El que ama el peligro en el perecerá (Eclesiástico, 3:27).

Quien busca el peligro perece en él (El Quijote, I, XX).

Trump, el presidente de Estados Unidos, ególatra, narcisista y afectado se ha mostrado siempre como el más valiente entre mil y se ha atrevido a casi todo con tal de parecer que no teme a nada. Siempre ha buscado el peligro y, a pesar de ser tan poderoso, ha terminado por morderle el lobo. Casi se podría decir que merecidamente, porque la justicia poética funciona a la postre.

Qué fatuo y qué irresponsable, contribuyendo como nadie en las 200.000 muertes producidas en su país. Qué superhombre tan necio: a él no le hunde nadie, aunque sí ha sido capaz de hacerlo un simple virus, que ha menospreciado constantemente. Sus traumas internos no le han permitido valorar las consecuencias de la pandemia. Toda su trayectoria desde que empezaron los contagios ha consistido en despreciar los factores de riesgo a los que se exponía este septuagenario con sobrepeso. Negó los riesgo y ha acabado dando positivo. Un virus iba a vencerlo a él. Qué atrevimiento.

Primero fue minimizar el virus. No era nada y, además, su gestión de la crisis sanitaria era correcta, todo estaba bajo control, por eso cualquier día desaparecería como por milagro. Eran sandeces, aunque el presidente las consideraba bromas para rebajar la tensión, cómo no.

Después aceptaba ser un virus muy contagioso por lo que tenían de él un control tremendo. Las mascarillas eran voluntarias. Una cuestión de elección. El eligió no ponérsela, aunque algunas veces sí apareció con ella.

En otro de sus delirios sugirió tratar a los infectados con un desinfectante, que les inyectaran, y matar al virus de este modo, limpiando los pulmones. En un minuto podría desaparecer, ¡en un minuto!, sostenía. Resulta que esto fue una gran ironía: sería interesante probarlo, decía.

Siguió profundizando e impartiendo lecciones. El caso es que afectaba sólo a personas mayores con otros problemas, pero no a los jóvenes, quizás porque tengan un sistema inmunológico fuerte y seguro. A menores de 18 años no afecta a nadie. Últimamente dice, bravucón, que es menos letal que la gripe. Hasta que “fue una bendición de Dios”, proclama en plan predicador.

Se burló de Biden, el aspirante a la presidencia, por llevar la mascarilla mayor que había visto. Incluso estando a 60 metros de la gente con quiénes hablaba se ponía la mascarilla, mientras que él aguantaba estar en un mitin con 40.000 personas sin mascarilla y no le había afectado, claro que se celebraban al aire libre por mucho calor o frío que hiciera, porque todos los asistentes eran recios y fortachones, como en el antiguo Oeste. Él se encontraba genial ante ellos, ya que era grande y la gente lo admiraba por ello. Su narcisismo queda fuera de toda duda. ¡Qué tío!

La personalidad de Donald lo dominaba todo: era un hombre de éxito, brillante, irradiaba poder, se mostraba siempre especial y hasta único. Sus declaraciones eran también prepotentes. Empezó a construir un gran muro para que mexicanos y otros hispanos no pudieron entrar en los Estados Unidos y, además, lo iban a pagar ellos mismos. Tampoco los musulmanes entrarían en el país, mientras él fuera presidente, lo prohibiría. Su megalomanía llega a confundir sus intereses individuales con los del país. Agresivo como nadie, no temía incluso mentir, atribuyendo los crímenes a negros e hispanos, que eran pura escoria. Tan seguro se siente, o lo aparenta, como para que todas las personas debieran someterse a su autoridad, porque es el presidente de los Estados Unidos, el país más poderoso de la tierra. Qué humillación debe ser que te venza un virus, al que ignoras.

Al final tenemos que preguntarnos por los resultados de la gestión de Trump, que para él es lo que cuenta, igual que para los norteamericanos.

1. El control de la pandemia ha sido desastroso. La menospreció y hasta la negó, pero esta le dejó en evidencia contagiándole o obligándole a tener que internarse en el Hospital Militar Walter Red, en el que ni siquiera los sanitarios han podido con este narcisista implacable. Sólo le queda esperar a la vacuna.

2. Nadie le para en su racismo estructural, xenofobia y supremacismo blanco. Los negros siguen muriendo a manos de la policía, empleando la máxima violencia y mostrando una conducta impropia del mundo civilizado, sin respeto ninguno por los Derechos Humanos.

3. Después de cuatro años de mandato hay una considerable desaceleración económica. El PIB ha descendido este año un 9,5%. La tasa de paro alcanzó en febrero un 3,5% y en septiembre un 7,9%. El crecimiento fue del 2,9% en 2018 y descendió hasta el 2,3% en 1919. Manhattan –símbolos de grandeza- se encuentra vacío por el coronavirus. Los teatros de Broadway se encuentran cerrados. La OCDE cree que se contraerá su economía para el final del año.

4. La democracia desciende de nivel por causa de Trump. Ahora proclama que el voto por correo es un fraude y que nunca va a reconocer los resultados de las elecciones, si pierde por estos votos.

5. En política internacional da bandazos. Unas veces defiende a Putin y otras sanciona al Kremlin por injerencia en las elecciones presidenciales. Irán desafía a Trump con maniobras militares. Impone medidas económicas contra Maduro en Venezuela. Establece vetos migratorios. No consigue que el Papa reciba a Pompeu. Con China juega al gato y al ratón, mediante guerras comerciales. Aplica aranceles a productos de varios países con la mínima excusa. No hay progreso con Corea del Norte, a pesar de varios encuentros al más alto nivel. No son buenas las relaciones con la ONU, ni con la OMS. No hay compromisos de acuerdo con la UE.

6. El prestigio de Estados Unidos con el resto del mundo ha disminuido durante el mandato de Trump.

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