La vida en el Afganistán de hace más de 2.000 años. Los pastunes y su código ético        

Quisiera comenzar hablando sobre el llamado «burkini». Se trata de una simple opinión (ni siquiera defiendo una posición clara, más allá de la defensa a ultranza de la libertad individual y de la democracia), más aún cuando se habla de temas tan complejos como los que hay detrás de una polémica, en apariencia, tan intrascendente. En primer lugar, la elección-deliberada o no- del término «burkini” vicia de raíz el debate porque de inmediato asociamos la prenda al burka, verdadero símbolo de opresión para la mujer. Para hablar del burka debemos citar a los pastunes, grupo etnolingüístico cuyos orígenes datan del siglo II a.C.

En la actualidad, son unos 50 millones de personas que viven, principalmente, en Afganistán y Pakistán. Esta etnia adolece de un fortísimo carácter patriarcal y para ellos la mujer es simplemente una propiedad del hombre. Los pastunes poseen un rígido código ético, el pashtunwali, muy anterior al Islam y a la sharia (cuerpo del derecho islámico), que se rige por diez principios fundamentales. Uno de esos principios es el namus, un precepto que hace referencia al honor de las mujeres y a su protección física. En virtud de este principio, los pastunes, desde épocas muy anteriores al Islam, adoptaron el burka como indumentaria habitual para ellas. Esta tradición se mantuvo, principalmente, en aquellas aldeas que no tenían contacto con otras culturas, algo normal, dado que los pastunes siempre han vivido en áreas remotas, muy alejadas de la costa y de las rutas comerciales.

Como es natural, la islamización de las regiones pastunes no eliminó su código ético, que se fusionó con los preceptos coránicos y que, con el tiempo, se impuso al propio Corán, el cual fue interpretado en lo que a la mujer se refiere según el namus y el tradicional patriarcado, que afirmaban que para proteger a una mujer era imprescindible ocultarla de las miradas de los hombres que no pertenecían a su familia. Tristemente, muchos ulemas ( doctores de la ley islámica) ajenos a los pastunes encontraron en el namus ,ya socialmente adaptado al Islam, una forma de interpretación patriarcal y radical del Corán con el fin de aumentar su brutal control sobre la mujer.

Carácter práctico de la utilización del velo integral en los desiertos   

En segundo lugar, el origen del burka y del niqab (la prenda que tapa todo el cuerpo permitiendo una pequeña ranura de unos tres centímetros a la altura de los ojos) es preislámico. Son prendas utilizadas desde tiempos inmemoriales hasta hoy tanto por hombres como por mujeres para protegerse del sol y de la abrasión producida por las terribles tormentas de arena en el desierto. Su origen, por tanto, nada tiene que ver con la actual opresión de la mujer en algunos países musulmanes. Aparte de esta cuestión, prendas similares al burka fueron utilizadas miles de años atrás con el fin de proteger a las mujeres más jóvenes cuando las tribus que vivían en los desiertos eran asaltadas. En los ataques, era frecuente el secuestro de las mujeres en edad de procrear. Desde esta perspectiva, las mujeres ancianas y las niñas no eran objeto de interés. El burka impedía diferenciar a las jóvenes de las mujeres mayores y de las menores, lo cual era una forma de dificultar el rapto a los asaltantes. Por este motivo, probablemente, los burkas y los niqabs se hicieron comunes entre las prendas utilizadas por las tribus nómadas persas desde el siglo VI a.C.

