Estudien lo que estudien los jóvenes de hoy en día, difícilmente esto les va a garantizar un trabajo acorde a lo estudiado. Y, en el caso que lo obtengan, difícilmente creerán que es un trabajo garantizado en el tiempo. La educación de los jóvenes no garantiza una utilidad, en el sentido que los conocimientos que adquieren puedan transformarse en valor económico en el futuro. Tampoco, si no pertenecen a una élite reducida, tienen la garantía que la posición económica que tengan en un momento dado vaya a mantenerse, no ya durante el resto de sus vidas, sino a medio plazo. Ciertas garantías de antaño van diluyéndose con la misma facilidad que fluyen las cosas de las que nos rodeamos: a un teléfono móvil, a un jersey o a un televisor, nadie le exige ya una durabilidad larga. Los objetos son menos un producto y más un consumible, y es su uso el que marca su durabilidad… tal como ocurre con las personas en el mercado laboral: los trabajadores no producen, son usados. Para la muchos, la fugacidad temporal, parece ser que será la norma.

Antaño, el trabajo podía ser otro signo más de identidad de la persona. Además, si este era acorde a unos estudios previos o al aprendizaje de un oficio, había una condición temporal, un hilo, que permitía hilvanar las diferentes etapas del individuo. Esta continuidad cada vez es más difícil de garantizar. En caso que la anterior opinión sea cierta, comporta un cambio de visión: ahora se requiere una visión a corto plazo, donde la situación del presente cobra una relevancia enorme “en sí misma”, sin ofrecer una garantía basada en la durabilidad.

Además, que un trabajo pueda ser efectivo a nivel económico, si no está relacionado con la formación o aspiraciones del individuo, no impide que comporte cierta sensación de inutilidad. Que el único vínculo con un trabajo sea el monetario, ya hay muchas empresas que lo ven como un error, porque afecta al mismo rendimiento de la empresa. Por ello intentan, mediante Team Buildings, conferencias de gurús inspiradores y motivacionales o decoraciones del lugar de trabajo como si fueran una casa (poniendo sofás, mesitas, etc) extender el vínculo a lo emocional. Pero es un modo totalmente superficial.

Dentro de las inseguridades del individuo, el Estado era una institución “garantista”, pero, lentamente, esas garantías también se van perdiendo. ¿Alguien se atrevería a decirle a sus hijos que, de aquí unos 40 años, el Estado le devolverá sus contribuciones en forma de pensiones? ¿El Estado lo puede garantizar? La educación pública gratuita, un gran avance, es hoy un mínimo que no garantiza absolutamente nada respecto a las posibilidades laborales de una persona. La Universidad (que gratuita no es, y supone pedir créditos para muchas familias) tampoco garantiza nada. La buena Salud Pública (respecto a otros países) de que disponemos, nada nos garantiza cómo estará de aquí 20 o 30 años con el constante envejecimiento de la población. Y habría que tener en cuenta que la esperanza de vida de las generaciones jóvenes será más alta. Y el acceso a una vivienda propia de los jóvenes es más un reto que una ilusión.

Se les pide, a los jóvenes más, que, mirando al futuro, contraten un plan de pensiones privado, un seguro médico privado, un crédito privado para pagarse especializaciones exigidas de estudios, y, pronto, un seguro privado de desempleo. Aparte, que paguen impuestos, mientras continuamente las élites, mediante empresas que sobrepasan el control de los Estados, pueden evitar gran parte del pago, incluso “legalmente”. La precariedad de todo ello influye en plantearse tener una familia (descendencia), máxima expresión del futuro, aunque también hay que considerar la incapacidad, cada vez mayor, a la renuncia: generaciones anteriores renunciaron a muchas comodidades para formar sus familias, y hoy se podría acusar a muchos jóvenes de no querer renunciar a las comodidades que tienen.

Fácil acusar, pero no habría que olvidar que las garantías de antaño hoy ya no existen (y la garantía es también una comodidad a la que antaño no era necesario renunciar). A veces se les pide a los jóvenes que renuncien a sus comodidades del presente sin ninguna garantía de futuro a cambio. También, respecto a la descendencia, muchas parejas jóvenes pueden ver perplejas las pírricas ayudas para tener un hijo… y las ayudas a familias numerosas, lo cual es un lujo: ¿por qué se subvenciona el tener tres o cuatro hijos cuando la superpoblación es un problema? ¿No sería más lógico, hoy en día, más ayudas al primero, apoyos al segundo, y a partir de ahí que el lujo se lo pague cada uno?

