Decía Mario Benedetti que “cada generación tiene sus jóvenes, y, en el mejor de los casos, son precisamente los jóvenes los que le dan color y la definen. Es bueno que el joven tenga algo de aguafiestas, que incomode al poder y al poderoso, que denuncie su vulnerabilidad y su injusticia. Lo malo es que a veces, cuando pasan los años, los hombres y mujeres van mellando sus dardos juveniles y lentamente se convierten en aliados del poder.”

Hace unos días, los jóvenes se echaron a la calle para reclamar y exigir a quienes sostienen el poder, que la pasividad en la que residen ante el cambio climático no es solo una actitud irresponsable, también trata de criminalidad y asesinato. Y, al tiempo que, no solo en lo que a las especies que poco a poco han ido desapareciendo se trata, igualmente, de todas las muertes que están siendo abonadas para ese mañana apocalíptico que vendrá con toda seguridad, a menos que se tome conciencia de la realidad de un planeta herido por múltiples lugares y debido a múltiples consecuencias.

Pero la lucha siempre fue un lugar donde vivir y no el acomodo para unos días o semanas. Toda lucha nació para quedarse, porque siempre habrá algo o alguien en interponerse o en oponerse a dicha lucha. Los opositores de la lucha salen de todas las esquinas, acaudalados con innumerables excusas para debatir, infravalorar y echar abajo toda la estructura forjada de la lucha.
Y esta lucha ha venido para quedarse. Se sostendrá en el tiempo, y ahí, los jóvenes de ahora, crecerán y asentarán expectativas menos utópicas, pero tendrán que sostenerse en la lucha, no tendrán que olvidar esa manera de incomodar como así han olvidado cientos de actuales adultos que gritaron, gritaron puño en alto en otras luchas, y ahora se sostienen, echados en el sillón, mando del televisor en la mano, visionando las noticias de jóvenes que luchan.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorEl Constitucional evita pronunciarse sobre el privilegio de la inviolabilidad del rey
Artículo siguienteLa moción de censura de Cs
Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

seis + 6 =