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Javier Perote, España y el Sáhara

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Hace algo más de un mes que, con más de 89 años a sus espaldas, tras una vida diciendo verdades incómodas y no por ello dejando de hacer amigos, se nos fue un hombre bueno, el coronel de Infantería Javier Perote Pellón. Había dado instrucciones a sus familiares para que cuando estuviese en el tanatorio de cuerpo presente, lo fuera asiendo la bandera española con una mano y la de la República Arabe Saharaui Democrática (RASD) con la otra. Y para que en la esquela en que se comunicase su fallecimiento y funeral, además de aludirse a su rango militar, se recordase su condición de ‘Hermano del Pueblo Saharaui’, ya que hace unos años sus autoridades le habían concedido simbólicamente la nacionalidad de la RASD. El pasado sábado, mientras tenía lugar en el centro de Madrid la manifestación anual en demanda de justicia en el Sáhara Occidental a la que nunca faltaba, aunque tuviera que ir, como la última vez, en silla de ruedas, algunos de quienes le conocimos y fuimos sus amigos intentamos rendirle homenaje lo mejor que pudimos o supimos. Y ojalá que sirvan también a ese propósito estas líneas.

Creo que la primera vez que vi a Javier e intercambié con él unas palabras fue hacia el final del segundo mandato como presidente del Gobierno de José María Aznar, en alguna rueda de prensa de Brahim Gali, cuando era delegado saharaui en España, en la sede de la Coordinadora de Asociaciones de la calle del Pez. Había acudido allí como asistente espontáneo, tal como hacía siempre con casi todo en la vida, y como sabía del conflicto mucho más que todos los periodistas que estábamos allí juntos, no se limitó a ser un oyente y fue el más incisivo e incómodo de los presentes con sus preguntas al hoy flamante presidente de la República Arabe Saharaui Democrática.

Porque Javier Perote nunca se callaba por conveniencia lo que pensaba, siempre lo decía abiertamente, se encontrara entre adversarios o entre afines. Algo que le causó más de una vez problemas en el Ejército, a donde había llegado marcado vocacionalmente por una larga tradición familiar, pero en donde su amor por la libertad le llevó a formar parte, durante la dictadura franquista, de la clandestina Unión Militar Democrática. De lo noble e indómito del espíritu de Javier da fe el hecho, recogido en algún libro, de que al ser ‘cazado’ por sus superiores y ofrecérsele en un interrogatorio limpiar su expediente a cambio de de delatar a sus compañeros, se levantó de la silla que ocupaba y estuvo punto de rompérsela en la cabeza a su interlocutor.

Cuando, andando el tiempo, y ya retirado, militó durante un tiempo en Unión, Progreso y Democracia (UPyD) junto al autor de estas líneas, aquella insobornable espontaneidad falta de cualquier mezquino cálculo de conveniencia al expresar sus opiniones volvería a causarle algún que otro contratiempo. No sería la única persona que en aquellos años se acercó a la formación magenta por su firme y radical defensa de la causa saharaui, rompedora de esquemas y exponente de que aquello no solo era totalmente compatible con la defensa de la unidad de España sino que debía estar en la base de cualquier política exterior digna. Y de que lejos de ser la ‘matraquilla’ propia de la izquierda radical a la que muchas veces se sigue pretendiendo tópicamente reducir, la cuestión del Sáhara Occidental no es sólo una cuestión humanitaria, sino también un asunto de Estado, de justicia y de dignidad nacional. Algo que no solo no debe ser políticamente marginal sino ampliamente transversal. Y que, por supuesto, no debería ser nunca patrimonializado ni por la izquierda ni por la derecha. Aunque a veces resulte más penoso aún que contemplar cómo ciertos sectores de la izquierda pretenden patrimonializarlo, el ver cómo la derecha lo permite, al desentenderse del asunto por ignorancia, zafiedad o mala conciencia histórica.

Y es que, efectivamente, Javier podía resultar incómodo para algunos asistentes a las manifestaciones prosaharauis, cuando entre la pléyade de banderas republicanas, comunistas o independentistas de algunas nacionalidades de España que suelen conformar su paisaje, él se presentaba allí portando con toda naturalidad y sin alarde alguno nuestra vigente bandera constitucional. Un gesto que provocaría más de una incidente aislado entre aquellos a quienes costaba asociar la bandera rojigualda, por constitucional que fuese, con la causa saharaui, pero que en donde debe inscribirse es dentro de ese relato rompedor de moldes y clichés respecto al Sáhara que a quien más ha preocupado siempre es a Marruecos, no vaya a ser que la costumbre se extienda y la causa saharaui empiece a ser defendida por sectores de la sociedad española que, en líneas generales, le han sido indiferentes, cuando no hostiles.

Porque también, y sobre todo, Javier rompía con el estereotipo del militar destinado en el Sáhara que, pese a la vergüenza que para la mayoría supuso lo indigno de aquel abandono de 1975, o precisamente a causa de ello, prefirió olvidar y mirar para otro lado, enterrando en lo más profundo de su conciencia las responsabilidades de España. Una actitud que, retroalimentada por  los anteriormente mencionados moldes y clichés, se hizo extensiva desde el inicio de la Transición, de modo bastante general, a la derecha sociológica española, a diferencia de lo sucedido, por ejemplo, en Portugal respecto a su responsabilidad en Timor Oriental. Una forma de lavar la mala conciencia consistente en ver pajas en ojos ajenos obviando las vigas en los propios, mediante el tan manido como cínico, injusto y falaz recurso argumental de que “ya que querían que España se fuera, se merecen lo que les pasó”. En vez de, como debe hacerse cuando se tiene mala conciencia de algo, ser capaz de asumir los errores y responsabilidades propias.

Me consta que Javier no podía con aquella actitud que con frecuencia veía en sus compañeros de armas. También que era consciente de que aunque no fuese ni el único ni el primer oficial del Ejército español en defender en democracia la causa del Sáhara -había recogido, en cierto modo, el testigo de su amigo José Ramón Diego Aguirre-, a veces incomodaba a sus compañeros cuando en determinados foros, como el Casino Militar, defendía abiertamente su postura. “Creo que la mayoría me aprecia, pero a veces también siento que me consideran un bicho raro”, me dijo alguna vez en confianza. Algo que en nuestras conversaciones casi siempre nos conducía a preguntarnos por los motivos por los que las asociaciones prosaharauis no tenían más relación con el colectivo de exmilitares españoles en el Sáhara, así como por si el marcado sesgo izquierdista de las primeras, dado la ideología postfranquista mayoritaria de los segundos, había ahuyentado a estos y constituido, durante todos estos años, una rémora para su acercamiento.

Ojalá que el recuerdo de alguien como Javier, rompedor de tantos clichés y estereotipos, sirva en el futuro al movimiento prosaharaui en España para tomar conciencia de la necesidad de adquirir un carácter más transversal si quiere cumplir mejor con su función. Y que el colectivo castrense del que formaba parte sea capaz de afrontar alguna vez de modo más valiente la memoria de aquel tiempo, asumiendo los errores y responsabilidades de España tanto durante el periodo de colonización como en aquel indigno de abandono del que la mayoría se avergüenza y del que el Ejército fue mero instrumento.

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