Llevamos unos días de juicio y lo que se puede constatar es que sin condimentos estrafalarios previos, el componedor no sabe mirar. No entiende que ve, y los intentos que hace por expresarlo son patéticos. Atribuye a las imágenes distorsión, de manera absurda, cuando es obvio que la deformación está en la equivocada graduación de sus gafas. Es cierto que cada paisaje humano (el de la sala de juicios es uno de ellos) encierra incontables paisajes dentro, tantos como miradas y momentos.

El componedor aparta del relato todos los indicios de que la realidad opone a sus primorosas, y cuando hace falta vigorosas, estilizaciones. Así, esconde claves importantes para descifrar un mundo vivo que merece ser entendido como la Catalunya soberana y seguir los caminos que hemos olvidado que nos han hecho mientras los hacíamos.

Se apartan con contundencia los juicios de valor, las opiniones y se solicita hechos sólo hechos. Sabiendo, de antemano, que todo hecho (un día tranquilo de votaciones) puede ser desnaturalizado, descontextualizado y por lo tanto interrogado. Sobre todo aquellos hechos manipulados cuya base se enfrenta con el contraste que le ofrece la realidad objetiva que los cánticos festivos, las sentadas entrelazadas y el levantar los brazos, nunca podrá ser calificado como hecho violento.

En todo juicio político nos confrontamos con la verdad (la Constitución) pues está escrita. Es letra: es por consiguiente paralización, es figura, es mundo superior. Es letra y no es lenguaje, no es dialogo, no es discurso, no es logos que discurre. La letra es símbolo o síntoma de autoridad. El diálogo, el logos que discurre entre todos, es síntoma de igualdad. Pero esa verdad escrita (la Constitución) tiene un lado práctico con esa letra a la que hay que someterse que nos proyecta hacia la sumisión con esa letra así aceptada uno se salva. El hombre se salva se está en la verdad. A la verdad no se va sino que se está instalado en ella.

En el juicio, es necesario recordar unos acontecimientos, aunque recientes, quizás por ello más dolorosos. El recuerdo, la memoria, es plástica: se transforma y nos transforma con el tiempo; el mismo hecho de recordar ya la cambia. Dicho de otro modo, cuando recordamos no nos ceñimos a extraer de los amplios almacenes del cerebro una serie de datos positivos y claramente verificables, sino que también construimos narraciones. Verbalizar los recuerdos significa, en buena medida, articularlos en relatos; unos relatos que tienen la particularidad de no quedarse inmóviles, como no lo estamos nosotros. Cada vez que los convocamos, los alteramos. Nuestra memoria es creativa y es cambiante. Tanto si queremos como si no, la pretendida veracidad del discurso rememorativo tiene aquí una severa limitación.

Una comunidad que se reconozca parte aún viva de una civilización esplendorosa, tendrá un futuro posible sólo en la medida que actualice nuevamente sus potencialidades creadoras.

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