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El fin de las dos Españas

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Hay una  parte de la Generación del 27 que se difuminó; la Historiografía siempre es arbitraria; se genera otra Historiografía, también arbitraria, al estudiar sus causas. El capricho, a veces fundamentado, eleva u oculta nombres. Sabemos que en cualquier ámbito la presencia es requisito sin el cual no, esto es: si un nombre suena, ha ganado un prurito de calidad y de indispensabilidad que no tiene por qué corresponder a una obra auténtica… o sí. Los profesionales saben que estar en la palestra, aunque sea para mal, genera beneficios.

La Guerra Civil y el triunfo de las posiciones más reaccionarias no favoreció ni a los exiliados ni a los dentro, Pedro Garfias o José Antonio Muñoz Rojas podrían ser paradigmáticos, les amparan obras maestras literarias y siempre están reconocidos… pero a un lado. Acuérdense de las mujeres, a veces escondidas tras sus parejas prestándoles el trabajo que los elevó.

El caso de los músicos es escandaloso. Salvo en círculos muy especializados, España es un país con una tradición musical admirada e influyente en toda Europa desde el Renacimiento y, sin embargo, cualquier aficionado tiene un acceso más fácil al repertorio foráneo que al propio, tanto en la salas de conciertos como en la investigación o la música editada. Y así hemos actuado con los músicos del 27, hasta cierto punto olvidados, quizá con matices esta aseveración en los últimos tiempos, porque diversas instituciones e intérpretes parecen haberse interesado (la Fundación March, la Sociedad Española de Musicología, pianistas como Guillermo González o Juan Carlos Garvayo o Ainhoa Padrón, la Orquesta de Córdoba…). Los nombres de Roberto Gerhard, Gustavo Pittaluga o Salvador Bacarisse, a pesar de su relativa popularidad, no cuentan con la difusión que merecerían (Gerhard fuera de España sí) y los de Julián Bautista o Rosa García Ascot son telúricos y exclusivos.

Lo divertido de la edad y la acumulación de lecturas, y de una cierta frescura en lo del atrevimiento, es desbrozar los comunes lugares para descubrir el vacío cuando no la zafiedad que los rellena.

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Me pregunto sobre la utilidad de hablar de una Generación del 27. Y no pretendo montar o desmontar el concepto de “generación”, eso está más que escrito, sino entender qué perdemos al usar ese marchamo bachilleratil y a quién interesa, quién gana con ello.

En España la derecha liberal ha sido siempre un síntoma irrelevante. Más que de derechas sería exacto hablar de tradicionalismo nacional-católico. La Guerra Civil y el militarismo-franquista no son la clave de arco de esta mentalidad, sino la expresión suprema de una fuerza reaccionaria que cabe rastrear en el fanatismo imperialista de los Austrias y las gonorreas absolutistas de los Borbones, con sus complejidades y batallas intestinas, todo ello amparado por una Iglesia cuya estulticia y culpabilidad en los sufrimientos sobre nuestra geografía ibérica difícilmente es calculable.

El impacto de la dictadura militona-falangista (porque la política terminó siendo africanista pero la sociedad se falangizó) es de una envergadura tal que jamás podremos sobreponernos, pasarán siglos en los que seguiremos pagando la debilidad causada por esa enfermedad, revitalizada mientras escribo. Casi medio siglo de imposición a sangre y fuego de este catolicismo patriótico han desvirtuado los intentos de comprender nuestra Historia. Ya lo he sostenido en otros escritos repetidamente, el gran triunfo del Caudillo fue consolidar la idea de las dos Españas (por la Gracia de Dios), establecer un diagnóstico militar convirtiendo a nuestro Estado en un campo de batalla en el que terminó imponiéndose dolorosamente una de las dos para la salvación de la patria frente a las luchas ideológicas (el fascista pretende estar más allá); identificando “rojo” y “republicano” el dictador ganó la batalla propagandística, porque se situó en un bando legitimado (no se podría ser de derechas y republicano, o conservador y ateo, por ejemplo): craso error ceder a este maniqueísmo autojustificante, la construcción del enemigo es el medio para aglutinar al “pueblo” por parte de todo totalitarismo, ni siquiera les voy a adjudicar consciencia: ellos lo ven así, es su realidad.

Error hablar de una tercera España, este intento de salvar (o de crear) una victimización de una parte de la población, sobre todo intelectual, en realidad los consolida o los justifica, convierte en hecho histórico la pugna de unos y otros, y ya estamos en las dos otra vez. Mentira que hubiera dos, ¡pues: tres! No me creo ese invento, en el fondo útil para escaquearse intelectualmente de una interpretación comprometida de los acontecimientos… un lavado de manos. Pero sí es verdad que hay una España víctima y es verdad que está más allá de rojos y azules, porque aunque minoritaria sí ha habido una intelectualidad que ha propugnado el fin del oscurantismo imperialista que es nuestro lastre mayor.

Podríamos rastrear en los últimos cinco siglos el pensamiento aperturista, y podría constituir una investigación interesante (debería ser un libro necesario para vislumbrar una España distinta), pero si nos fuéramos al último siglo y medio lo curioso sería que no necesariamente ha sido ese aperturismo marxista o anarquista ni nada parecido, a veces ha arrancado incluso desde el seno de un cierto cristianismo ecumenista, panteísta… como fue el caso de la deriva hispano-krausista. Quiero decir que lejos de caracterizar a las víctimas del oscurantismo como “apolíticas” (término siempre sospechoso), es decir: ni de uno ni de otros (la tercera vía citada), cabría hablar de una España culta comprometida con el intento de cambiar por fin la violencia tradicionalista como señal identitaria de la hispanidad.

