Resulta difícil abordar el perfil de alguien que en su día se atrevió a representar a Caifás en El Evangelio según Mateo, de Pasolini, (1964). Evidentemente, nos encontramos ante un ser poliédrico como pocos, esquivo, difícil de encasillar, un rara avis experto en los ejercicios literarios más arriesgados y rocambolescos. Juan Rodolfo Wilcock, bonaerense amigo de Bioy Casares y Borges –ahí es nada–, le dio a todos los palos de la literatura con más o menos acierto, pero es en la distancia corta del relato donde alcanzó cima. El libro de los monstruos, que ahora publica Atalanta, recupera 62 semblanzas minimalistas que conforman un todo en su lectura global de 130 páginas, un artefacto medido y perfeccionista hasta la demencia.

Esta inclasificable obra fue la primera póstuma que se publicó de Wilcock el mismo año de la muerte del escritor argentino en 1978. El autor de la no menos mítica La sinagoga de los iconoclastas (publicada por Anagrama en una edición inencontrable de 1982) ejerció de crítico literario con asiduidad tanto en español como en italiano, y también cultivó otros géneros como el teatro, la poesía o la novela. También destaca su proyección como traductor de casi medio centenar de títulos, tanto al español como al italiano, de autores universales: Kerouac, Eliot, Kafka, Buzzati, Shakespeare, Flaubert, Joyce, Beckett, Borges…

El libro de los monstruos está traducida del italiano por Ernesto Montequin y es claramente deudora de El libro de los seres imaginarios que Borges publicó en 1956, dos años antes de iniciar Wilcock su aventura italiana, tierra que ya no abandonaría huyendo del peronismo hasta su muerte en el pueblecito de Lubriano, de apenas unos cientos de habitantes en la región del Lacio italiano.

En el preludio a esta obra, Luis Chitarroni detalla que Wilcock quiso dejar a su paso “una galería” de seres donde se pueden reconocer “la mayoría de las miserias y pequeñeces humanas, pero también, gracias al humor que todo lo transfigura, la grandeza literaria capaz de conducirnos del comienzo al fin con la mirada atenta y una sonrisa encantada”.

Porque, en definitiva, de eso se trata, de salir de su lectura con un rictus a medio camino del asombro y el embelesamiento. Esta colección de “monstruos” no es una suma de fragmentos unidos así tal cual, sino más bien un libro ahormado por una “secreta unidad”, según Chitarroni, consistente en la circunstancia de que “sus personajes nunca llegan a encontrarse”.

Delirantes, absurdos, rocambolescos, increíbles, desbordantes, surrealistas, inimaginables, monstruosos… Así son estos seres trazados por Wilcock en apenas folio y medio cada uno de ellos, donde tiene cabida una detallada descripción que tiene mucho de afán entomológico en su transcurso. Los editores de esta obra inclasificable advierten sobre los efectos que pueden provocar su lectura: “traviesa sonrisa en los labios, que a veces desemboca en carcajada”. Están advertidos.

 

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