Toda persona intenta darle un sentido a su vida. Sin ponernos filosóficos, dar un sentido es dirigirla hacia algún lugar, un objetivo en el tiempo, forjar un futuro. El sentido se fundamenta en cierta solidez que tu presente adquiere, cual tierra fértil que se consolida. Esta solidez, en parte, se mantendrá conformando el espacio que albergue tu futuro. Este sentido vital se basa, pues, en una confianza en la interrelación entre presente y futuro. Una confianza que tanto sirve para “solidificar” una relación de pareja como el hecho que la experiencia de uno asegure o garantice un puesto de trabajo. Pero, por lo que respecta a lo último, incluso la experiencia laboral puede ser arrastrada por la corriente de los cambios continuos: la experiencia ha dejado de ser un tipo de garantía.

Laboralmente, no hay razones para una plena confianza en el trabajo que uno realiza en el presente como forjador de un futuro. La movilidad laboral (la no deseada) debida a una falta de garantía de durabilidad en el puesto de trabajo, causa una pérdida de relevancia de este trabajo en la identidad del individuo, pero sus consecuencias se extienden a una pérdida de poder de la clase trabajadora: cuesta verse a uno parte de esta clase si no hay durabilidad para identificarse con ella. Antaño, un puesto de trabajo podía ser una posesión, pero para la mayoría de jóvenes de ahora esto es un absurdo: hemos pasado de poseer un trabajo a ser nosotros objeto de consumo del puesto de trabajo.

La amplia oferta de candidatos ante un puesto de trabajo no garantiza que acceda a este el mejor preparado: precisamente, hoy en día, son muchos los “mejores preparados”. Tampoco el mérito ya no es una garantía. Pero, una vez conseguido el puesto, al estar muchos trabajos interconectados con otros, trabajos en red (que no tienen por qué ser tecnológicos, pero sí que la tecnología es la causante de su interdependencia), el que haga uno mejor su trabajo no es garantía, tampoco, de un mejor resultado final. No solo el mérito, sino el esfuerzo y la eficiencia personal, tampoco son garantía. Por un lado, el Sistema te conmina a ser individualista, por el otro, reduce el premio al mérito individual.

¿Debe, entonces, una persona joven, desligar su sentido vital del mundo laboral? En cierto modo, podría verse como un avance humanístico, pues la persona es muchas cosas más que su trabajo, y durante mucho tiempo en la historia la vida laboral ha absorbido demasiado el sentido de las vidas. Sin embargo, el trabajo, “también” produce sentido en la vida.

Pregunto, ¿no es una contradicción que, cuando más consumista es la sociedad, que cuando hay más necesidad de dinero inminente en menoscabo del ahorro, precisamente se tambalee la capacidad de otorgar sentido mediante el trabajo (la fuente para ingresar dinero)? Algo falla si el hecho de perder cierta relevancia del mundo laboral en la otorgación de sentido para la persona, en vez de dar más libertad, causa que las personas sean menos libres, pues se les restringe sus alternativas laborales. Parece, en mi opinión, que los cambios en el mundo laboral, lejos de propiciar un cambio social que se adapte a ellos, lo impiden. Y, al impedir la transformación de la sociedad, la alejan cada vez más de las posibilidades que tiene el individuo de otorgarse sentidos mediante el trabajo.

Podrían decirme que lo anterior es erróneo, que precisamente la sociedad ha cambiado mucho. Sin embargo, opino que no, que la sociedad no ha cambiado tanto: simplemente unos cambios espectaculares en su superficie, causan que esta sociedad se diluya perdiendo garantías sin encontrar una forma nueva donde establecerse. Si el mundo laboral fluye, si la corriente tecnológica es tan vertiginosa (miren solamente diez o quince años atrás), la sociedad se queda en el aire, suspendida. Esta “suspensión” es el presente donde se fuerza a situarse a los jóvenes, sin garantías que nunca vaya a haber un suelo (una forma sólida) donde posarse. La sociedad no está cambiando, sino (como diría Bauman) diluyéndose.

