Que tire la primera piedra, quien no se haya puesto a cantar delante del espejo con un cepillo de dientes imitando a su cantante preferida. En aquellos primeros festivales de EGB, no había cámaras para inmortalizar cual Tik tok nuestros playbacks. Entre clases me recuerdo cantando canciones de todos los estilos, desde “La noche no es para mí” del desaparecido grupo Vídeo a la de “Juntos” de Paloma San Basilio, con una coreografía que resultaría impensable para las fans del reggaetón, para mí, un retroceso hacia las cavernas.

En los últimos años, habitan las redes una flora y una fauna imposibles muchas veces de catalogar. Del espejo del baño hemos saltado a la pantalla del móvil a una velocidad de vértigo. Todo vale por salir, ya sea el puro arte que brota por los poros de un artista en potencia, o lo más chungo, desvergonzado y siniestro del planeta.

Me resulta increíble pasear por You tube y descubrir, cómo hay quien se dejó la vergüenza en la placenta y, sin filtros, es capaz de mostrar cómo se puede perder el tiempo con la excusa de acumular “likes” , y acabar ganando cantidades indecentes mientras gente que vale mucho, tiene que cambiar de país para ser reconocida.

Seguir a una persona por su cara bonita se ha convertido en lo habitual, da igual que no sepa hacer fotos increíbles, que no escriba ni transmita nada realmente útil para la humanidad… Lo más importante, es que llegue el mensaje: “Mira que mona soy, que feliz vivo y que bolso más bonito tengo” que traducido a nuestro subconsciente más profundo, vendría a ser el                 “Muérete de envidia” de toda la vida.

Cuando los cuerpos sustituyen a las mentes, las consultas se llenan de consecuencias. En la mía puedo ver cómo el porno y las actitudes de sus millonarias referentes, convierten a las adolescentes en “carne de cañón”. Más de una abuelita se caería de la mecedora si viera a su nietecita/o posando en Instagram. Lo teóricamente perfecto es irreal y además, relleno de aditivos que le roban el verdadero sabor a la esencia. Alucino cuando alguien alardea de sus cambios, con fotos del antes y después y yo pienso que mejor se hubiera quedado sin “arreglos”.

Conseguí convencer a mi hija de que seguir a aquella “influencer” de cutis perfecto, no le iba a aportar ningún aliciente a su vida, tras escuchar las barbaridades que había soltado por su boquita rellena de botox. Dejó de seguirla y yo me imaginé con una capa cual “Supermami” tras conseguir una misión que parecía imposible. Entiendo que para una preadolescente, la imagen y lo que opinen sus amigas, son sus puntales, por ello, admiro la madurez de mi hija mayor al entender aquella conversación que, el otro día debió olvidar, cuando al cruzarnos por la calle con un chico, empezó a saltar emocionada diciéndome que era un “Influencer” aunque no recordaba su nombre y lo único que pudo decirme sobre él, era que tenía un montón de seguidores… ¡Divina adolescencia!  Verdadera montaña de rusa de vivencias y explicaciones.

Dada la cantidad de seres que habitan en las redes, creo imprescindible, nadar entre ellos para intentar poner luz donde ésta se apagó. Y yo me planteo seriamente, que mérito tienen los que posando en sus yates o aviones, intentan dar envidia al resto de la humanidad. Es como si al darle al like, pudieran durante unos segunditos, subirse con ellos a disfrutar del viaje.

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