Si crítica y público coinciden en que Juego de Tronos es una de las mejores series de televisión de los últimos años habrá que darlo por bueno. Un espectáculo de ficción que gana un Globo de Oro, 47 Premios Emmy y otros 200 galardones internacionales algo tendrá. La historia del dragón, Daenerys Targaryen, Jon Nieve y Tyrion Lannister ha enganchado como la droga más potente a públicos de todo el mundo durante ocho largas temporadas, hasta convertirse en un auténtico fenómeno sociológico y cultural. El último episodio se ha emitido esta madrugada y miles de espectadores en España –entre ellos algunos líderes políticos como Pablo Iglesias– han puesto el despertador para levantarse de la cama y sentarse delante de la tele en un hecho nuevo y sin precedentes.

Pero más allá de que la fábula tronista basada en los libros de George R.R. Martin, adaptada al cine por David Benioff y D. B. Weiss y producida por el canal de pago HBO, vaya a pasar a la historia por su intriga trepidante entre familias y casas nobiliarias, por sus duelos medievales y por sus seres mitológicos y mundos lejanos, conviene hacer una reflexión en clave socioeconómica que no debe quedar en el tintero: la cultura de masas, ese fenómeno que supuestamente iba a llegar para democratizar las sociedades modernas, cada vez es menos cultura de todos y más cultura de élites.

Hemos alcanzado un punto álgido en que la televisión, ese gran invento que desde los años cincuenta del pasado siglo llegaba a todo el mundo, entreteniéndonos, informándonos e igualándonos en lo cultural, ha perdido su poder de influencia en favor de la tecnología digital. Algunos apocalípticos incluso creen que asistimos a la muerte técnica de un medio de comunicación que durante décadas nos ha acompañado como la hoguera incombustible que iluminaba nuestros hogares a todas horas. Los españoles que van siendo mayores aún recuerdan aquellas viejas series del siglo XX –Hombre rico, hombre pobre; Colombo; Canción triste de Hill Street; Lou Grant; Luz de Luna o Cheers– de las que todos hablaban al día siguiente en la calle, en la pescadería y en el bar. No había nadie que no supiera lo que le había ocurrido a Laura Ingalls en el capítulo de La Casa de la Pradera del día anterior y aquellas conversaciones comunes, referenciales, cohesionaban y estructuraban una sociedad.

Hoy la televisión basada en las plataformas digitales de pago lo ha transformado todo, hasta el punto de que en la calle hay una brecha insalvable: a un lado los que hablan del final de la serie de moda porque han tenido el privilegio de poder pagársela y a otro los que no tienen ni pajolera idea de qué demonios es eso de Juego de Tronos porque sus bolsillos dan para comprar el pan nuestro de cada día y poco más. Una vez más, la fractura digital nos divide, alejando unas clases sociales de otras, y esa desigualad que sufren los españoles, no solo en el aspecto económico sino también en el cultural, empieza a ser un drama tan monumental como las vidas de esos personajes épicos que luchan por sobrevivir y por el poder en Juego de Tronos.

De ese modo, ya no estamos ante las dos Españas ancestralmente enfrentadas –la falangista de Vox y la izquierdista de Podemos–, sino ante la España que madruga para ver Juego de Tronos porque su sueldo le da para un abono en Movistar Plus y la que tiene que conformarse con los telediarios manipulados de TVE, con los culebrones diarios (el político de Ferreras y el rosa de Telecinco) o todo lo más con Saber y Ganar, el socrático y minoritario concurso para cerebritos del inmortal Jordi Hurtado, último superviviente de aquella televisión pública y para todos hoy en peligro de extinción.

Los malos augurios de Adorno y la Escuela de Frankfurt se han cumplido y la cultura de masas, lejos de ser una bella utopía en la que el conocimiento llega a todos por igual, se ha convertido en una sórdida distopía donde el capitalismo se vuelve a imponer con toda su crudeza comercial en una sociedad de consumo cada vez más dependiente de las multinacionales y plataformas digitales. Vivimos las consecuencias de la dictadura HBO, un sistema injusto que a unos –el club vip de las clases medias y altas–, les ofrece el deleite de la buena televisión, el gran cine de las series modernas y la música on line, mientras a otros –las mayorías empobrecidas– solo les queda el proletario mendrugo de la tele en abierto, la coprofagia televisiva del Sálvame y Supervivientes y la imposible búsqueda de su serie favorita en algún portal pirata antisistema.

El negocio es el mayor enemigo de la cultura porque aunque el dinero es importante para impulsar productos culturales de calidad termina imponiendo su maquinaria injusta y burguesa en la que unos disfrutan del cine delicatessen mientras otros soportan la mediocridad de los telefilmes malos comprados a precio de saldo y servidos a granel los domingos por la tarde en las cadenas generalistas. El siguiente paso será cerrar las salas de cine, última gran tragedia de la humanidad, y otros negocios decadentes, véase las librerías tradicionales. Y así será como las películas de la encantadora Doris Day, tristemente fallecida esta semana, desaparecerán para siempre de la faz de la Tierra, al igual que la novelas de los clásicos, que serán sustituidas por los nuevos relatos de ficción que Amazon considere oportunos e industrialmente rentables para ese público selecto y económicamente fuerte que tiene poderío y acceso a la cultura.

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