Reaparición del burka en Afganistán en el siglo XX

El burka aparece de nuevo en Afganistán a comienzos del siglo XX cuando Habibullah Khan, emir-monarca del país, decidió cubrir a las 200 mujeres de su harén para «protegerlas» de las miradas de otros hombres. No obstante, el burka de estas mujeres nada tenía que ver con los burkas que habitualmente vemos en los periódicos y en la televisión. La prenda en cuestión estaba confeccionada con hilos de oro, plata y pedrería. Rápidamente, las clases altas de Afganistán encontraron en el burka un elemento distintivo de su clase y comenzaron a cubrir a sus mujeres de la misma forma con el fin de emular a su monarca. Ya decía Erich Fromm que «Las clases medias y bajas tienden a imitar a las clases dominantes». En los años cincuenta, la práctica era normal entre las clases acomodadas de Afganistán, y las clases medias y bajas comenzaron también a obligar a sus mujeres a vestirse con el burka, de manera que en los años setenta del siglo XX esta prenda ya era la ropa habitual entre las afganas de etnia pastún (aproximadamente el 40% de la población del país), aunque no en las mujeres pertenecientes a las otras tribus.

En septiembre de 1996, los talibanes toman el poder en Afganistán conquistando la capital, Kabul. En ese momento, las mujeres no pastunes formaban el 60% del profesorado universitario y el 40% del alumnado. Había cientos de miles de funcionarias, abogadas, jueces y fiscales, arquitectas, ingenieras, médicas, etcétera. Todas fueron obligadas a abandonar sus estudios y sus trabajos. También se les impuso el uso del burka. Antes de la era talibán, la vestimenta de las habitantes de Kabul era similar a la de cualquier capital europea. Según Save the Children, 50 mujeres mueren cada día en Afganistán al dar a luz; una de cada tres sufre toda clase de abusos físicos y sexuales y su esperanza de vida es de apenas 44 años; más del 85% de las afganas son analfabetas. El futuro próximo es desalentador porque el 70% de las menores en edad escolar no van a la escuela, las razones son diversas: muchas de ellas pertenecen a familias conservadoras, no quieren asistir a las aulas por temor a los talibanes (que siguen atentando en diferentes áreas del país), o tienen dificultades de transporte para llegar a un centro escolar.

Las jóvenes y adolescentes carecen de libertad para elegir marido, y alrededor de un 60% de las niñas son obligadas a casarse antes de cumplir los 16 años. En estos matrimonios pactados, el hombre paga a la familia de la mujer entre 5.000 y 6.000 euros en un país donde el sueldo medio de un funcionario asciende a 150 euros. Así, la mujer afgana se convierte en una mera pertenencia del varón. Se calcula que el 80% de las afganas sufre violencia doméstica. El divorcio es un estigma social, las pocas mujeres que se atreven a dar ese paso podrán entrar en una casa de acogida (cuyo número en el país es claramente insuficiente), pero no podrán salir de ella hasta que no sean aceptadas de nuevo en el hogar familiar o hasta que decidan casarse nuevamente, la razón es que las mujeres no pueden vivir solas. En caso de que la pareja tenga hijos, la custodia pertenece siempre al varón en este país de primitivas tradiciones. A menudo, las mujeres que denuncian una violación también son violadas por la propia policía. No se dispone de datos exactos porque la violación constituye una vergüenza social, lo cual hace que las familias lo oculten y no denuncien. En muchas áreas del país, las mujeres no pueden trabajar sin el permiso del marido, de manera que a las viudas sólo les queda el recurso de mendigar.

Pese a la caída del régimen talibán tras la invasión estadounidense de 2001, una vez examinados todos los indicadores se puede afirmar que Afganistán continúa siendo el peor país del mundo para la mujer. Desde este punto de vista, el movimiento talibán reforzó el trato inhumano hacia las mujeres hasta convertirlo en parte del modo de vida afgano. Ellas asumen con resignación desde niñas que apenas podrán tener algún control sobre sus vidas.

