En la mentalidad de la sociedad occidental se ha instalado, para quedarse, la aberración psíquica de que el discurso, el relato, cambia o transforma la realidad; mientras, los hechos se consuman una y otra vez omnipotentes y hasta se recrean sin sutilezas verbales.

No es que la palabra señale y construya simbólicamente al mundo, es que la palabra -sacralizada- es el mundo.

No cabe mayor virtualidad ni acto de prestidigitación, que, por otra parte, nos acercan cada vez más a las distopías de 1984 y de Un mundo feliz.

No sé si esto nos sucede por propio convencimiento o instigados por las instituciones y organizaciones políticas y sus verborreas propagandísticas, que por miedo a perder réditos electorales se vuelven tribales y mitológicas, cuando no endiosadas.

Así pues, la democracia se erige en un mito acomodaticio y ajustado al electoralismo y a premisas electorales y en perpetuo conflicto ya con los intereses propios de los partidos políticos. Un mito en su peor acepción, sin grandeza ni épica.  Está dejando de ser una estructura de gestión y distribución de bienes y de igualdad de oportunidades.

Está dejando de funcionar como una organización institucional al servicio pleno de la ciudadanía. Se resquebraja como ecosistema de convivencia en paz. Ha dejado de ser un pensamiento filantrópico y una conducta ética. Y la representatividad parlamentaria, la sustancia y la carnalidad de la democracia, puede ser fácilmente asaltada y tomada por la horda y el desafuero. Y lo más flagrante, preocupante y hasta grotesco: no somos dueños del discurso, estamos apresados por el discurso.

A la democracia la está envenenando desde dentro el relato mitológico e interesado de las formaciones políticas, en ocasiones inmoral y mezquino, a medio camino entre la ficción y la superstición, que no invoca ni convoca, sino que revoca la realidad concreta y manifiesta de los ciudadanos. Los políticos y gobernantes tienen síndrome de Jehová, quieren y se obstinan en crear el universo -el suyo- con la emisión de palabras todopoderosas. En eso consiste en esencia el populismo, que ni es de izquierdas ni de derechas. Es incorregible y corrosivo.

Tan cierto como antiguo -y el legado judeocristiano lo pone de manifiesto-, la virtud inigualable y el poder creador y transformador de la palabra, quien la tiene, la maneja y la cincela a su gusto posee un atributo divino.

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