De camino a la playa, todos los días bordeaban la tapia de piedras superpuestas de la que surgía, poderoso e imponente, un precioso cerezo cuyos frutos, negros como el carbón, relucientes como perlas de ónix, parecían decir “cómeme”.

El paseo hasta la paya, era largo. Delante iba el cuidador encabezando la comitiva. Tras él, los alumnos más disciplinados. Esos que jamás se meten en ningún lío y que siempre siguen las normas a rajatabla. Cuanto más atrás en la fila, más inquietud y necesidad de evitar la monotonía de un paseo que el primer día se hizo interminable, el segundo fascinante al darse cuenta de que, casi desde que salían del recinto de las monjas, hasta llegar a la ciudad, se veía el mar al fondo y el tercero, ya lo había convertido en monótono y pesado porque todo era verde, vacas, aldeanos cortando la hierba con el dalle, zarzas y raquíticos regueros por los que canturreaba el agua ladera abajo.

Los poco más de seis kilómetros que separaban aquel recinto regentado por unas siniestras sores cuya caridad cristiana habían olvidado o jamás tuvieron y la Playa de la Concha, suponían hora y media de paseo que servía de obligado cortafuegos entre la comida y el baño en las turbulentas aguas del Cantábrico.

Desde la primera salida, Pegerto y su amigo Saturio se habían quedado prendados del enorme cerezo de frutos tintos. En la caminata del quinto día, ya habían aprendido como acortar la travesía, cruzando por entre los campos de hierba, bandeando terraplenes, ladera abajo, de forma que pudieran sacarle unos minutos y quedarse degustando aquellos carnosos, jugosos y almibarados frutos que en nada se parecían a los que había allá en la vieja Castilla cuya palidez, aspereza y acidez no invitaban a su consumo.

Una noche y una mañana después, a los dos jóvenes se les habían unido tres compañeros más. Al verlos salir, de entre los arbustos de la senda con las manos rufas y los labios cárdenos, el día anterior, preguntaron de dónde venían. Para no alertar al cuidador y sobre todo para que no se corriera la voz entre los demás coloniales, les explicaron como atacar el cerezo durante unos cinco o seis minutos y recuperar el tiempo acortando el itinerario campo a través.

Subidos los cinco en las enormes ramas del cerezo, apareció un hombre alto, robusto, de espaldas anchas y cabeza más bien grande embutida en una gran boina que allí llaman txapela. Llevaba en la mano un falce y en el hombro, sujetado por la otra mano, en posición de fusil militar, un afilado dalle. Su aspecto era intimidatorio y los chavales pensaron que allí estaba su final. Estaban robando la fruta y el baserritarra parecía ser el dueño. Pasados unos minutos de observación mutua, el segador preguntó a los chavales si estaban buenas las cerezas. Ellos asustados, le dijeron que sí. Bajaron del árbol con más miedo que vergüenza, pensando que como mínimo les caería una bronca enorme, pero su sorpresa fue que el vasco les dijo que podrían comer todas las que quisieran siempre que fuera en el árbol, que no se unieran cada día más chavales y que no se llevasen ninguna en el bolsillo.

Dos paseos más tarde, eran doce los chavales que colgaban de las ramas del enorme cerezo. En una semana, la mitad del grupo hacía el recorrido campo a través para alcanzar al profesor y sus compañeros. Pocos días después, llevaron una banasta para que la fruta fuera degustada por todos en la cena en lugar de en el paseo y a escondidas. El profesor y las monjas estaban ya implicados en el saqueo de la fruta. De nada había servido que Pegerto y Saturio explicaran las condiciones puestas por el baserritarra. Si se podían coger, ¿qué más daría que lo hicieran en el árbol que llevándoselas al colegio? Pero el casero tenía sus motivos. De sobra sabía el aldeano que era mejor dejar que unos chavales comieran unas cuantas cerezas hasta hartarse en el árbol que prohibirles y que volvieran de noche y se las robaran todas. Con lo que no contaba, es con que, quién tendría que haber puesto orden, fueran los que llamaran al saqueo.

Ese verano, el baserritarra tuvo que acudir a las autoridades y denunciar que desde el colegio de monjas, dónde estaban los chavales de las colonias, le habían esquilmado las cerezas.


