En los últimos años hemos visto creciendo el auge de dos nacionalismos que toman dos direcciones, no sólo opuestas, sino además esquivas. En el que sus principales dirigentes apelan constantemente al diálogo, apelaciones en las que incluyen la supuesta eliminación de líneas rojas. Pero que ya en el planteamiento de diálogo, normalmente, esconden limitaciones que ayuden a encontrar en la otra parte una razón suficientemente significativa para rechazar esa invitación a la conversación.

Al calor de la negociación de los Presupuestos Generales del Estado parece haberse creado una situación, que se dieran de nuevo condiciones para retomar un diálogo absolutamente enquistado en los últimos años. Y, en el espíritu de encontrar un camino que desenquiste esa situación de bloqueo, el Gobierno de Sánchez parece haber aceptado una figura que, acertada o desacertadamente, contribuía a acercar posiciones en las que parecía que todas las partes estaban de acuerdo. Tanto en cuanto, todas coinciden en que esta situación debe pasar por el diálogo.

Un “relator”, un “facilitador”, una persona que “modere”, que “tome acta”, en la definición más sensible. Un “mediador” en la visión más extremista de este nuevo actor del asunto. Esta ha sido la figura que ha desatado la furia de Partido Popular, Ciudadanos y Vox. Sin preguntarse públicamente de cuáles serán las funciones y las limitaciones de esta figura, con acusaciones de “traidor a la patria”, “golpismo”. Con objetivos de “frenar a Sánchez en las calles” quienes representan desde el centro hasta la extrema derecha españolista lanzan una manifestación a la calle.

Algunos de estos representantes han acusado duramente durante los últimos años a representantes del independentismo, probablemente con gran parte de razón, de la gran fractura social que han creado en Cataluña. Como irresponsablemente han llevado a las calles aquellas ideas que no pudieron implantar mediante la legalidad en las instituciones. Y como muchas de esas personas que les apoyaron en las calles están en una situación de frustración al ver la incapacidad ya no sólo de solucionar este problema, sino al menos de plantear soluciones.

Lejos de haber aprendido de esa experiencia, o quizás aprendiendo de ella, estos tres partidos se han apuntado a la irresponsabilidad de alentar a las masas, de extender el incendio que se vive en Cataluña con gasolina por el resto de España.

Un incendio que produce una fractura social evidente y que electoralmente se traduce con la derecha españolista en una situación de fuerza inusitada en aquellas tierras. Con representación, poseedora incluso de la “fuerza más votada”. La respuesta de los valores españolistas al desafío secesionista. Una respuesta equiparable en fuerzas a la de los movimientos independentistas. Mientras que las fuerzas que no se esconden en las trincheras, quedan relegadas a un papel de asistentes a un constante enfrentamiento, asisten a banderas que sirven para cegar a quienes deben dialogar.

Por ello, con la convocatoria a esta manifestación, pareciera que estos partidos no quisieran una resolución del conflicto tanto como la victoria sobre él. Pareciera que el objetivo específico de estas acciones es no encontrar de nuevo los espacios de acuerdo, esos espacios que lograron hacer como presidentes del gobierno a aquellos aspirantes a presidente del Gobierno tan diferentes como Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero o el propio Pedro Sánchez.

En tiempos electorales como los que vivimos el construir esas dos trincheras, una para el nacionalismo español y otra para el independentismo catalán puede ser una vía fácil, cómoda y rápida para conseguir votos como en Cataluña, o para conseguir gobiernos como en Andalucía. Sobre todo, en aquellas comunidades donde el nacionalismo catalán o el del lugar en el que se encuentre no tenga la fuerza y la contundencia del relato que allí se vive.

Pero, para el incendio que se crea, no hay bomberos.

Esta no es una manifestación en la que las personas que asistan van a reivindicar las glorias de vivir en España, del orgullo que les produce los éxitos de la patria, ni tan siquiera la alegría de la historia común compartida. Es una amenaza pacífica, pero amenaza, de que el ordenamiento legal está de su lado, de que el diálogo es una palabra que se debe usar en los discursos, pero no en la práctica y que el futuro está escrito y en ese texto no hay espacio para otros párrafos.

Deberían replantearse estos partidos, autoproclamados defensores de la España del futuro, si este es el modelo de España que quieren.

Con tres partidos jugando a ver quién llega más al extremo en la defensa de la unidad, el resto de partidos sin capacidad de respuesta por no querer caer en el populismo de este modelo de defensa y con una mayoría ciudadana totalmente fracturada, dividida, escondidas en dos trincheras fuera del diálogo. O en un medio, con las manos tendidas a ambos lados, relegados a un papel de meros asistentes, incapaces de aportar visión a quienes les ciegan las banderas.

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