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Kiev resiste, Putin coquetea con el maletín nuclear

Fracasada su guerra relámpago, el líder ruso trata de ganar tiempo negociando con Zelenski una rendición de Ucrania

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Kiev resiste. La población prepara caseros cócteles molotov mientras los soldados y milicianos hacen frente a los tanques rusos a las afueras de la ciudad. Toda la población ucraniana, incluso los que no habían empuñado un arma en su vida, se apresta a defender el país frente a la agresión del tirano. Están dando una lección de resistencia, de coraje y valor a los trémulos y adormecidos occidentales que, desde lejos, como niños neuróticos horrorizados, miran al cielo por si ha estallado ya el hongo atómico. Y en medio de las ruinas, de las columnas de humo y del paisaje devastado emerge un líder imprevisto: el presidente Zelenski, el comediante metido a político en quien nadie confiaba, el hombre de camiseta verde caqui que cada día implora ayuda a la comunidad internacional mientras enseña los dientes a Moscú en nombre de los ucranianos. Putin lo quiere muerto y lo quiere ya. En apenas cuatro días de invasión, el presidente ucraniano se ha convertido, casi por accidente, en un gran símbolo de nuestro tiempo, un general de la resistencia que pide más kaláshnikovs al tiempo que da clases magistrales de democracia y libertad frente a la amenaza de la tiranía totalitaria. Esa batalla, la de la opinión pública global, la tiene prácticamente ganada. En cada ciudad del mundo, en cada pueblo, se convocan manifestaciones, movilizaciones ciudadanas, protestas frente a las embajadas rusas. Solo Hitler en su día concitó tal grado de repulsión internacional.      

Mientras tanto, Ucrania aguanta las embestidas de los ejércitos rusos falsamente disfrazados de soviéticos. Al caer la noche, el toque de queda convierte Kiev en una ciudad fantasma. En la Plaza de la Independencia, subida a su majestuoso pedestal de 61 metros de altura, la berehynia, esa mujer victoriosa con una rama de rosa guelder en sus brazos, permanece impasible y silenciosa como tratando de otear el horizonte, donde las columnas rusas se agrupan a pocos kilómetros de la capital. Una extraña oscuridad de otra época, de otro tiempo, se apodera de todo cuando miles de personas bajan lentamente las escaleras de las estaciones del Metro. Una marea humana triste, aterrorizada, gris. Allí, tapados con mantas y con el frío calando los huesos frente a las vías del ferrocarril, la mayoría duerme en el suelo, unos pegados contra otros. Hay gente que arrastra maletas, bebés que lloran, viejos jugando al ajedrez, violinistas que tratan de llevar un poco de paz y armonía entre tanto horror. De vez en cuando suena algún que otro disparo, una bomba lejana, la explosión de un mortero o las alarmas antiaéreas ululando como enloquecidas. No hay demasiada diferencia entre estos sufridos kievitas y aquellos recios madrileños que en nuestra trágica Guerra Civil se refugiaban de las bombas caídas desde las pavas italianas. Cambian los anoraks del siglo XXI, cambian los teléfonos móviles que iluminan las caras asustadas de las gentes y las gorras de béisbol de equipos extranjeros, pero el terror sigue siendo idéntico.

La noche es larga y dura en las entrañas del Metro, pero la mañana es casi peor, ya que toca sobrevivir como se pueda. Al amanecer la gente se agolpa en largas colas frente a los supermercados de estanterías vacías. Los productos de primera necesidad empiezan a escasear. Casi no queda pan. La sombra del hambre planea como un buitre carroñero sobre la ciudad. Putin es un dictador totalitario de manual, sabe que las operaciones militares en el campo de batalla siempre deben ir acompañadas del debido cerco a la población en la retaguardia. Los civiles son la pieza clave de la invasión. Reventando el tejido social, desnutriendo a miles de personas, minando la moral del pueblo, es como piensa ganar esta guerra el ogro de Moscú. Sin embargo, en el otro bando, al otro lado de los campos carbonizados y humeantes, de los puentes destruidos y de los ríos llenos de queroseno incendiados como lenguas de fuego, los estragos de las sanciones internacionales adoptadas por Occidente también empiezan a hacer mella en el pueblo ruso. El rublo de desploma, la inflación se dispara, los oligarcas del gas cierran el grifo de la energía –sumiendo a Europa en un invierno medieval–, y buscan refugio en sus yates fondeados en paraísos fiscales. Esta no es solo una guerra entre rusos y ucranianos, entre Putin y Zelenski, entre autoritarismo y democracia liberal, es una guerra entre clanes internacionales, entre la mafia rusa y la mafia de Wall Street.

Las cárceles del paranoico de la KGB empiezan a llenarse con detenidos de la disidencia y manifestantes que gritan no a la guerra sin que nadie les escuche. Otro inmenso gulag se prepara en las estepas siberianas. En la frontera con Polonia se agolpan los primeros refugiados, la macabra obra maestra del loco Putin que convierte a los seres humanos en ferralla humana vagando por caminos y carreteras. La ONU condena la invasión y alerta de un éxodo de hasta cinco millones de desplazados. La OTAN mueve sus cazas, los submarinos nucleares toman posiciones, todo está preparado para la última confrontación bélica tecnológicamente avanzada (la siguiente será con palos y piedras, ya lo dijo Einstein).    

Cada hora que pasa es un fuerte revés para el nuevo zar en su delirio de ensanchar fronteras y reinstaurar el imperio tal como era en 1919 antes del Tratado de Versalles. Pero el reloj juega en su contra. Su intento de arrastrar a Zelenski hasta Bielorrusia para firmar una paz que no es una paz sino una rendición sin condiciones de Ucrania se antoja una jugarreta más del líder ruso siguiendo el fiel manual hitleriano. La guerra relámpago o blitzkrieg va camino del fracaso mientras Alemania rompe el complejo del nazismo y se rearma hasta los dientes por primera vez desde 1945. Josep Borrell deja caer que esto no es una guerra de Rusia contra Ucrania sino una guerra de Putin contra el mundo. O sea, un sátrapa millonario que maneja las llaves del maletín nuclear como ese bravucón que para intimidar al personal pone encima de la barra las llaves de su Porsche.

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