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Fernando Ayala
Fernando Ayala
Doctor en Historia y miembro de la CEP del PSOE de la provincia de Cáceres. Responsable del Área de Memoria Democrática de la Ejecutiva Regional del PSOE de Extremadura.
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análisis

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Con el paso del tiempo quieren dirigirnos la opinión para hacernos ver que nos hemos acostumbrado a no conmovernos. A no sentir nada especial frente, por ejemplo, a grandes catástrofes o como citaré a continuación, a situaciones que afectan a los demás, pero que, por muy desagradables que sean, no nos tocan de cerca.

A veces esa indolencia se altera porque conocemos, aunque sea de manera muy indirecta, algún caso similar. Otras, preferimos colaborar en oleadas de campañas de caridad o de solidaridad colectiva y temporal que hacen que, por momentos, nuestras conciencias se reblandezcan.

Parece que lo dejamos todo en manos de los profesionales o de los técnicos. Como en tantos ámbitos de la vida contemporánea, la ideología, en estos casos los derechos humanos, también tienen su cuota de burocracia y su parcela definida desde las Administraciones públicas.

Así, unas veces con mas fortuna o sensibilización, de acuerdo con el lugar del espectro desde el que se gobierna, se pone más o menos el acento en minimizar las consecuencias o en atajar las causas.

Una vez más la pugna entre el liberalismo individualista y la socialdemocracia que procura la acción de un Estado benefactor y redistribuidor o al menos corrector de desequilibrios.

Llegados a este momento quería lanzar un aviso de que la política también se puede hacer desde los consensos. Desde las cesiones. Desde el reconocimiento al trabajo de los demás.

Así sucede en ocasiones en los Parlamentos. Lejos del ruido, que es lo que queda como noticia la mayoría de las veces, se aprueban, bien por unanimidad de todos los grupos con representación parlamentaria o bien  por acuerdos de diferentes fuerzas, propuestas, declaraciones, iniciativas…

Es la muestra de que somos capaces de ponernos de acuerdo. No es una excepción como suele transmitirse hacia fuera. Somos capaces, además, de escuchar las demandas de la sociedad civil organizada de manera usual. Somos capaces, en definitiva, de aportar matices, de enriquecer  textos, de debatir de manera puntual algunas cuestiones, pero sin trazar finalmente líneas rojas que hicieran peligrar acciones común. Pese a que no siempre sea así, o al menos en todas las posibilidades deseables.

Por todas estas razones, a base de trabajo y de esfuerzo, es motivador corroborar que si se quiere, se puede. Hay acciones que, pese a que mayoritariamente no se consideren prioritarias, forman el alma de lo que debe ser un servidor público: despojarnos del yo, pensando y poniéndonos en el lugar de los otros.

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