Después del desestabilizante mes de octubre, América latina le está mandando una señal al mundo del recalentamieto de los conflictos a lo largo y ancho de su geografía.

Los primeros disturbios ocurrieron en Haití y El Salvador hace meses. La razón principal: el aumento del precio del combustible. Pero el estallido se ha concentrado en octubre y sus semanas previas. Casi toda la región sufrió duras manifestaciones o procesos electorales de resultado controvertido debido al avance de movimientos y organizaciones de izquierda.

Dos países han sido claves este octubre: Chile y Argentina. Por medio de formas diferentes, ambos se enfrentaron a medidas y gobiernos liberales que agenciaban un mayor rango de acción para nuevas medidas de liberalización de la economía. En Chile esta situación se presentó por medio de fortísimas manifestaciones, las más duras desde la dictadura. En Argentina, por medio del contundente triunfo electoral del peronismo y el declive de la propuesta económica de Macri.

Hay que sumarle que en Perú, un presidente que no ha sido electo disolvió el Congreso. Que en Ecuador manifestaciones populares, especialmente indígenas, realizaron un levantamiento que obligó al presidente Lenin Moreno a trasladar la sede presidencial fuera de la capital y a retroceder las medidas relacionadas con el aumento de combustible. En Panamá fueron los estudiantes los que han realizado manifestaciones radicales contra el congreso. Haití no ha parado durante todos estos meses la escalada de violencia social y las protestas que piden la dimisión de su presidente. Bolivia, el país más estable que le queda al “ciclo progresista”, está sufriendo el desconocimiento del resultado electoral por parte de la derecha. En Colombia, el partido gobernante sufrió un importante revés en las regionales que dieron triunfo a fórmulas de izquierda.

Lo que ha vivido América latina este octubre puede ser comparado con la primavera árabe o las revoluciones de colores, solo que su pretensión no es de modernización política sino de confrontación al liberalismo. Ningún régimen, de izquierda o derecha, estará posicionado de la misma manera de ahora en adelante. Todos tienen las manos atadas para tomar medidas económicas para confrontar la recesión que el mundo espera el año que viene y que conllevará a la caída de los precios de las materias primas que sustentan la economía de Latinoamérica. Cabe esperar un año 2020 conflictivo y de aumento de la pobreza.

Octubre chileno: el fin de un modelo

Macri comienza a servir de ejemplo en el mundo académico y muchos otros espacios de cómo el marketing sirve para ganar elecciones pero no para gobernar un país. Su triunfo en 2015 entusiasmó a la derecha y concretó un giró ideológico en la región. Su derrota temprana en 2019 inicia un nuevo giro progresista y la certeza de que, ni siquiera las medidas graduales como las que fue aplicando permiten que el liberalismo pueda sostenerse de manera estable.

Más grave aún, el derrumbe del modelo chileno ha quebrado el sentido del imaginario de derecha más allá de América latina. El FMI que se había replegado durante el ciclo progresista revivió con los paquetes de medidas que se aplicaron por oleaje en Argentina, Haití, Ecuador y Chile. Y en todas recibió una respuesta popular que terminó de poner en jaque al liderazgo de toda la región, a los modelos económicos prediseñados, al régimen mediático, al andamiaje institucional. Hoy las elites están desnudas y pueden ser acosadas en cualquier parte de América latina.

Queda por vislumbrar si este terremoto político tendrá algún impacto en Europa y el mundo. Especial atención habrá que poner en la pérdida de poder de los Estados Unidos y las multilaterales, porque la película de octubre puede tener muchas interpretaciones pero un solo título: “incendio en el patio trasero”.

Incendio en el patio trasero

Lo que se viene derrumbando geopolíticamente, y este octubre latinoamericano acrecienta la tendencia, es que Estados Unidos ya deja de ser un imperio y baja su status a país poderoso. Especialmente porque lo que no pudo mantener, ni siquiera con la derecha en el poder, es la quietud suficiente en América latina como para que sea considerada su patio trasero. Desde México a Argentina lo que está pasando es que el imperio se está quedando sin patio y por ende está dejando de ser imperio. Con la crisis chilena, la región pierde referentes de cómo gobernar liberalmente en el tercer mundo.

Europa puede tener un papel preponderante en este proceso si sabe interpretar las señales que envían los países latinoamericanos. Si ya Trump ha generado fricciones con gobiernos importantes como el alemán, lo que está viendo el mundo es que vecinos y aliados de Estados Unidos le están perdiendo el respeto y están tomando sus propias decisiones. Y esto va a producir cambios geopolíticos de peso.

España ha sido centro de ataques una vez el gobierno de Estados Unidos amenazara al español con sanciones por su “relación” con el gobierno de Maduro. Seguramente dicho pronunciamiento, junto al “ya veremos” de Trump, tienen objetivos relacionados con el evento electoral del domingo. Además de las posiciones políticas internas también se juegan las geopolíticas. El resultado permitirá interpretaciones sobre si España sucumbe a la “brisa” latinoamericana o si por el contrario cierra filas con Estados Unidos.

Un ganador inesperado

El primer beneficiario de todo lo ocurrido en América Latina durante el mes de octubre es Maduro. El presidente de Venezuela comenzó el año representado como una especie de Saddan Hussein al que le faltaban días para su derrocamiento. Ahora es acusado por presidentes y ministros de derecha como el líder de la revuelta continental más importante de los últimos años, como el planificador de rebeliones que en primer momento consideraron reductibles y minoritarias pero que terminaron siendo  verdaderamente populares y en pocos días tambalearon gobiernos que parecían muy estables, echaron para atrás medidas económicas y dejaron sin margen de maniobra a los distintos presidentes. Maduro comenzó el año siendo el líder más débil de la región y lo está terminando siendo un líder continental con poder de movilización trasnacional, a decir de la derecha.  Entrado noviembre, el gobierno venezolano es más estable que el de Piñera. Y el de Macri ha sido enterrado tras una corta experiencia de su mandato. El grupo de Lima, creado para tumbar a Maduro, no podrá reunirse por algún tiempo.

Venezuela, quien desde la vorágine mediática internacional se convirtió en un antimodelo que debía ser extirpado rápidamente, fue sirviendo también como argumento justificador de los planes económicos liberales en desarrollo. No «terminar» como Venezuela parecía argumento suficiente para decretar leyes económicas de aumento de combustible, transporte y alimento, así como control del orden público.

Una vez estalladas las revueltas, ha sido la derecha regional quien ha dado un poder omnipotente a Maduro al señalarlo como responsable de las mismos. Un poder que no le sirve para gobernar su país, sumido en una espectacular crisis económica, aunque sí para definir el signo de las transformaciones continentales.

Lo cierto es que los movimientos de octubre reviven tensiones de vieja data que habían sido apaciguadas por los gobiernos de izquierda y por la respuesta electoral de la derecha. En realidad han sido los jóvenes excluidos, indígenas, los negros de Haití, peronistas, chavistas, obreros, izquierda colombiana y estudiantes, entre otros, los que han protagonizado estas jornadas de protesta. Sin duda, todo un estallido de identidades y particularismos que han tambaleado el stablishment de América latina.

Ya veremos cómo estos estallidos en pleno patio trasero afectan a Europa. Las elecciones de España del domingo son un buen espacio para analizar cómo los votantes interpretan no solo su situación interna, sino también los grandes cambios geopolíticos.

Seguiremos de cerca estas reacciones.

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Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela, colaborador en diversos medios en Estados Unidos, Europa y América Latina. Ganador del premio Clacso/Asdi a investigadores sociales en 2004 y premio municipal de literatura por su libro Dale más Gasolina en 2015.

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