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La ambición de los laboratorios por las patentes de coronavirus perjudicó el desarrollo de fármacos eficaces

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Alguien ha estado jugando comercialmente con algo tan peligroso como las patentes de los coronavirus humanos. Las empresas privadas que a fecha de hoy poseen la titularidad de la información sobre estos misteriosos entes biológicos quizá no hayan estado colaborando como debieran con la comunidad científica. Y el exceso de celo, la ambición mercantil y probablemente la falta de transparencia en la transmisión de los datos de secuenciación genética han podido retrasar faltamente el avance médico en busca de fármacos y vacunas eficaces contra estos gérmenes. En las últimas dos décadas –desde que los coronavirus empezaron a golpear más duramente− se ha perdido un tiempo precioso y ahora todas las miradas se dirigen hacia laboratorios como el Centro Médico Erasmus de Rotterdam (Holanda). Se sabe que esta compañía dispone desde hace 8 años de muestras del coronavirus bautizado como MERS-Cov –las siglas en inglés de “síndrome respiratorio de Oriente Medio”−, una enfermedad que se identificó por primera vez en 2012, en Arabia Saudí, y que en poco tiempo se propagó a otros países con un índice de letalidad de hasta el 30 por ciento. Por sus síntomas −causa fiebre, tos y dificultad para respirar−, y por el hecho de que el agente patógeno que origina el mal es un coronavirus, el MERS es considerado por los epidemiólogos un antecedente familiar del covid-19 que hoy mata a cientos de miles de personas en todo el mundo.

¿Qué ha fallado entonces en el trasvase de información entre los equipos médicos de universidades y laboratorios? Una vez más, el interés empresarial ha podido prevalecer sobre la salud pública. Hasta la fecha se conocen hasta siete tipos de coronavirus humanos: HCoV-229E; HCoV-OC43; HCoV-NL63; HCoV-HKU; SARS-CoV (“síndrome respiratorio agudo grave”, detectado en 2003); MERS-CoV de Oriente Medio (2012); y SARS-CoV-2 (o también covid-19). Curiosamente, el tercero de la lista de siete, el HCoV-NL63, fue descubierto en 2003 en un niño con bronquiolitis en los Países Bajos.

Pero la clave está en saber quién debe tener el control de las patentes de estos coronavirus que, hoy por hoy, están no en manos de los Gobiernos sino en poder de empresas y multinacionales. Y ya se sabe que estos monstruos económicos a menudo se manejan con hermetismo y ni siquiera los estados nacionales pueden acceder a la información.

De hecho, en el transcurso de la 66ª Asamblea Mundial de la Organización Mundial de la Salud celebrada en Ginebra (Suiza) entre el 20 y el 28 de mayo de 2013, la entonces directora general, Margaret Chan, fue tajante al dirigirse a los países miembros: “Ustedes son las autoridades nacionales, ustedes son el jefe; díganselo a sus científicos. No vamos a permitir que ningún proceso de propiedad intelectual se interponga en el camino de la salud pública”. Las palabras de Chan suenan hoy tan premonitorias que provocan escalofríos.

Además, Keiji Fukuda, directivo en aquellos momentos de la OMS, también se mostró indignado por la actitud de bloqueo de las empresas privadas mientras la pandemia de MERS se propagaba por Arabia Saudí: “Si tienes una casa en llamas, lo primero que intentas es apagar el fuego. En eso es en lo que estamos ahora. Después ya veremos”, aludió ante la posibilidad de exigir responsabilidades.

La queja de Margaret Chan tuvo contestación del Centro Médico Erasmus de Rotterdam, titular de la patente del MERS, después de que sus científicos identificaran por primera vez el microbio. Según explicaron fuentes de la compañía a Nature News, en ningún momento hubo oscurantismo, ya que cualquier laboratorio del mundo que desee recibir muestras genéticas puede hacerlo firmando un previo acuerdo comercial de intercambio. “No hay ninguna restricción al uso del coronavirus para investigación. [El contrato] sólo establece límites a la explotación comercial de la información por parte de terceras partes”, matizaron los científicos del centro holandés.