El Gobierno de George Bush encontró una magnífica excusa para invadir Afganistán en el hecho de derribar un régimen misógino y criminal como el talibán, que había colaborado, además, con los terroristas de Al-Qaeda. Desde este punto de vista, el hecho de otorgar la libertad y la democracia al pueblo afgano parecía justificar por sí misma la invasión de EE. UU., pero la situación de la mujer apenas mejoró tras la caída de los talibanes. Los llamados señores de la guerra, un grupo de criminales provenientes de los muyahidines (guerrilleros afganos con un fortísimo componente de extremismo religioso musulmán) y del antiguo ejército regular controlan amplias zonas del país al mando de milicias fuertemente armadas. Los señores de la guerra dirigen el tráfico de drogas y se dedican a toda clase de actividades delictivas. Pese a los informes de varias organizaciones para la defensa de los derechos humanos, varios de ellos consiguieron presentarse a las elecciones presidenciales de 2014 porque el Parlamento afgano aprobó una Ley de Amnistía en 2007. Al obtener representación política han tenido acceso a los inmensos recursos procedentes de las donaciones de la comunidad internacional, que deberían haber sido destinados al sistema educativo, a la reconstrucción del país y a mejorar la insuficiente infraestructura sanitaria. Este dinero ha sido robado por estos delincuentes que han visto como su poder se institucionalizaba gracias a la citada Ley de Amnistía. Incluso el propio Hamid Karzai, presidente del país entre 2001 y 2014, nombró vicepresidentes a dos señores de la guerra, Khalili y Mohammad Qasim Fahim. Su respeto por los derechos humanos de las mujeres y los niños es similar al que tenían los talibanes. Los señores de la guerra que no han conseguido poder político dominan gigantescas regiones de Afganistán porque la presencia policial en el país es mínima.

En cuanto al burka, dudo mucho que ninguna mujer desee llevar esta prenda de forma voluntaria. Lo mismo pienso del niqab, que, como antes comentaba, sólo se diferencia del burka en que es una prenda un poco más holgada y tiene una abertura a la altura de los ojos de entre uno y tres centímetros. Para finalizar, decir que en los años treinta del siglo XX el burka se usaba también en Turquía hasta que Atatürk, fundador de la República de Turquía, decretó el derecho de las mujeres turcas a vestirse de acuerdo a su voluntad. Como era de esperar, el burka comenzó a desaparecer en Turquía de forma paulatina. De nuevo, una interpretación radical y patriarcal del Corán practicada durante los mandatos de Erdogan, todo un ejemplo de gobernante autoritario, ha devuelto los burkas a las calles del país.

Educación patriarcal y velo islámico

En tercer lugar, es verdad que muchas mujeres se han manifestado en algunos países musulmanes en defensa del régimen que las oprime: Irán es un claro ejemplo de ello. Se manifiestan a favor de todo lo que representa la dictadura de los ayatolas (como también hay cientos de miles de mujeres iraníes que se manifiestan en contra), es decir, también defienden el uso del niqab, del chador o del burka. Pero aquí juega un papel decisivo la educación que estas mujeres han recibido. Afirmen lo que afirmen las musulmanas que apoyan el uso de estas prendas, una de las razones para que muchas mujeres decidan vestirse con alguno de los velos «islámicos» (chador, niqab, hiyab o burka) es la propia presión social y familiar que sufren de continuo porque en su círculo más cercano se considera una «buena» musulmana tan solo a la mujer que cumpla con una serie de preceptos entre los cuales está el vestirse con cualquiera de estas ropas. Hay otros factores: no es extraño que la mujer que ha sido educada en un entorno marcadamente patriarcal (no necesariamente musulmán) defienda a sus opresores, entre otras cosas porque no se considera a sí misma como depositaria completa de derechos humanos, sociales, laborales, etcétera; esto es, le han enseñado que el varón, de forma «natural», es quien toma todas las decisiones, entre otras la de que ellas se vistan de esta u otra forma.

La mujer entiende que estas elecciones son las correctas y que la opinión del marido siempre es la idónea, por esta razón no opone resistencia alguna, de hecho, muchas mujeres ni siquiera son capaces de elaborar un pensamiento autónomo y alternativo. Por supuesto que este factor no se da en todos los casos, pero pensar por uno mismo sólo adquiere sentido si la persona en cuestión desea realmente pensar por sí misma. En Occidente y en los países musulmanes hay millones de musulmanas que dependen económicamente de sus maridos, esta dependencia unida a la sumisión «natural» que les han inculcado desde niñas es una peligrosa combinación que hace que muchas de ellas sean simplemente incapaces de plantearse siquiera un cambio en su forma de vida. La opresión puede ser sutil, pero no por ello deja de ser opresión.