Si lo único que puede garantizarse es lo inmediato (y esto es el consumismo), si el futuro de uno está en el aire, y el ser humano es un animal con ansias de un futuro garantizado, ¿cómo evitar el malestar de la carencia de garantías? El Sistema propone auto-engañarse sobre este malestar y cederse a la vorágine consumista. Nos exhorta a ello: adentrarnos en un círculo vicioso de deseo – satisfacción efímera – insatisfacción – nuevo deseo. Al mercado, que vive en el presente, este proceder le es muy útil. Es muy difícil salirse de este círculo una vez se ha interiorizado. El consumismo, pues, es adictivo, y recordemos que el gran enemigo de una adicción es la autodisciplina, la paciencia y la voluntad: el compromiso con uno mismo para el futuro. O, dicho de otra manera, el esfuerzo de sacrificar un deseo del presente con garantías de un mejor futuro. No obstante, todo ello requiere, en primer lugar, ser consciente de la adicción.

Una gran diferencia entre el antiguo capitalismo y el consumismo es la durabilidad. Antes, por ejemplo, uno podía trabajar y ahorrar para comprar un coche o un televisor. Una vez conseguido el objeto, este iba a tener una larga trayectoria temporal para disfrutar de su utilidad. Hoy en día, su durabilidad es corta, pues está desligada de disfrutarla: quien puede, se cambia coche, televisor o móvil “antes” de que este pierda su utilidad. La satisfacción se ha trasladado del “poseer” al “adquirir”, es decir, consumir. Se consume el placer de la adquisición, que es el clímax del deseo.

El consumo ya está por encima de la posesión. Y esto es lo que permite las diferencias (absurdas) de muchos precios en el mercado: un móvil de gama alta no difiere tanto de uno de gama media, tal vez sean iguales en un 90 o 95%, y muy pocos usuarios van a percibir esa diferencia; sin embargo, el precio puede llegar al doble o más. Y lo mismo puede ocurrir con algunos coches (como los todoterrenos que no salen nunca del asfalto) y otros tantos productos. La utilidad no está en el objeto y, ni siquiera, para muchos en su uso: reside en que unos tienen la capacidad de adquisición y otros no. Esto es lo que marca la diferencia, y no la posesión: poseer un Samsung 9 o un iPhone 7 quedará obsoleto (en este sentido) en un corto margen de tiempo: la renovación es continua.

Cuando se nos ofrecen ciertos productos mediante la publicidad, ya no se molestan en centrarse en las características del objeto: todo parecen anuncios de perfumes apelando a la emotividad, a particularidades dirigidas a la identidad de la persona, pero no del producto a comprar. Hace ciertos años el consumidor podía temer la obsolescencia programada del producto (que este pierda su capacidad de funcionar para que, así, lo renueves), pero, hoy, ya no es necesario: somos nosotros los programados. Hoy la obsolescencia reside en nuestro deseo y su rápida insatisfacción. El sistema consumista nos programa para que consumamos en función de nuestro deseo y no en función del producto en sí.

Nos programa y nos programamos, como en el consumismo infantil: la cantidad de regalos por Navidad premia el consumo de juguetes sobre el valor de los juguetes. Un exceso de regalos traslada la ilusión sobre el contenido de unos pocos paquetes a la avidez por desenvolver una gran cantidad. La durabilidad de un juguete cada vez es más efímera. También se recalca la capacidad de adquisición (a través de los padres) como rango social: padres que impelen a sus hijos a que pregunten a otros niños (amigos, primos) “y, a ti, ¿qué te han regalado?”, y confronten los catálogos de lo obtenido de unos respecto a otros. Olvidando, también, que la dificultad para obtener algo, el esfuerzo, aumenta considerablemente la satisfacción y la durabilidad de esta.

