Es una imagen fantástica y cargada de futuro. Nos ha bastado ver a Sergio Pérez, el gran Checo, enfundado en el mono de Red Bull subiéndose al monoplaza con sus colores inconfundibles y comenzar a rodar en el mítico circuito de Silverstone para que nuestros sueños echasen a volar.

Casi no parece el mismo, aunque por supuesto lo sea, pero casi no parece el mismo: hay algo en la expresión de su cara que indica paz y determinación.
¡Lo ha conseguido!, por fin está en un equipo ganador, en un equipo donde no es una fantasía imposible subirse al podio con regularidad, incluso al cajón más alto.

Y nadie, absolutamente nadie, se lo ha regalado. Porque él con un coche no completamente puntero y en extremis y después de haber sido despedido se hizo grande como un gigante, llevó a ese coche a la máxima altura que nunca había alcanzado, y contra todo pronóstico consiguió un coche mejor: el Red Bull.

El Red Bull que primero es un traje: el mono, y luego es un abrigo mágico, que va a permitir a Sergio Pérez, Checo Pérez, fundir su alma de luchador y excelente piloto con una máquina tan luchadora y excelente como él.

Es una alegría enorme ver a Sergio Pérez, Checo, vestido de Red Bull. Y dentro de muy poco la alegría será aún mayor, porque le veremos pilotar contra los mejores, y entre los mismos también estará su compañero de equipo. Tenemos la certeza de qué Checo va a mirar a Max Verstappen de tú a tú, porque aunque el reto sea muy difícil y el equipo se esfuerce en proteger a su piloto estrella Sergio Pérez ya demostró en su anterior escudería qué es capaz de hasta lo que parece imposible.

Brindamos por él. Su alegría es nuestra alegría.

Tigre tigre

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