Lo primero que sientes cuando a tu familiar le diagnostican COVID 19, es angustia e incertidumbre, ¿qué va a pasar con él, va a superar la enfermedad, le volveré a ver, le quedarán secuelas?, todo son preguntas sin respuestas.

Después comienza el sentimiento de culpa, ¿dónde lo habrá cogido?¿cómo lo habrá cogido? ¿cómo no me he dado cuenta?¿por qué le dije que fuera a ese sitio? Yo he estado con él prácticamente a todas horas y en todos los sitios, ¿por qué lo ha cogido él y no yo? ¿Lo tendremos alguno más? ¿Dónde hemos fallado?

Una vez que le han puesto un tratamiento en el Centro de Salud y pasan los días y no mejora, le derivan al hospital, y ahí si sabes lo que es la angustia de verdad, no dan abasto para atender a todos los pacientes que llegan, y sólo pueden informarte una vez al día, a partir de las 12,30. Durante esas horas pasan por tu cabeza todo tipo de preguntas. ¿Conseguirán dar con el tratamiento adecuado, responderá a él? ¿lo intubarán, tendrá que bajar a la UCI?, ¿podremos hablar con él? Fue en marzo y se tenía muy poca información de lo que pasaba dentro de los hospitales, sabía que tenía que estar sólo, sin poder acompañarle y se había dejado el cargador del móvil en casa, mientras tanto los muertos iban aumentando diariamente.

Cuando, por fin, pudimos hablar con la doctora que le llevaba, nos dio la información de su evolución siempre de forma positiva, pero nos recordaba todos los días que “aunque parece que comienza a reaccionar al tratamiento y estamos contentos porque va mejorando, no nos podemos fiar; este virus es muy traicionero y hasta pasados unos diez días, no podemos cantar victoria. En la mayor parte de los casos, vemos que después de unos días mejorando, se produce una caída en picado, y hay que bajarles a la UCI. Hasta pasados unos 8 o 9 días, no podemos decir que hay una mejoría real.

Y así día tras día, hasta que se presentaron problemas añadidos en el riñón, y aún era más el miedo que se agarraba a todos nosotros, no teníamos ganas de nada, estaba grabado en nuestros gestos, siempre endurecidos y sin dar tiempo a la sonrisa. Vivir con los nervios de punta, comiendo por obligación y durmiendo poco y mal.

Por fin llegó el día del alta hospitalaria, y pudo volver a casa, pero estaba sólo y nosotros sin poder acercarnos a ayudarle, sintiendo una enorme frustración por no poder echarle una mano cuando más nos necesitaba. Tenía que estar aislado 14 días más. Lo peor ha sido que, después de casi tres meses, aún no hemos podido estar juntos, porque no le hicieron el PCR cuando nos dijeron en el hospital, ni la prueba inmunológica que nos confirmará al menos que está inmunizado contra el BICHO. Hasta hace dos semanas no le hicieron la PCR y para colmo de la mala suerte siguió dando positivo al coronavirus. Hoy se la han repetido, esperemos que por fin le dé negativo y podamos volver a reunirnos.

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