 

Intermeideario

 

Según la Teoría del valor de Adam Smith, uno de los pilares del funcionamiento del capitalismo se basa en el intercambio de los excedentes de producción. El precio de mercado de cada mercancía particular está determinado por la proporción entre la cantidad presente de esta mercancía en el mercado y las demandas de aquellos que están dispuestos a pagar el precio natural o el valor completo de las rentas, beneficios y salarios que se deben pagar para traerla al mercado. Es decir, que el precio del mercado es la confrontación entre la oferta y la demanda.

Si alguna vez este precepto fue válido, hoy, en esta sociedad globalizada donde el hijoputismo especulativo se ha convertido en la forma de vida de unos pocos que condiciona la de todos los demás, en el que la ganancia es el único fin y para conseguirla vale cualquier cosa, pensar que la oferta y la demanda regularán los precios (a mayor oferta, precios más bajos) es como creer en dios, una cuestión de fe. Un acto de credibilidad basado en la ideología pero sin ninguna constatación real. La creencia ilusa del baserritarra que estima que dejando que los chavales se coman la fruta en el árbol, no se correrá la voz y no acabarán arrasando la cosecha.

Acostumbrados como estamos a que sean los medios de incomunicación, manipulación y adoctrinamiento los que marcan la agenda y el tema del que debemos debatir, esta semana pasada nos han traído a la palestra el problema del campo español. Todo ello ha sido noticia porque, como viene siendo habitual ya en este país de democracia de chichinabo, para ser objetivo de la tele, hay que recibir palos. Y para nuestra desgracia, ya casi ninguna manifestación acaba sin la intervención de los que nunca sabemos si están ahí para poner paz o para provocar la violencia.

Se quejan los empresarios del campo extremeño y andaluz (que no campesinos) de que los precios que les pagan por sus productos están por debajo de costes. Este guante ha sido recogido por los del anarquismo hijoputista, esos que dicen estar en contra de cualquier tipo de intervención del mercado, y más si esta sucede desde el estado, pero que habitualmente lo manipulan a través de sus monopolios «de facto» y sus presiones que en algunas ocasiones llegan a realizarse con técnicas mafiosas, para llevar el agua a su molino y achacar ese problema a la subida del SMI hasta los 950 euros. No les importa que la economía sumergida en este tipo de explotaciones agrarias pueda llegar al 90 %. No les importa que las peonadas se pacten con anterioridad y que el salario sea por día (lo que impide un control efectivo del jornal que se abona) y sobre todo, no les importa que en los casos en los que los contratos se hacen con luz y taquígrafos, hace tiempo que ese salario está por encima de los 1.000 euros mes.

En este sistema de hijoputismo especulativo que ellos llaman liberalismo y que siempre se ha conocido como fascismo, como en todos los demás ámbitos de este tipo de sistema económico, son los burdos especuladores los que obtienen la ganancia infinita sin arriesgar absolutamente nada. Son los especuladores e intermediarios los que llegan al campo y ofrecen 0,60 céntimos por kilo de naranja. Naranja que distribuyen en supermercados y tiendas a 2,60 sin darle ningún tipo de valor añadido. Son los especuladores los que arruinan a los pequeños agricultores obligándolos a vender a precios irrisorios sus cosechas y los que luego, a través de fondos de inversión acaban adquiriendo la tierra, sobreexplotan los acuíferos y esquilman el territorio para obtener grandes beneficios, con productos de moda como el aguacate, en muy poco tiempo.

No olvidemos que todo funciona de la misma manera. Son los fondos de inversión los que se quedan con las casas, los que manipulan el mercado inmobiliario y los que suben los precios invirtiendo en negocios de demanda como los pisos turísticos dejando barrios sin alma, y lo que es peor sin contribuir al sostenimiento de los gastos comunes a través de los impuestos.

No olvidemos que son los bancos los que están cerrando sucursales, despidiendo personas, y desatendiendo sus obligaciones (ya no puedes sacar dinero si no es en el cajero y para acudir a ventanilla han restringido tanto el horario que se hace imposible su utilización). A pesar de ello, este año pasado, en 2019, los cinco grandes que monopolizan casi la totalidad del mercado bancario español ganaron 13.592.000.000 a base de explotar a los pequeños clientes y de acribillarlos a comisiones.