También se da el caso de mujeres que visten cualquiera de las prendas sin hacerlo de forma voluntaria, pero no se manifiestan en contra, en ningún caso, porque no desean contravenir todo un sistema patriarcal y opresivo-al que consideran no sólo invencible y omnipresente, sino potencialmente violento y peligroso para ellas-que las rodea en el mundo, familiar, escolar, laboral, vecinal, etcétera. Me pregunto qué herramientas de defensa posee una mujer que por no vestir una prenda determinada sabe que será marginada y expulsada de su entorno social.

Religión y velo islámico. Historia del movimiento wahabí y su expansión en Europa y EE. UU.

En cuarto lugar, he leído multitud de textos de teólogos musulmanes que llegan a las mismas conclusiones: en ningún versículo del Corán hay instrucciones rotundas que obliguen a las mujeres a vestirse de un modo concreto. El libro sagrado de los musulmanes no fija, ni mucho menos, normas rígidas y «eternas», sino una serie de recomendaciones que incitan a una cierta moderación y que se pueden interpretar de diversas formas dependiendo del contexto social donde vivan los musulmanes. ¿Cómo surge, pues, esta polémica alrededor del velo islámico? Es fundamental denunciar el «oficialismo» impuesto por el movimiento wahabí. El wahabismo es la versión más intolerante y severa del Islam, pero lo más grave es que es también la más poderosa porque está respaldada por la financiación de Arabia Saudí. Los propios wahabíes rechazan este término porque ellos se consideran el Islam verdadero, pero los respetados teólogos egipcios de principios del siglo XX estuvieron a un paso de declarar el wahabismo como secta hereje del Islam. La secta wahabí nace hacia 1745 en Arabia Central de la mano del clérigo Abd al Wahab.

El wahabismo condenaba y perseguía con particular inquina el consumo de vino y tabaco, el juego, la ostentación económica y la veneración de cualquier santuario a excepción de la Caaba. El movimiento implantó unas normas sociales y sexuales de un rigor hasta entonces desconocido en el mundo musulmán. Desde sus comienzos, la secta fue apoyada por el emir Muhammad bin Saud, al cual promovieron como líder político con el fin de separar Arabia del Imperio Otomano. El wahabismo perdió fuerza durante un breve período de tiempo, fue a finales del siglo XIX, pero resurgió a partir de 1900 cuando Ibn Saud inicia la unificación de la Península Arábiga, proceso que se completó 32 años después. A partir de entonces, el brutal estado teocrático saudí impone su particular visión del Islam: se prohíbe el consumo de alcohol, se impone de forma severa la separación de hombres y mujeres, y se generalizan los castigos corporales incluyendo lapidaciones, mutilaciones y decapitaciones. Las mujeres son sometidas a un riguroso control de su vestimenta y son obligadas a llevar en público el niqab. La dictadura saudí ha financiado la construcción de más de 1.500 mezquitas en el extranjero, 1.200 de las cuales están en Europa o EE. UU., y también la de más de 2.000 centros islámicos. A través de estas mezquitas, el Islam wahabí difunde sus ideas en Europa y abre debates que el Islam nunca habría planteado. El wahabismo se está expandiendo desde finales del siglo XX, principalmente entre los jóvenes de segunda y tercera generación de las comunidades musulmanas que viven en Europa y también entre los conversos al Islam.

Las personas mayores conservan sus creencias suníes o chiíes e insisten en que el Islam que se enseña hoy en las mezquitas financiadas por Arabia Saudí es un Islam con el que no se identifican por su radical interpretación de los textos coránicos. El poder de Arabia Saudí apenas es cuestionado en Occidente porque el reino saudí es el principal importador de armas del mundo y el segundo productor de petróleo. La expansión del wahabismo es tal que su interpretación del Islam prevalece como el «único» Islam para el europeo medio. Lo más peligroso es que incluso los representantes musulmanes en Europa a los que los propios medios de comunicación definen como moderados y que son los que hablan en radio y televisión, suelen estar dentro de la corriente wahabí. Estos representantes también hacen de mediadores con el poder político, razón de más para estar preocupados. Históricamente, no existen ejemplos de países musulmanes en los cuales se hayan aplicado los preceptos religiosos con la dureza empleada por el wahabismo. Por tanto, no estamos ante el Islam «original», como ellos defienden, sino ante una nueva forma de interpretación del Islam, brutal, totalitaria y severa.

El sufismo, la corriente mística del Islam, ha cantado siempre al amor, a la alegría, al vino, al diálogo, a la paz, al conocimiento mutuo, a la tolerancia y al respeto. Todo lo contrario de lo que promueve el wahabismo. Pondré un ejemplo de tolerancia que nada tiene que ver con el integrismo wahabí: en Marruecos existe el haik, una prenda similar al niqab, que las mujeres utilizan con el fin de protegerse del viento y el sol en las zonas más calurosas del país. Las mujeres abandonan esta prenda con total libertad cuando esas circunstancias climáticas no están presentes, por ejemplo, por la noche. Esto constituye un ejemplo de libertad y de flexibilidad. Me gustaría saber cuál sería la reacción del círculo social de las mujeres musulmanas que llevan cualquier clase de velo en Europa si cualquiera de ellas decidiera salir a la calle sin esta prenda. Creo que todos intuimos que sería duramente criticada y muy probablemente, si persiste en su actitud, sería expulsada de su comunidad. El velo, por tanto, no es como un sombrero, una minifalda o unos vaqueros. No es una elección libre porque existe coacción del círculo social.

En los barrios europeos en los que los wahabíes son mayoría (existen muchos guetos en Francia y Bélgica donde los imanes radicales han captado a la mayor parte de los jóvenes varones), imponen su modelo a sus novias y hermanas, y declaran sin rubor que las jóvenes que no llevan velo «son unas putas». Algunas feministas aducen, no sin razón, que la hipersexualizada mujer occidental también tiene sus propias ataduras estéticas, pero creo que los casos no son comparables: ceñirse a unos cánones estéticos como las medidas físicas ideales o someterse a las modas imperantes (llevar minifalda o pantalón vaquero) no es equiparable a la amenaza de marginación y violencia que sufren las mujeres que deciden dejar de llevar velo en Europa o en algunos países musulmanes.

Es cierto que muchas mujeres occidentales se sienten acomplejadas por no cumplir con unos ciertos parámetros de belleza e incluso muchas de ellas han pasado por tratamientos psicológicos a causa de esta cuestión, como también es cierto que la anorexia es, en la mayoría de los casos, una forma de neurosis causada por la presión social. Pero no hay noticias de mujeres europeas que hayan sido encerradas en sus casas por su propia familia debido a su exceso de peso o por negarse a vestir un pantalón vaquero o una minifalda; ninguna ha sido multada, encarcelada, lapidada, quemada viva o asesinada por su marido o hermano, ni tampoco conocemos casos de mujeres que hayan recibido latigazos por no seguir las preferencias estéticas de las mayorías en Barcelona, Londres, París o Roma. No pueden decir lo mismo las musulmanas que han sufrido esos castigos por negarse a llevar alguna de las prendas promovidas por el wahabismo tanto en los guetos musulmanes de Europa como en algunos países musulmanes. Las jóvenes de los barrios franceses o belgas en los que hay una mayoría de población musulmana procedente del Magreb, cuyos líderes varones han sido fanatizados desde su infancia por la ideología wahabí presente en las mezquitas y centros de estudios, no tienen libertad para elegir llevar o no el velo porque en estos barrios la presión social es asfixiante.

El niqab y el burka no son prendas tradicionales musulmanas y sólo las defienden la secta wahabí, la secta de origen indio Yamaat Tabligh-que controla la mitad de las mezquitas de Reino Unido-y los extremistas chiíes procedentes de Irán. Estas ropas, únicamente han estado presentes de forma general en algunos lugares de Afganistán, Arabia Saudí y Yemen, y todo ello por el opresivo patriarcado dominante en estos países. Las madres de la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas de segunda generación que llevan estas prendas en el continente europeo nunca llevaron esas ropas en sus países de origen, en muchos casos ni siquiera el hiyab (el pañuelo que cubre cabello, cuello y parte del pecho). Lo asombroso es que exista un debate así en Europa cuando esta polémica, en virtud del respeto hacia el Islam, ni se plantearía en países musulmanes más laicos como Marruecos, Siria o Turquía donde siempre ha existido libertad para llevar o no el velo.

En la actualidad, atribuirle al hiyab, al niqab, al burka o al chador un valor tradicional o religioso y no una carga ideológica es faltar a la verdad y contribuir a la expansión del wahabismo en el continente. El objetivo final del wahabismo es imponer su totalitarismo religioso por encima de las constituciones y de los diferentes marcos jurídicos de los países en los que viven sus adeptos. Lo contrario del estado laico. Con esto no quiero decir que todas las mujeres que se vistan con el hiyab sean de ideología wahabí, al contrario, por fortuna son muchas las feministas musulmanas que han identificado al patriarcado como su verdadero enemigo y que luchan día a día por una igualdad que no elimine, en absoluto, su carácter musulmán y su devoción religiosa.

Por otro lado, respecto al hiyab, esta prenda sí constituye un signo de identidad étnica y un complemento a la vestimenta de las mujeres kurdas, tayikas, paquistaníes y senegalesas. Los hiyabs que estas mujeres suelen utilizar son extremadamente coloridos, muy alejados del negro del burka, el niqab y el chador, banderas del wahabismo saudí, de la secta Yamaat Tabligh y del islamismo radical iraní. El hiyab es un complemento, como lo fue en el pasado el pañuelo en el pelo utilizado por la mayoría de las campesinas europeas, que lo usaban para secarse el sudor o para protegerse la cabeza del sol.

Pero insisto en que el wahabismo es una versión fanática e integrista del Islam que, parapetada tras una supuesta devoción religiosa, desea imponer en Europa sus normas por encima de la ley. Entre las propuestas más delirantes de los clérigos wahabíes están   la prohibición de que dos adolescentes de diferente sexo se den la mano en clase de deportes o en un taller de teatro; la prohibición de que las niñas y adolescentes participen en las clases de natación; la prohibición de que permanezcan en el aula durante la clase de música cuando se escucha rock y no sinfonías clásicas; la prohibición de que puedan hablar con el director del centro sin la presencia de una profesora; la prohibición de que puedan alzar la voz en presencia de hombres para no despertar su libido (esto es estrictamente cierto y hay estudiantes de la Universidad de El Cairo que tratan de imponer este procedimiento en las aulas), debiendo así escribir sus preguntas; la prohibición de que las camareras de un comedor sirvan con los brazos descubiertos; o la prohibición de que las mujeres puedan mantener reuniones laborales con hombres no musulmanes. El wahabismo también intenta que algunos países de Europa aprueben leyes con el fin de que las piscinas municipales establezcan horarios separados para hombres y mujeres; o para que las mujeres musulmanas sean atendidas en los hospitales por enfermeras y médicas en vez de enfermeros y médicos. El movimiento wahabí recomienda a los musulmanes y musulmanas que eviten a toda costa discotecas, bares y pubs porque en estos lugares se puede beber; y prohíbe también que las mujeres den la mano a los hombres; que se queden a solas con un varón en una habitación (a excepción de sus familiares); o que bailen con chicos. Los imanes radicales, además, aconsejan a las mujeres la obediencia ciega e incondicional hacia sus maridos una vez casadas.