Y, todo lo anterior, se extiende a otras facetas de la vida, donde prima el consumo de lo efímero por encima de la durabilidad: la música que ya no se posee (del disco al CD, del CD al MP3, de éste a la nube) sino que se consume efímeramente; el pensamiento, que es un “twit” fugaz; la información en la prensa digital, cambiante a lo largo de las horas de un día; lo perecedero de los mensajes políticos, sin programas a medio o largo plazo…

Sí, la política también ha aceptado el procedimiento consumista, basado en lo efímero. Los programas electorales tienen poca relevancia, e incluso son innecesarios para los nuevos partidos. No ya de cara a los votantes (pues sería arriesgado afirmar que antaño se los leían) sino de cara a los medios de información y los propios rivales políticos. Todo mensaje se lanza a sabiendas que será efímero, haciendo de la anécdota un todo cambiante que se lleva la corriente y ante el cual no se exigirán responsabilidades ni efectividad. Este torrente, la sobrexposición continua de sucesos, permite que las élites y clases dirigente sorteen la responsabilidad respecto a la sociedad mientras se blindan, ellas sí, su futuro: puertas giratorias, puestos honoríficos en el Senado o Parlamento Europeo, etcétera.

Esto permite que los electos, de una manera efectiva, solamente sean responsables respecto al poder económico (puertas giratorias) y los partidos (los cargos honoríficos) cuya dependencia del sistema financiero es cada vez mayor. La continua campaña electoral que nos ha propiciado estos últimos años, nos permite preguntarnos cuántas propuestas de futuro se han hecho, cómo han sido argumentadas. La reivindicación catalana ha servido para ocultar la ausencia de propuestas, pero no se engañen, esta reivindicación no obliga a no debatir sobre nada más: si no se ha hecho es porque no hay la intención. Además, tampoco han avanzado ni un milímetro en la solución de esta reivindicación (¿por qué será?).

En caso de ser cierto que, de las múltiples facetas que conforman la identidad del individuo, el trabajo va perdiendo su capacidad de contribuir a esta identidad, hay que prever cómo va a rellenarse este vacío. Opino que el auge de los nacionalismos está relacionado, y no me refiero simplemente al hecho del uso de símbolos, o al conflicto con la reivindicación catalana. Por ejemplo, que la industria armamentística española produzca para Arabia Saudí y que esta haga un uso fuera del mínimo respeto a los Derechos Humanos, no supuso un quebradero de cabeza excesivo para el PSOE. Aparte de mostrarnos el poder de esta industria, quedó claro que la relevancia radicaba en el hecho que los trabajadores de Navantia eran españoles. Esto, también es nacionalismo.

Y no hay que olvidar que las capas sociales que aspiran a puestos de trabajo poco cualificado, no necesitan una garantía sobre los méritos individuales, pero sí les es una amenaza el aumento de la inmigración: el inmigrante se conformará antes con peores condiciones de trabajo. Mucho alimento de la ultraderecha proviene de estas capas mediante promesas de “seguridad laboral”, usualmente basadas en el nacionalismo (éxitos de los Le Pen en Francia y de Trump en USA gracias al voto obrero). Una ultraderecha y neoliberalismo que, de hecho, protege las élites. Los que quedan al albur de los vientos son los jóvenes de clase media, tanto los hijos de esta como los hijos de clase obrera que ascendieron un peldaño. También los de clase media-alta que lo han descendido.

La democracia ha sido un garante de la reivindicación de la libertad, la igualdad y el bien común y la dignidad (fraternidad). Los totalitarismos siempre se habían ligado a las dictaduras, pues los sistemas democráticos no eran útiles para llevar a cabo sus propósitos. El peligro actual reside, como un servidor opina que se va viendo, que los totalitarismos sean capaces de ir falcando los pies en los sistemas democráticos, paulatinamente y “siendo percibidos como democráticos”. El consumismo desenfrenado es lo que permite que se conviva con esta contradicción.

Salvando las diferencias sociales por el paso del tiempo, si la democracia moderna nace del binomio Revolución Francesa e Independencia Americana, el origen es la comunidad de individuos que disponían de un valor como productores, en sí mismos y colectivamente, y que comportaba una paulatina reivindicación de derechos. Esa relación entre democracia y trabajo no evitó un paralelismo desigual entre la evolución y expansión de la democracia y la expansión y evolución del mercado: el mercado se fue distanciando por encima de la democracia, y fue el lugar donde se afianzaron las élites del poder.