Pero el problema del campo, como el de todo lo demás en este sistema basado en la deshumanización, en la agresividad y en el todo vale, es la desregulación y la falta de control administrativo. Los bancos hacen lo que hacen por la permisividad que hay con ellos. Son los dueños del chiringuito, los que pagan a periolistos y gacetilleros, los que controlan de lo que se puede o no se puede debatir, los que ensalzan a unos y hunden a otros. Los fondos de inversión hacen lo que hacen por el mismo motivo. Las administraciones, muchas veces en las manos de los que mandan ejecutar los desahucios, incumplen la Constitución, la Declaración de los Derechos humanos y las indicaciones de la ONU y no solo miran para otro lado desahuciando ancianos y niños, sino que ayudan con las fuerzas, que debieran ser de seguridad, a que se ejecute eso que está escrito que no puede hacerse.

Los intermediarios, las grandes superficies, los grandes operadores logísticos hacen lo que hacen porque las administraciones lo permiten. Porque todos se lo permitimos cuando votamos a esta gente que detrás tiene intereses en esas compañías.

Pero en el campo español hay algo más que un problema de precios. Es verdad que los precios son bajos. Es verdad que el trigo y la cebada están casi al mismo precio que hace cuarenta años. Es verdad que los abonos cada día son más caros y que cada vez deben utilizar más pesticidas y más caros. Pero no es menos verdad que llevan cuarenta y tres años cobrando subvenciones por el número de hectáreas de posesión (ya sea esta a través de la titularidad como propietario o de la acumulación por explotación). Tampoco en menos verdad que en el 90 % de los casos, esas subvenciones no se han dedicado a la mejora de la explotación, sino a adquirir bienes fuera del ámbito agrario (coches todoterreno, pisos en la capital, apartamentos en la playa, etc.) Tampoco es mentira que terratenientes como la casa de Alba son los mayores beneficiarios de esas subvenciones y que jamás se pidió un proyecto para su concesión.

Se controlan las semillas que cada agricultor puede o no puede sembrar, se controlan las hectáreas obligatorias de barbecho, la rotación de cultivos (en Castilla, girasol, trigo y cebada mayoritariamente), se controlan los herbicidas que pueden o no usar y quién puede utilizarlos, se controlan que árboles puedes o no cortar, se controlan, que arroyos puedes o no limpiar, se controla que no puedas tocar ni un cardo de las riberas de los ríos, ni tocar el fango de sus cauces, pero no se controla a quién y para qué se han dado y se siguen dando las subvenciones, ni las consecuencias de establecer esos más que generosos pagos por el número de hectáreas y no por proyectos de mejora o por explotaciones dedicadas a la investigación. Para que Ud. se haga a la idea, querido lector, de lo que estamos hablando, cuatro agricultores jóvenes que están asociados y trabajan en la zona de donde provengo, que cultivan más de 200 hectáreas en diferentes pueblos y que acaban de cosechar a mediados de septiembre cuando los demás lo hacen un mes antes, se llevan más de 250.000 euros al año en subvenciones.

La profesión de agricultor es una profesión dura. Sobre todo si no eres empresario y trabajas con peonadas. Los empresarios agrícolas, siempre están llorado. Porque llueve, porque no llueve, porque hace sol, porque no lo hace, porque hace aire, porque era mejor que no lo hiciera… Pero si quieres saber como le va a una persona, fíjate en su ropa. Y curiosamente, cuando hables con uno de estos empresarios (sean a no a tiempo completo, porque en Castilla sobre todo, hay muchos que tienen la agricultura como segunda ocupación) cuando los veas en la tele, fíjate en su camisa, su jersey, su abrigo. Verás que las camisas, polos y jerséis son de Ralph Laurent, Tommy Hilfiger o Lacoste, y los abrigos de The North Face. Ropa fuera del alcance de bolsillos vacíos.

El hijoputismo es aquel que aboga por la no intervención de los poderes públicos en los mercados, mientras manipulan, controlan y presionan a través de monopolios «de facto» para que las ganancias se den en aquellos procesos del sistema que les benefician a ellos.

La humanidad sufre de egolatría y de hombligismo. Su cura es la empatía, algo que no se lleva en esta coyuntura.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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