El incendio de Notre Dame de París ha generado una conmoción global. He decidido darme unos días de reflexión porque desde el primer momento me pareció que este incendio ha radiografiado nuestro mundo, permitiendo extraer no pocas conclusiones útiles sobre la posición que ocupa en él la arquitectura. Me centraré, por tanto, en esta desgracia desde el punto de vista comunicativo.

El incendio de una catedral es una muestra cotidiana del fin del mundo. Han ardido muchas catedrales. Casi todas, de hecho. De aquí viene esta calificación de cotidiano. Cada vez que una catedral se quema el incendio es visto como un hecho apocalíptico: un símbolo definitivo, a menudo el símbolo popular más poderoso de un burgo, desaparece y se ha de rehacer trabajosamente. La misma Notre Dame había sufrido reformas sucesivas que, unidas a etapas de ostracismo profundo equivalentes al poder destructivo de un incendio, fueron paliadas a partir de mediados del siglo XIX, cuando se recuperó para convertirse en una construcción auténticamente popular. Mientras la veía arder escuchaba como los informativos daban cifras de visitas de turistas. Millones. Este es el primer aspecto importante que se remarcó de Notre Dame, seguido rápidamente de un segundo: Notre Dame forma parte estructural del paisaje de París. Y ya.

Las redes sociales, que no los informativos, recalcaron tres cosas todavía más importantes:

-Notre dame es un templo cristiano importante.

-Notre Dame ha sido, y es, un punto de encuentro importante de diversas artes. Se ha escrito sobre ella. Se ha filmado. Se ha pintado. Parte de la historia del arte reciente, desde los impresionistas a Picasso, ha representado esta catedral.

-Notre Dame es una pieza de arquitectura de una importancia excepcional.

El filósofo Bernat Dedéu, a las doce horas del incendio, declaraba que el duelo que se había organizado era un duelo por un aspecto material de un mundo marcado por la virtualidad. Notre Dame es una certeza, un punto de ancla incluso para quien no la haya tocado nunca. Notre Dame existe desde siempre dentro de esta memoria orwelliana que tenemos todos cuando estamos relajados. Notre Dame simboliza todo lo que ha estado allí desde siempre. Cosa totalmente cierta en nuestra escala temporal. Nuestros abuelos conocieron la misma Notre Dame que nosotros, aguja de Viollet-le-Duc incluida, ya que aunque ésta tenga poco más de cien años hay que pensar que cien años es MUCHO tiempo. Más que una vida.

Visitar Notre Dame era visitar este punto de ancla. Era visitar un lugar que no cambia, eterno a nuestra escala temporal.

Dos cosas más:

-El debate sobre la reconstrucción es ya un metadebate. Es un debate verdaderamente popular por mucho que sólo una parte de la sociedad esté preparada para tenerlo, porque el clima en que se está celebrando es el clima en que se celebra cualquier debate en la actualidad: con opiniones en que cuenta más la emoción que la preparación inmersas en un clima en que las pseudociencias compiten abiertamente con la línea estructural de nuestro pensamiento, con opiniones que, cuando son percibidas como bienintencionadas, adquieren un carácter de superioridad moral que fácilmente deviene ley incuestionable por mucho que éstas pasen por encima de otras opiniones basadas en conocimientos que, no lo olvidemos, acostumbran a estar adquiridos con mucho trabajo y dedicación.

-El dinero, el mucho dinero recaudado rápidamente para la reconstrucción de la catedral es dinero destinado a la restauración de este punto de ancla. No estamos pagando la restitución de una catedral. Estamos comprando estabilidad mental, un punto fijo en un mundo en que todo avanza a una velocidad tan desbocada que da miedo aunque muchos de estos cambios sean positivos.

Por todo esto creo que se ha hablado muy poco de arquitectura. Se ha convocado ya un concurso de ideas para la nueva aguja, concurso que se ha debatido y troleado bastante. También se han volcado muchas opiniones interesantes, relevantes y con criterio defendiendo cualesquiera de las tres opciones: deshacer la aguja y no poner nada, rehacer la aguja de Viollet-le-Duc o proponer una nueva. Estas opiniones, algunas de ellas con fundamento y bien razonadas, no son, sin embargo, lo que ha triunfado.

Y es que el incendio ha pillado a la arquitectura en un momento complicado, profundamente inmersa en una doble crisis de la que me gustaría hablar para entender este fenómeno comunicativo: una crisis de la concepción de la arquitectura y una crisis de los propios arquitectos.

