Dicen los diccionarios que inveteradas, son aquellas costumbres antiguas y arraigadas. En la sociedad en las que nos movemos podríamos indicar que una de las que reúne estas características es la habilidad de los españoles de no estar conformes nunca con nada. De protestar cuando se nos ofrece una solución. ¡Pero también si la salida es la contraria!

De ahí, viene el refrán que escuchábamos en nuestra niñez sobre el perro del hortelano “ que ni comía ni dejaba comer”.

Viene esto a colación porque en los últimos días se ha recrudecido el debate, dentro de, como señalaba acertadamente el director de El Periódico Extremadura, Antonio Cid de Rivera, el hartazgo de la pandemia, al pronunciarnos de manera contradictoria, una y otra vez.

Pongamos ejemplos recientes. Se habla de la oportunidad, o no, de un confinamiento mucho más severo. Incluso similar al de marzo del pasado año. En ese sentido, se apresuran a opinar muchos indicando la inviabilidad de la propuesta: hay muchos elementos que la determinan, desde la caída definitiva de la economía, hasta la supuesta privación de la libertad individual ( en aquellos que se percatan de ella en momentos donde la colectiva podría ser más importante)…

Argumentos, varios de ellos muy sólidos. Sin embargo que entran en colisión directa con los opuestos: este tipo de confinamientos debería haber sido mucho antes. No tenemos ya remedio. Se puede hacer en una zona y en otra no. Entre semana, unos días sí y otros no…

Y lo que resulta más incisivo. Nos pronunciamos de manera diversa ante un problema común que necesitaría de la unidad de decisiones. De nuevo el estado de las Autonomías queda cuestionado. Ensombrecidos sus enormes avances. Sus ventajas de gestión. Su proximidad al ciudadano.

Son momentos tan cruciales en nuestra Historia que sería el Estado el que tendría que mostrar su capacidad de liderazgo. Si se  hace el gesto de confiar en que cada territorio pueda tomar caminos diferentes, ya que es obvio que la crudeza de la pandemia se aparece de manera asimismo diversa ( pero con la misma tendencia a la demolición), nos parece que un símbolo de retroactividad tendría que ser, aguantar la presión, compartir las iniciativas en una mesa común y respetar que sea la coordinación y la evaluación de las medidas previas adoptadas las  que nos señalen el camino a seguir.

Ah, seguimos calificándonos con adjetivos inveterados.

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