentos que quieran plantear las víctimas directas sobre la barbaridad sucedida a sus seres más queridos. ¿Cómo es posible que un juez que defiende el interés público pueda negarle a una víctima la presentación de documentación que aporte pruebas sobre los autores y los hechos? ¿En qué cabeza cabe argumentar que no admitirá más escrititos porque no es el lugar procesal, porque tiene mucho trabajo y porque van a ir todos a la basura? ¿Cómo es posible que esta actitud sea consentida en un Estado Democrático y de Derecho? Si aquí valemos todos igual ante la ley, el padre de Xavi somos todos y a todos nos tiene que escuchar la Audiencia Nacional: porque se han hecho las cosas muy mal, porque a las víctimas no se les puede dejar abandonadas a su suerte, porque las cosas no sólo se arreglan con dinero. (El padre de Xavi, que trabaja en servicios de mantenimiento, intentó renunciar al dinero que le dieron por le pérdida de su hijo. Se ha preguntado ante el juez cuánto cuesta sacar a su hijo del nicho).

Porque es inadmisible que los afectados tengan que pelear para que se pueda destapar la verdad. Porque esa debería ser la tarea del propio Estado, que en parte, viene a ser parte de lo que representa esa toga.

Y dicho lo cual, el señor juez se enfadaba mucho el otro día por la «moda», según él, de faltarle el respeto a las instituciones. Y que él, en representación de una, no lo iba a consentir. Pues bien: respete usted a la Audiencia Nacional y escuche a Javier Martínez, señoría. Pero sobre todo, asegúrese de que no nos quede ninguna duda sobre el más mínimo detalle en saber lo que realmente pasó, es su trabajo y estamos todos atentos para ver que lo hace con el rigor que le caracteriza, Señoría.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre