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Isabel III, reina de España por la gracia de Dios

La presidenta de Madrid se permite echarle un pulso a la monarquía española, un caso inédito en 40 años de democracia parlamentaria

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Se llama megalomanía o delirio de grandeza y lleva a quien lo padece a perder el norte, a confundir el sentido de la realidad y a creerse el rey (en este caso reina) del mambo. Isabel D. Ayuso es un caso de manual de megalomanía o frenesí político que induce al paciente a creerse un poder superior no sometido a nada ni a nadie. Por eso hace y dice lo que le viene en gana en cada momento. No es que sea un verso suelto, es que es un poemario entero sobre la vanidad.

Según los tratados de psicología moderna, el megalómano se caracteriza por sufrir fantasías delirantes de poder, relevancia exacerbada, narcisismo, omnipotencia, sentimientos de grandeza desmesurada y una hinchada autoestima sin justificación alguna. Freud atribuía el trastorno megalomaníaco a una reminiscencia de la infancia, cuando el niño se cree un pequeño dictador o dueño de todo y trata de imponer su santa voluntad a los demás. Una vez que nos hacemos mayores, seguimos percibiendo e interpretando la realidad bajo el prisma de nuestra niñez. Es decir, la infancia incompleta se reactiva en la etapa adulta, ya como juego, y cada cual se ve a sí mismo como Napoleón Bonaparte, Peter Pan o Caperucita Roja, según los traumas no resueltos del pasado.

A Isabelita Ayuso, una inmadura política, la han mareado tanto en experimentos políticos de mercadotecnia electoral que ya no se reconoce a sí misma. Entre el jefe Casado, los asesores de Génova 13, las engorrosas circulares trumpistas internas y el Pigmalión MÁR, le han organizado una empanada mental a la muchacha que a estas alturas no sabe si es la presidenta de una región autónoma o Sissi Emperatriz. Le han dicho que es la pera limonera, mucho más que el alcalde Almeida, mucho más que papá Aznar, mucho más que Esperanza Aguirre. Y ella se lo ha creído.

Las elecciones autonómicas que ha ganado de calle se le han debido subir a la cabeza a la trumpita madrileña. Tanto que el cargo empieza a quedársele pequeño y ya piensa a lo grande. ¿Por qué estancarse en la política local cuando una puede llegar a mucho más, a lo más alto, a reina de España, por ejemplo? En las últimas horas se ha permitido el lujo de poner contra las cuerdas a Felipe VI y ya trata al monarca de tú a tú. Su parrafada del domingo en la manifestación de Colón quedará para la historia como el intento de manipulación de la monarquía más descarado en cuarenta años de democracia parlamentaria. “¿Qué va a hacer el rey de España a partir de ahora? ¿Va a firmar esos indultos? ¿Lo van a hacer cómplice de esto?”. Solo le faltó decirle al jefe del Estado: “Ni se le ocurra mover la estilográfica, majestad. Los pájaros indepes deben seguir en la jaula”.

Isabel Ayuso, reina de España

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La insinuación de que Pedro Sánchez está presionando al rey para que firme los papeles con los indultos de los líderes soberanistas exigía una rectificación de toda regla, un reconocimiento del error y una asunción de ignorancia en asuntos constitucionales. Pero lejos de corregir el dislate político (tiempo ha tenido para reflexionar), la mujer ha insistido en la jugada y no solo eso: ha metido a Casado de lleno en el charco al asegurar que el líder del PP también piensa como ella. Tal actitud arrogante y altiva solo puede venir de alguien que sufre el síndrome megalomaníaco, alguien que se siente por encima del bien y del mal y que considera la monarquía como un estorbo, un decorado superficial, cuando no una institución cómplice con los que quieren romper España. Ya no cabe ninguna duda: la Ayuso está pensando en deponer a los borbones y fundar una nueva dinastía. Salve Isabel III, reina de España por la gracia de Dios.

A Isabelita Ayuso, una inmadura política, la han mareado tanto en experimentos políticos de mercadotecnia electoral que ya no se reconoce a sí misma

Ayer mismo, el diario El Mundo, un medio nada sospechoso de rojo comunista, publicaba el malestar de Zarzuela por la salida de tono de la lideresa castiza y recordaba que desde 1978 el rey siempre se ha comportado bajo una máxima constitucional: quedar al margen de la lucha partidista y limitarse al papel meramente formal, o sea firmar los decretos y leyes que le vayan llegando de Moncloa. La noticia de El Mundo es demoledora, en primer lugar porque Casa Real solo sale al paso cuando se trata de asuntos de Estado de la máxima gravedad y después porque la filtración de palacio supone una seria advertencia o tirón de orejas a Ayuso para que deje de practicar la injerencia en los asuntos de palacio. Zarzuela se lo podía haber dicho de otra manera mucho más directa como “bonita métete en tus asuntos”, que es lo que la reina Letizia probablemente le habría espetado en privado, pero ha optado por el tono institucional para rebajar tensiones.

De cualquier manera, la última marcianada trumpista de Ayuso –esta vez poniendo el foco en el rey sin venir a cuento y colocándolo en una situación política embarazosa–, ha levantado ampollas en todos los ámbitos del país. Pedro Sánchez, desde la cumbre de la OTAN, ha calificado de “extraña” la declaración de la presidenta madrileña, como queriendo hacer constar que su comportamiento no es normal. Ciertamente, no puede ser descartada la hipótesis de que algo le hayan podido echar en las cañas a la lideresa castiza en una de sus salidas nocturnas para darse a la “vida a la madrileña”. Últimamente la cosa de la hostelería está fatal, lo vemos en cada programa de Chicote, y cuando uno pide unas croquetas o unos torreznos en una taberna de Villa y Corte se arriesga a que le echen en el plato cualquier porquería, una pizca de burundanga (en lugar de sal) que altera severamente los estados de conciencia. Esa sería una explicación lógica a por qué Ayuso se ha vuelto antimonárquica de la noche a la mañana, e incluso algo republicanota, tal como ha constatado Joan Baldoví, para quien Ayuso está haciendo más por la causa jacobina que el propio Pablo Iglesias que en paz descanse.

Sea como fuere, destacados barones del PP y los propios ultras de Vox se han llevado las manos a la cabeza al comprobar cómo la jefa del Gobierno de Madrid hace de su capa un sayo y se permite chulearle, de tú a tú, a Felipe VI. En realidad, Ayuso hace tiempo que ha adelantado por la derecha a Abascal y ha abrazado los postulados del nuevo Movimiento Nacional, siempre receloso de la monarquía parlamentaria del 78 y más partidario de un régimen nuevo autoritario donde el rey o reina tome partido por los españoles de bien, o sea por una de las dos Españas. Con esa monarquía partidista o partidaria sueña Ayuso, siempre que ella sea la reina del invento, claro está.

Todo lo cual nos lleva a la tesis inicial de esta columna. Ayuso ha caído en una especie de fiebre de megalomanía preocupante que la arrastra a cometer graves errores de cálculo producto de una vanidad potenciada por una corte o camarilla de gurús, asesores, spin doctors, consejeros, pelotas, cobistas, rastreros y lametraserillos que la han encumbrado y animado para que se comporte como Catalina La Grande en un violento choque de trenes con el mismísimo rey de España. Si no la paran a tiempo la coronan mañana mismo entre claveles por la Gran Vía y vinillo de Jerez. Que se anden con ojo en Zarzuela que les levantan la silla. Mejor dicho el trono.

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