El trabajo con coronavirus en este centro de alta tecnología ha sido incesante en los últimos años. Alguno de los profesionales del Erasmus ha llegado incluso a trabajar con mutaciones del H5N1, una cepa altamente patógena de la gripe aviar. Estos experimentos fueron “censurados” en EE.UU, lo que da una idea de su peligrosidad. De cualquier manera, los hechos demuestran que ha habido cuanto menos un exceso de celo en el manejo de coronavirus por parte de las empresas y laboratorios privados. Lo ideal es que hubiesen compartido toda la información sobre el germen con el resto de la humanidad en aras al bien común, pero prevalecieron los intereses crematísticos.

Otra oportunidad perdida

En junio de 2012 el doctor Ali Mohamed Zaki estudiaba a un paciente en Arabia Saudí con un raro germen respiratorio (identificado posteriormente como síndrome respiratorio de Oriente Medio, MERS). Incapaz de identificar el ente microscópico con los medios técnicos de que disponía su país, Zaki pidió ayuda a Holanda y “envió muestras al eminente virólogo Ron Fouchier, que no sólo identificó el nuevo coronavirus desconocido hasta la fecha sino que secuenció y patentó parte de la información obtenida”, tal como informó en su día el diario El Mundo. Un año después, con 22 muertos repartidos por Arabia y otros países, la Organización Mundial de la Salud admitió su preocupación por los retrasos que el “lío de las patentes” estaba ocasionando.

De alguna forma, aquella alerta lanzada en 2013 por la OMS anticipó la tragedia que vive hoy el planeta, ya que las rígidas leyes sobre patentes en el caso del coronavirus saudí retrasaron en buena medida la lucha futura contra estas infecciones de origen desconocido. La consecuencia es que no se han podido desarrollar fármacos eficaces y la experimentación con las vacunas se ha ralentizado.

Pero no solo el laboratorio holandés dispuso en su día de muestras del síndrome de Oriente Medio, sino también empresas de Canadá, Alemania y Reino Unido. “Tras identificar el virus desarrollamos un test diagnóstico en colaboración con varios laboratorios internacionales; no hemos denegado el acceso a las muestras a ningún laboratorio con las instalaciones adecuadas para manejarlas con seguridad”, se defendieron las fuentes del Centro Médico Erasmus de Rotterdam.

Paralelamente, el Laboratorio Nacional de Microbiología de Canadá lamentó que todos los acuerdos legales, burocracias con el laboratorio holandés y pleitos de abogados “retrasan un poco las cosas (…). Tampoco podemos distribuir el virus a otros laboratorios que desearían investigar con él”. Y puso como ejemplo contrario a China, que envía sin problema muestras del H7N9 a quien lo solicita.

El asunto del MERS de Arabia Saudí estuvo a punto de provocar un incidente diplomático internacional en plena epidemia, cuando el ministro de Sanidad árabe, Ziad Memish, declaró al diario The Telegraph que las muestras originales del coronavirus extraídas a los pacientes fueron sacadas del país sin permiso.

Aquella frenética carrera por las patentes tuvo otro polémico antecedente, el que protagonizó Indonesia en 2005, cuando este país asiático se negó a compartir con los laboratorios de la OMS muestras del virus H5N1. Las autoridades indonesias alegaron en su defensa que si alguna compañía europea lograba patentar una vacuna contra la enfermedad, el país no podría permitirse pagarla.

Desde ese momento, la OMS trató de poner orden y de regular las patentes de coronavirus gripales para facilitar la colaboración médica internacional y evitar futuras pandemias. Por lo visto, no sirvió de mucho contra la ambición de algunas empresas multinacionales. Las mismas preguntas que se hacía El Mundo en aquella época siguen hoy en el aire. “¿A quién pertenecen los virus? ¿Puede un laboratorio patentar información al respecto? ¿Tienen derecho los investigadores a no compartir datos con otros colegas? ¿Qué reglas deben regir a nivel internacional a la hora de compartir este tipo de muestras entre países?” Lamentablemente, las respuestas llegan demasiado tarde.

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