Intervención ante el horror

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Doce años han pasado desde que nos levantamos, un 11 de marzo, con la noticia de un desastre que cambiaría la historia de nuestro país por completo. Ese 11 de marzo de 2004 todos estábamos en Madrid. Ayer, vivimos como Bruselas vivía una barbarie similar y todos recordamos lo que vivimos en aquel momento.

En estas situaciones, los equipos de intervención en emergencias y desastres adquieren una importancia vital y, por ello, necesitan de un entrenamiento y unas habilidades específicas para poder enfrentarse a todo lo que pueden encontrarse.

Así, el papel del psicólogo dentro de estos equipos no sólo se va a centrar en la atención a las víctimas directas, sino también en la atención a los familiares. Además, su actuación se va a alargar en el tiempo con la atención a las familias y allegados de las víctimas.

La Real Academia de la Lengua Española (RAE) define «EMERGENCIA» como una «situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata» y «DESASTRE» como «desgracia grande, suceso infeliz y lamentable».

¿Qué ocurre psicológicamente ante estas situaciones?

Ante una situación de emergencia o desastre se produce una ruptura de la normalidad de los sistemas que afectará a diferente número de personas, según la magnitud del hecho. Esta ruptura va a conllevar que se produzcan daños severos en las estructuras de esos sistemas, provocando un cambio a diferentes niveles (físico, psicológico, social, familiar,…).

Las personas afectadas pierden su capacidad de afrontar una situación de crisis, lo que provoca confusión, sufrimiento, agitación y aflicción que conllevan un deterioro de las funciones físicas y psicológicas de la persona que sufre la situación de primera mano, pero también de las personas que la presencian y de los familiares de los afectados.

Todo ello ocurre porque es una situación imprevista y de gran magnitud, por lo que no hemos desarrollado los mecanismos para afrontar ese tipo de situaciones, es decir, las formas en que la persona tiende a enfrentarse a los problemas o las crisis no sirven ante estos acontecimientos, por lo que se producirá una pérdida del equilibrio emocional y generará sentimientos de duelo, como consecuencia de una pérdida real (muerte de familiar, por ejemplo) o una pérdida percibida (pérdida de la seguridad ciudadana, pérdida de la tranquilidad,…).

Tras los atentados sufridos el 11-M en España, las peticiones de atención psicológica aumentaron – igualmente ocurrió tras los atentados en Estados Unidos y Londres –  y no sólo por parte de los afectados directos del suceso, quienes ya recibían apoyo psicológico brindado por las administraciones públicas. El sentimiento que se produjo de amenaza, de sentir que España era un objetivo de terroristas extranjeros, hizo que personas más susceptibles desarrollaran trastornos de estrés postraumático u otras patologías como consecuencia de estos sucesos.

No sólo hablamos de sucesos como los ocurridos en Bruselas. Los psicólogos que integran los equipos de emergencias también acuden en situaciones como el accidente ferroviario de Santiago de Compostela o el reciente accidente de autobús en Tarragona.

¿Qué labor tiene el psicólogo en estos casos?

La función del psicólogo ante estos casos va a ser compleja. En este tipo de situaciones no se ha podido trabajar con las personas para que elaboren técnicas que les ayuden a afrontar lo que va a ocurrir, por lo que el trabajo inmediato que realizamos es el de expresión emocional, de todas ellas. Se trabaja con los afectados en la gestión de esas emociones.

Contrariamente a lo que se cree, los psicólogos no están para reducir el dolor y el sufrimiento, no están para conseguir que los afectados lloren, pero sí para ayudar a manejar todas las emociones.

Con la persona afectada se potencia la expresión del sufrimiento, de la rabia, de la ansiedad y de todos esos sentimientos y emociones que se producen, de manera que suponga una descarga o desahogo que permita trabajar en etapas posteriores. Además, los psicólogos intentarán  que se vaya elaborando el duelo de forma que no se convierta en patológico.

Desde el principio, con miras a la gestión del duelo a corto/medio plazo, se trabajará para que la situación vivida no se convierta en una fuente persistente y recurrente de malestar que pueda llegar a generar trastornos mentales con posterioridad o somatizaciones, es decir, que el sufrimiento mental se vivencie o exprese como sufrimiento físico o se agraven síntomas (como ocurre con úlceras, hernias, colon irritable, fibromialgia, migrañas, jaquecas,…).

Posteriormente a la reducción de los factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades mentales, de cara a una gestión del duelo a largo plazo, se trabajará para que los afectados aprendan y crezcan con referencia a la experiencia vivida, es decir, integrar el accidente como una experiencia más de su vida y continuar viviendo, desarrollando nuevas formas de afrontamiento y de expresión de emociones.

Se trata, de esta forma, de que los psicólogos se conviertan en un acompañante que facilite el proceso de adaptación y de relación con la burocracia existente.

El equipo de psicólogos y psicólogas va a participar en todos los momentos y especialmente en los que los equipos médicos tienen que dar noticias a los familiares. Su posición no es la de suplir el papel del personal médico y ser quienes contacten con las familias, sino la de proporcionar a los sanitarios las herramientas de comunicación con los allegados y servir de apoyo para estos una vez que reciben la noticia.

Es decir, los profesionales de la Psicología no estamos sólo para atender a los familiares y víctimas en estas situaciones, sino que también se da apoyo al resto de profesionales sanitarios y de cuerpos de seguridad que participan en las labores que se llevan a cabo en situaciones de crisis y emergencias.

Toda esta labor convierte a los psicólogos y psicólogas en piezas fundamentales en situaciones como las que hemos vivido en estos días.

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