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José María Aznar, el “falangista independiente” que dudaba de la Constitución

Mariano Sánchez Soler rescata en su libro ‘Los ricos de Franco’ los textos de juventud en los que el ex presidente del Gobierno ponía en cuestión que la Carta Magna pudiera garantizar la economía de mercado, la educación privada, el derecho a la vida y la unidad de España

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“En la Administración central del Estado y en la dirección del PP se han repetido durante años los apellidos del altos cargos franquistas, ilustres progenitores: Manuel Fraga, Robles Piquer, Garrigues, Dancausa, Ruiz-Gallardón, González-Bueno, Cabanillas… También destacan vástagos de raigambre judicial como Mariano Rajoy, o de larga tradición empresarial franquista como Rato, tan poderoso otrora. Y con ellos, resuenan los ecos de una aristocracia secular: Morenés, Aguirre de Cárcer, Fernández-Villaverde, Urquijo, Vaca de Osma, Gutiérrez-Solana…” Así de contundente se muestra el escritor Mariano Sánchez Soler, que en su último libro Los ricos de Franco, profundiza en las raíces de las grandes estirpes familiares del franquismo y cómo han medrado también en estos 40 años de democracia.

“En el staff del Partido Popular y de sus cargos públicos se han perfilado los nuevos rostros de una vieja estirpe. En ellos se personifica el relevo generacional de la derecha tradicional española. Se han puesto al día. Dicho en palabras de José María Aznar: Nosotros no tuvimos responsabilidades en la Transición, somos hijos de la democracia”, asegura el ensayista alicantino.

¿Y qué hacían estos “hijos de la democracia” mientras el franquismo agonizaba y la oposición se batía el cobre? La respuesta es simple y la ofreció el propio Aznar ante las cámaras de televisión en el vigésimo quinto aniversario del 20-N: “Estudiar, como cualquier joven”. Tras cursar preuniversitario, el estudiante José María Aznar López salió del selecto Colegio de El Pilar y comenzó la carrera de Derecho en una convulsa Universidad Complutense, donde miles de jóvenes “perdían el tiempo” con la actividad política antifranquista. “Se estaban viviendo los años más críticos de la dictadura, pero el impasible Aznar se limitaba a estudiar con ahínco; nada de ideologías o de política, según ha repetido hasta la saciedad. Sin embargo, desde niños fueron formados y educados profundamente en la ideología ultraconservadora del franquismo. Así de simple. Y Aznar es su mejor ejemplo”, explica Sánchez Soler.

Asiduo lector de la revista falangista SP, el joven estudiante de sexto de bachillerato José María Aznar López remitió en 1969 una carta a este semanario en la que, para polemizar con un tal Ildefonso Martínez, escribió: “Cuando a las manos de un joven como yo −16 años− llega un ejemplar de las Obras completas de José Antonio y, como tal, siente la imperiosa necesidad de hacer rápidamente algo útil, a este joven se le presentan dos posibles caminos. El primero consiste en llevar una vida cómoda, fácil y sin complicaciones, alistado o apuntado en una organización del Movimiento. En el segundo, se trata de tomar una decisión tan compleja como costosa. Es la de militar al lado de los falangistas independientes, como el señor Martínez los llama”.

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Y añade que los falangistas “independientes” como él “son, por más que les pese a algunos, la auténtica encarnación del pensamiento joseantoniano, que no es precisamente el del Movimiento”, para concluir:

“Los jóvenes falangistas están cansados de dar y no recibir; están cansados de escuchar promesas y recibir fracasos; están cansados de escuchar bonitos discursos que solo sirven para crear más confusionismo del que ya hay, para crear el verdadero rostro de quienes los pronuncian. Ellos cortaron por lo sano e hicieron bien. Ellos están empezando otra vez de cero la obra que José Antonio planeó y que España espera. Yo, como joven, y habiéndome llegado un ejemplar de las Obras completas, ya he tomado mi decisión, que usted ya habrá adivinado”.

“Décadas más tarde, en su lucha por el poder político, Aznar llegó a afirmar también que ningún dirigente del Partido Popular había tenido responsabilidades en la Transición. De alguna manera es cierto, estuvieron enfrentados a ella. Siempre bajo el manto protector de un gran amigo de su abuelo llamado Manuel Fraga, el futuro delfín fue muy crítico con el consenso, con la elaboración de la Constitución y con el papel del Parlamento en sus años más difíciles”, asegura el escritor.

Diez años después de su declaración de fe falangista, José María Aznar publicó entre febrero y septiembre de 1979 siete artículos de opinión en el periódico La Nueva Rioja, de Logroño, ciudad a la que había sido destinado como inspector de Hacienda. El futuro presidente del Gobierno arremetió contra el consenso con afirmaciones como estas:

“Han pasado dos años de política llamada de consenso para que nuestra productividad sea la más baja de Europa” (18 de febrero).

“El consenso ha provocado un efecto fulminante cual es el de la desconfianza de una enorme masa de españoles en el buen funcionamiento del sistema democrático, que quedó palpablemente demostrado en el elevadísimo índice de abstención que se produjo en el pasado referéndum” (23 de febrero).

A pesar de que su mentor Fraga era uno de los padres redactores del texto constitucional, el 30 de diciembre de 1979, en un artículo titulado Hablar claro, Aznar escribió:

“Tal como está redactada la Constitución, los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o, por el contrario, va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras y socializantes; si vamos a poder escoger libremente la enseñanza que queremos dar a nuestros hijos o nos encaminamos hacia la escuela única; si el derecho a la vida va a ser eficazmente protegido; si el desarrollo de las autonomías va a realizarse con criterios de unidad y solidaridad, o prevalecerán las tendencias gravemente disolventes agazapadas en el término nacionalidades. Que nuestra democracia tiene graves defectos y fallos es un hecho evidente: unos sancionados por una Constitución demasiado ambigua y otros por reiteradas prácticas viciosas de lo que, al modo occidental, se entiende por política democrática. Algunos tienen, y pronto lo tendrán otros, su autonomía. Nacidas en circunstancias trágicas algunas, otras nacidas con tranquilidad, pero todas alarmantemente confusas y utilizadas con abundante demagogia. Sin duda, este es el principal problema de España en estos momentos, y no por otra cosa, sino porque el ser y la concepción misma de España están en juego”.

Sánchez Soler concluye que “después del pacto de silencio sellado durante la Transición por sus antecesores, para los últimos dirigentes de la derecha española ya no se trata tan solo de perder voluntariamente la memoria y pasar página. Adentrados en el siglo XXI, quieren poner de moda la ausencia del pasado. Surgir de la nada. La simulación total. Legitimarse a sí mismos sin necesidad de pactos ni consensos. Y, de este modo, si no se tiene pasado, tampoco es necesario esforzarse en explicarlo. ¿Tabla rasa? Como escribió Auguste Comte, muchas veces los muertos nos gobiernan con sus ideas. Incluso cuando nos juran que no las tienen”.

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