Un inmenso escándalo, cuarenta y dos implicados (37 de ellos futbolistas) la imagen de la Liga Española por los suelos y un partido, el Levante UD-Real Zaragoza de 2011, bajo sospecha. Eso es lo que queda de la trama de amaños en el fútbol español que empieza a juzgarse hoy en el Palacio de Justicia de Valencia.

Aquel encuentro celebrado hace ocho años (¡ocho!) terminó con victoria del equipo aragonés por 1-2. El conjunto maño necesitaba la victoria para seguir en Primera División, mientras que el Levante ya estaba salvado. El biscotto, como dicen los italianos, estaba servido, y hubo un más que probable tongo que pudo ver todo el mundo y que perjudicó al Deportivo de la Coruña, club que terminó descendiendo de categoría. La Fiscalía Anticorrupción abrió una investigación sobre el caso y siguió el rastro de al menos 700.000 euros que, según las acusaciones de la Fiscalía, el Zaragoza pagó al Levante para que se dejara perder. Como dato curioso se aportará a la vista oral un detallado informe técnico de análisis de datos de aquel partido, una especie de escaneado elaborado por Business Intelligence & Analytics que recopila, analiza y compara las estadísticas en todas las parcelas del juego con partidos disputados desde 2006 “de idéntica naturaleza”. En ese informe se asegura que los jugadores locales hicieron sus peores números y los visitantes, los mejores.

Pero más allá del caso concreto, más allá del episodio puntual sobre el Levante-Zaragoza que ha despertado gran expectación mediática en la Ciudad del Turia, se desprende que estamos ante un gran juicio al fútbol español, ese territorio que hasta hoy parecía al margen de la ley. En nuestra Liga profesional durante demasiados años ha habido manga ancha y barra libre, permitiéndose de todo: deudas de los clubes, evasión fiscal, abusos, fichajes millonarios con dinero sospechoso, blanqueo de capitales y santuarios para personajes variopintos que amparándose en la tapadera del fútbol ocultaban sus turbias actividades en otros negocios.

Ahora se detecta un partido amañado en la que dicen la mejor competición del mundo y es cierto que ello pone en grave riesgo la credibilidad y la imagen de la Liga, buque insignia de la Marca España. Pero ahí es donde precisamente surge la pregunta más importante: ¿Estamos ante un caso aislado o este tipo de compraventas y amaños de partidos en la elite futbolística española son habituales?

Precisamente hoy, cuando nos desayunamos con la noticia de que Esperanza Aguirre ha sido imputada por un juez de la Audiencia Nacional como presunta responsable política de la corrupción que ha salpicado a todas las instituciones públicas madrileñas en los últimos años, asistimos al espectáculo bochornoso del gran timo que puede ser el fútbol español. El daño que gobernantes como Aguirre han causado a nuestro país es inmenso, pero ocurre que ya hemos abierto los ojos para despertar de un fatídico sueño y darnos cuenta de que no solo la política estaba enfangada, también la Casa Real, la Justicia, la Policía, las finanzas (véase el caso Banco Popular del que solo Diario16 informa ya) el periodismo, el sector alimentario (el brote de listeriosis no es más que otra clase de corrupción de supermercado) y hasta el fútbol, esa actividad lúdica y gran pasión nacional con la que muchos españoles se distraen y sacan pecho con los éxitos cosechados por nuestros deportistas.

La corrupción no era solo cosa de diputados, presidentes de comunidades autónomas y alcaldes trincones. El fango ha terminado por ensuciarlo todo y esta democracia nuestra necesita con urgencia un chapa y pintura porque está en juego algo tan fundamental como nuestro sistema de convivencia, derechos y libertades. Si no somos capaces de limpiar y regenerar las instituciones y la sociedad (pero a fondo y de verdad, no esa gallofa de regeneración que va vendiendo Albert Rivera mientras pacta con lo más sucio del PP) España corre serio riesgo de terminar convirtiéndose en un Estado fallido.

Este juicio contra un partido de domingo tarde que en realidad fue un tongo entre maños y granotas no deja de ser una anécdota más, eso que habitualmente suele definirse como la punta del iceberg. Apenas un síntoma de la terrible enfermedad de nuestro tiempo que contagia las entrañas de la sociedad española y que pone de manifiesto que el sistema está podrido mientras nadie hace nada por limpiarlo.

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