Todas estas normas descabelladas suponen una regresión y provocarían estupor en todas las sociedades musulmanas que no sean Arabia Saudí, Afganistán, Yemen, algunas provincias del norte de Nigeria, Sudán y la región autónoma de Banda Aceh, en Indonesia. Por desgracia, en todas ellas el wahabismo se ha impuesto a la razón y al ser humano. Porque, por supuesto, no se trata únicamente de imponer el velo en cualquiera de sus variantes, una prenda con la que el wahabismo pretende categorizar y humillar a la mujer como un subgénero inferior y dependiente del hombre dominador, se trata también de explicarles a ellas y al mundo que para ellos y su abyecta ideología la mujer carece de capacidad, madurez y entidad para dirigir su propia vida. Mediante la educación, una vez asumida esta falacia por parte de niños y niñas, el wahabismo garantiza la perpetuación del patriarcado.

En conclusión y en palabras de la filósofa francesa Élisabeth Badinter: “Las mujeres han sido instrumentalizadas para convertirse en el estandarte bien visible de la ofensiva integrista”. Nada hay para una tiranía como que el oprimido defienda al opresor, esto confunde y desconcierta al observador crítico. El wahabismo ha sabido utilizar con inteligencia a las mujeres, que defienden con vehemencia sus propias cadenas. Esto es inaudito porque el papel social que el wahabismo otorga a las féminas es siempre el de culpables y causantes de todos los males. Los teólogos wahabíes afirman que «cuando se encuentran un hombre y una mujer solos, el diablo es el tercero». Para estos clérigos, la solución pasa siempre por marginar y castigar a la mujer y no al varón.

Conclusiones

Después de todo lo expuesto, no creo que la prohibición del “burkini” o de cualquier otra prenda sea lo más práctico en la Europa actual. Entre otras cosas porque la marginación a la que se pueden ver abocadas las mujeres musulmanas por causa de estas leyes puede hacer que se refugien aún más en los rasgos más radicales y extremos de su cultura. Es fácilmente entendible que una mujer musulmana se sienta desnuda si es obligada a no vestir el velo que ha formado parte de su indumentaria desde que era niña. Lo más preocupante es que existan guetos en nuestro continente, entre otros motivos porque el expulsar a una mujer musulmana de cualquier ámbito civil por motivos de vestimenta podría provocar el efecto contrario al deseado porque tal vez su única salida, entonces, sería volver al medio familiar y social donde fue criada, es decir, al reducto del patriarcado y el machismo. La solución, como siempre, pasa por una mejora de la educación pública y por aplicar políticas de verdadera integración. También por enfrentar de forma enérgica y decidida el problema del fanatismo wahabí, que no acepta nada que pueda cuestionar sus degradantes principios. Quien esté en Europa ha de cumplir nuestras leyes por encima de cualquier tradición o costumbre, sea esta la que sea.
Para terminar, el término «islamofobia» fue creado en el Irán de los ayatolas en 1979. Era una forma de decirle al mundo «vamos a censurar, encarcelar, torturar y asesinar. Violaremos todos los principios democráticos, y cuando nos critiquéis, diremos que estáis en contra del Islam». Es similar al antisemitismo que denuncian los dirigentes israelíes, hartos de pisotear los derechos humanos de los palestinos cuando alguien decide cuestionar su infame y genocida actitud hacia este pueblo. No nos dejemos engañar: el «oficialismo» wahabí se ha apropiado del discurso del Islam del mismo modo que el franquismo se apropió de la idea de España; de la misma manera que los partidarios de la antigua Herri Batasuna se apropiaron, con la competencia del PNV, del concepto del vasco bueno o malo en virtud de su apoyo o no al nacionalismo radical y totalitario; o del mismo modo que los «verdaderos» catalanes-los nacionalistas excluyentes-se han apropiado de todo lo catalán.

 

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Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es

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