Tal vez, el ligar los destinos del sistema democrático y sus reivindicaciones al sistema de mercado, una vez el mercado se globaliza y queda fuera del control del sistema democrático, causa que éste último se debilite. Incluso podríamos relacionarlo con el auge de China, donde el sistema de mercado ya está escindido del sistema democrático (por ser este inexistente). Pero, hoy en día, al individualizarse el valor de la persona, al ser el individuo mero consumidor, somos pequeños satélites orbitando alrededor del deseo que lanza el mercado, y los derechos colectivos pasan a un segundo rango si no afectan en primerísima persona.

Regresando a los jóvenes, si bien antaño la persona podía ser (o no) explotada al entrar en el mercado laboral, hoy en día, al pasar del sistema capitalista al consumista, el trabajo no es una condición indispensable para ser explotado. Uno puede ser explotado como consumidor. Es decir, el triunfo del consumismo extremo es que la persona ya se explota a sí misma. Y, para aquél con insuficiencias de poder adquisitivo para hacerlo, el sistema impone una herramienta formidable: el crédito, es decir, la deuda; la cual se pretende que sea continua. No se trata ya de endeudarse para capitalizar, sino para consumir, con la ventaja que el consumo es infinito. Sin olvidar que, en cierta manera, la deuda de los ciudadanos implica la deuda del Estado: estos están doblemente endeudados y el poder financiero (al que sí se rescata) se frota las manos.

Lo anterior es más fácil de aceptar por la sociedad consumista: si una acumulación de capital por parte de las élites podía producir tensiones sociales, esto se amortigua mediante un consumismo que otorga una “sensación de redistribución” que contenta las masas. Un ejemplo, sería el fenómeno Airbnb, que permite la acumulación de propiedades de las ciudades para una élite financiera (sean empresas o personas), pero que su “uso de consumo” abierto a la masa, da esa “sensación de retribución” que oculta el acaparamiento de pisos. En cierto modo, uno puede creer que dispone del uso de un piso en Sevilla, Paris o Dubrovnik. El loft en Manhattan ya es posible.

El colapso del sistema financiero en la anterior crisis y la necesidad de inyectar miles de millones de euros, dólares y libras en el sector (y a muchas grandes empresas, ni que fuera indirectamente), fue una “subvención a fondo perdido” por parte de los Estados. Eso se hizo con dinero de los ciudadanos, sin embargo, tal escándalo ético no supuso un cuestionamiento práctico sobre la efectividad de este Sistema. De hecho, salvo protestas “efímeras”, las poblaciones de todos esos países lo aceptaron con pasmosa facilidad. ¿Alguien ha sumado las ayudas públicas al sector financiero y grandes empresas de todos esos Estados juntos? La cifra resultante debe ser impresionante… si es posible calcularla. El triunfo fue que no afectase gravemente al consumo de las gentes, que pudiesen continuar consumiendo.

Los jóvenes pueden encontrarse con lo siguiente: antaño uno era útil para el sistema como trabajador, hoy no. Aquel sistema, mediante el Estado, se preocupaba de proporcionar trabajadores útiles al mercado. Pero hoy, esto, ya no es indispensable. El mercado necesita más consumidores que trabajadores. Es más necesaria, para la supervivencia de un sistema consumista, un consumidor útil que un trabajador útil. En el caso que, para la propia dignidad de la persona, sea necesario sentirse útil en lo que uno hace y aporta a los demás (mediante el trabajo), la inutilidad de la vida laboral en un sentido emocional, es un menoscabo de su dignidad.

¿Puede, el consumo, suplir la insuficiencia de utilidad laboral? Si se acepta esto, el Estado del Bienestar va a pasar de preocuparse de que el individuo tenga un trabajo que le permita realizarse como persona, a que disponga de una capacidad de consumo mediante la cual realizarse. Y no es lo mismo. ¿Comportará una necesidad de quitarle relevancia al trabajo una vez advertida la imposibilidad de proporcionarlo para todos? E ir reemplazando el consumismo como fuente de dignidad, pues alguien sin trabajo (aunque sea mediante subsidios financieros, del Estado o la familia) puede continuar siendo consumidor. Esto comportaría, también, que, en la libertad de elección, cobrase preeminencia la libertad de consumo por encima de la libertad de elegir un trabajo, cerrando un círculo perfecto (para el mercado).