En este momento la percepción de lo que es la buena arquitectura es moral. Si la arquitectura es moral los procedimientos, los procesos arquitectónicos han de ser también morales. La metodología ha de ser moral. Los sistemas de evaluación y los propios juicios de las obras son morales. Actualmente la arquitectura ha de ser sostenible, participativa, de género, con poca huella de carbono, de quilómetro cero, cradle-to-cradle, pasiva, domótica, barata, estable, clear-code, biológica, con buen feng shui y mil etcéteras más. La arquitectura será relevante si el procedimiento es relevante.

Todavía no tenemos ni idea del daño que nos ha hecho todo esto.

Todos estos -ismos que acabo de describir son importantes. Muy importantes. No puede haber dudas al respecto, ni tengo la más mínima voluntad de frivolización al respecto. Mi postura sobre esto, defendida por no pocos arquitectos relevantes, es que todo esto es tan importante como que un edificio se aguante. Nadie le pide a un arquitecto que un edificio se aguante. Se considera que el propio oficio te lleva a que se así. Ídem con estos -ismos. Si son importantes han de ser de oficio. No se puede hacer bandera con ellos del mismo modo que cuando terminamos un edificio no nos ante su puerta saltando y botando y chillando ¡Mira, se aguanta! ¡Se aguanta!

La arquitectura es otra cosa.

La arquitectura es sueño. Es disrupción. La arquitectura hace ilusión. La arquitectura es emoción. Es representación. La arquitectura es uno de los instrumentos más importantes que existen para la construcción de una sociedad. Si la construimos mediante construcciones anodinas sostenibles con techos de 2,20 para mayor eficiencia y pasillos de 1,20 ésta será la sociedad que tendremos: moral, obsesivamente, avasalladoramente moral, de una moralidad pública e impostada en lugar de una privada, íntima y sentida. Hasta que esta moral nos ahogue.

Notre Dame es lo contrario de esto. Notre dame es una catedral. Notre dame es grandilocuente. Maravillosa. Emocionante. Notre dame no necesita ser sostenible. Notre Dame hace llorar. Notre dame hace llorar a cualquiera: a un sintoísta, a un musulmán, a un ateo. Notre Dame es un canto a la humanidad. Mil elogios a la generosidad de los cristianos que fueron capaces de construir algo tan universal.

A los cristianos arquitectos, por cierto.

Porque Notre Dame la hicieron arquitectos. O maestros de obras o artistas pensando como tales. Me da igual. Olvidemos a Viollet-le-Duc. Notre Dame es una idea, una idea que partió de una o de unas pocas cabezas que, independientemente del título o del nombre, pensaban como arquitectos. Éstos fueron capaces de animar al pueblo que la tenía que sufragar y a los artesanos que la tenían que construir, y todos juntos la convirtieron en una obra coral. Los rosetones de Notre Dame: arquitectura. Los bancos para sentarse: arquitectura. Y el gran órgano, y los retablos, y las pinturas y la cruz y las claves de vuelta y los capiteles y las columnas. Y el espacio que nos emocionaba, y los gráciles arbotantes. Todo esto es arquitectura. Notre Dame es un canto a la arquitectura, una obra de arte total donde incluso la música que se tocaba se convertía en parte de esta arquitectura. Arquitectura verdaderamente humana, trascendente y popular. Muy popular.

Es esto lo que hemos de reivindicar los arquitectos. Nada fácil de hacer si pensamos que estamos perdiendo el tiempo dedicando libros y números monográficos de revistas a los procedimientos y a la moralidad, o, mejor dicho, a la doble moral, si ponemos énfasis en representaciones que solo entendemos nosotros mismos en un discurso elitista, oficialista y repelente.

El resultado de esto es la campaña Keep architects away from Notre Dame, una campaña absurda, ridícula y desgraciadamente comprensible ante la poca empatía que estamos demostrando. Nosotros, lo que comunicamos y, cómo no, algunas de las primeras propuestas que inciden en estos aspectos morales. Mientras esto sea así no podemos quejarnos de lo que nos está pasando. Ni de por qué el proceso de reconstrucción de la catedral corre riesgo de hacerse con los arquitectos como protagonistas secundarios. Pero hey, siempre podemos seguirnos quejando de que no nos entienden.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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