Pero que el trabajo sea fuente de dignidad comporta cuestionar y defender los derechos de los trabajadores (lucha que se extiende a tantos otros derechos), mientras que la dignidad en el consumir no compete sino al individuo que pueda hacerlo, sin relación alguna con otra serie de derechos. ¿Potencia, esto, el resurgimiento de ideologías totalitarias? ¿Incluso entre clases obreras o llamadas “bajas”? La implicación de ello en la política, una vez se acepta que la democracia no es un medio para mejorar la vida de la sociedad (los individuos) sino un fin en sí mismo (“somos democráticos” y ya está) lastra la misma política: el objetivo de ésta es eminentemente económico con la intención de proteger la capacidad de consumo de las gentes, por encima de derechos menos útiles a tal efecto (libertad de expresión, de manifestación, de decisión o de disponer de alternativas e, incluso, de desobediencia).

Esto significaría que, el poder de los individuos (cuya expresión sería el voto democrático influyendo en la política) es cada vez más ineficaz, pues el sistema consumista se va alejando de la política. El poder, cada vez más, radica en esferas lejanas a los Estados Nación, pero no por ello más cercanas a los ciudadanos, sino todo lo contrario. El acto democrático podría convertirse en el mero hecho de decirnos que “vivimos en un Estado democrático”, sin más implicaciones que la denominación misma. Fíjense como, el Estado Español, frente al pulso soberanista catalán, solo hace que recorrer Europa repitiendo que «España es plenamente democrática”, sin pararse a cuestionar las implicaciones que ello debe tener: derecho a la libertad de expresión, a la desobediencia pacífica e, incluso, a la disidencia.

El sistema capitalista basado en la mano de obra o en la mente del trabajador, comportaba una autorregulación garantista para este: al mismo sistema le interesaba proteger y dar garantías de dignidad al individuo (una mínima sanidad, formación, pensiones en el futuro, etcétera). Sin embargo, para un sistema eminentemente consumista, esto ya no es necesario, sino todo lo contrario: la tendencia es privatizar, paulatina e indoloramente, sanidad, formación, planes de pensiones, para ir convirtiendo las garantías en productos de consumo. Si, por ejemplo, en un futuro, el sistema Airbnb se extendiera a todo el uso inmobiliario, la vivienda también pasaría a ser un producto de consumo. No creo que esto sea ciencia ficción. Tal vez, incluso, se llegase al extremo que un puesto de trabajo también fuera un producto de consumo, que uno pagara por su uso.

En esta nueva sociedad, ya solo quedaría una garantía para aquellos que no forman parte de las élites: ofrecerse, desesperadamente, al sistema como meros productos de consumo. Una vida indigna y deshumanizada a la cual se habría llegado “democráticamente” gracias a la pasividad de los, antaño, llamados individuos, hoy meros consumidores. Los partidos políticos, presos del círculo vicioso del sistema consumista, cada vez son menos eficaces, algo muy peligroso para la democracia. La ineficacia de los Estados Nación en un mundo globalizado que controla el mercado, es cada vez más débil. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en la lucha contra el cambio climático.

Los jóvenes podrían crear sistemas o canales de influencia que, siendo democráticos y representativos, fueran más allá de votar cada cuatro años los parlamentarios de sus propios países o de Europa. Es pertinente, por tanto, otro tipo de movilización representativa. Curiosamente, este mismo sistema, nos ha proporcionado muchas herramientas. ¿Serán, los jóvenes, capaces de aprovecharlas dándole una nueva utilidad a la democracia? ¿Encontrarán un resquicio para salirse del círculo vicioso de este sistema consumista? ¿O se quedarán estancados en el “selfie”? Dada nuestra ineficacia, el futuro de los jóvenes depende de ellos mismos más que nunca.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

1 Comentario

  1. como el comunismo cobra sentido a raiz d la urgente situacion economica ,
    la Ue del PP, aventa el fascismo qe crea partidos ultras, cn racismo provocado por exodos creados por guerras-USA y la explotacion d las multinacionales UE-USA, amigas de la derecha en tol mundo ,
    incluido el PP$:€ , el cual puede desmontar a vx condenando el franquismo ahora qe hay mayoria y no lo hace pqe le lava y da voto util creado tbn por la 6TV…

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