Caben aquí, en esta España de progreso, múltiples tendencias ideológicas que no fueron prosoviéticas, por Dios (nótese la hipérbole), el republicanismo tanto de derechas como de izquierdas, el laicismo, los afrancesados, el liberalismo anglófilo… debemos ahondar en ello, por esta vereda ha circulado la España mejor, siempre aplastada por la imperiofilia.

Quería llegar aquí porque esto de hablar de “Generación del 27”, verbigracia, convierte en un fogonazo culturalista lo que fue en realidad la expresión brillante de un movimiento mucho más rico y profundo, torticeramente apagado en los libros de Historia al uso (los especialistas ya lo han visto). El Modernismo fue una tendencia intelectual con amplitud de miras que pretendía dejar atrás la virulencia fideísta amparándose en la Razón y los conocimientos de la Ciencia (curiosamente vinculado inicialmente a la teología cristiana; cabría estudiar la influencia de algunas órdenes religiosas en la formacion intelectual de la burguesía de la época); fue una expresión positivista, una reinterpretación del racionalismo moderno (que en realidad había reinventado la misma religión al hablar de dos mundos) buscando una exaltación de la Humanidad y su convivencia.

En España las figuras de Julián Sanz del Río o Francisco Giner de los Ríos o Manuel Bartolomé Cossío y su humanismo krausista (aunque no sea exacto) pueden constituir una expresión de ese modernismo europeo, y por tanto una de esas corrientes conscientes de nuestra “miseria” menéndezpelayizante elevadora de esencias divino-universales y castigadoras de toda opción de cambio (conste mi admiración por la obra del santanderino, no así por sus efectos); la constitución de la Institución Libre de Enseñanza y la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, con el trasfondo del intento reiterado de impedir la Libertad de Cátedra promovido por el reaccionarismo católico, la puesta en marcha de la Residencia de Estudiantes como tentativa de establecer una Enseñanza Superior emancipada del patrioterismo son el caldo de cultivo real de la intelectualidad que conformaría la llamada Generación del 27 (y aquí cabría evaluar el impacto del foco de pensadores malagueños en todo el fenómeno) y de un cierto republicanismo.

El problema es que poniéndole un nombre, circunscribiéndola al acto-homenaje a Góngora y citando a los participantes presentes decimos una verdad histórica pero simplificándola: ¿sólo Madrid?, ¿sólo los poetas?, ¿sin feminismos?, ¿sin ciencia?, ¿sin política?, ¿todos por igual sin matices ideológicos?, ¿la racionalidad republicana y el intento de reforma educativa, militar y agraria no son parte del mismo movimiento que conformó las circunstancias que provocaron la reunión? La voluntad de borrar esta tendencia, para evitar su repetición, para evitar el reconocimiento a la nueva España que se impidió ser (quizá a finales del siglo XX se inició un proceso de apertura que hoy se intenta clausurar, otra vez), preside la actividad intelectual hegemónica durante la cuarentena de años que gobernó el Ejército después de la Guerra.

Este Segundo Renacimiento cultural o Edad de Plata fue visible en todos los ámbitos y territorios del Estado español, de hecho se podría estudiar por provincias, por capitales o pueblos, y encontraríamos hombres de mérito en casi todas las disciplinas, mujeres conscientes cambiando la mentalidad de las familias, el inicio de una eclosión que debía llevar a la modernización de la sociedad, de la llamada Civilización Española (Rafael Altamira). Se había iniciado la superación del paradigma nacional-católico, cubierto y auspiciado por el idealismo imperial citado; una corriente de pensamiento renovado pretendió dejar atrás el españolicentrismo en favor de un culturacentrismo vinculante, transformador, quiso la superación de la Edad Media perviviente en nuestra Iberia sin Ilustración efectiva… Son cientos, en realidad miles los integrantes de la Generación del 27, porque son un movimiento estructural (aplastado) de transformación social: ¿por qué estudiar sólo a un puñado en un entorno controlado y dentro de un simbólico homenaje en Sevilla?

El franquismo se hizo transmisor de una decimonónica enfermedad mental: el Complejo del Número Uno, la idea según la cual la inteligencia y el brillo son medibles por tu capacidad para sacar una oposición sin usar la condición crítica; por resumir con elocuencia: para ellos tenía más mérito un juez empollado en las leyes del nazismo que un humanista capaz de entender el Derecho y la Justicia (a lo Fraga, se podría denominar también así esta desgracia). El dato: como si existiera una supuesta objetividad y el estudio pudiera prescindir de entender causas y efectos en su caótica veracidad; el dato, las fechas, los nombres… la interpretación no sirve porque (presuponen ellos) sólo una versión es la correcta o natural y no cabe discutir. Así se podía citar incluso a desafectos y contrarios a la moral nacional-católica o estudiar hasta a un asesinado como Lorca, porque son un hecho… no una tendencia, y eso sí es soportable para el totalitarismo, están localizados, controlados, diagnosticados: no hay que explicar qué perseguían, basta con decir lo que hicieron (sesgando lo “no importante”). Repito, porque éste es el núcleo de la tesis que defiendo: desarticulando la tendencia histórica, aunque se citen los hechos, se desacredita la importancia real, se desvirtúa el significado histórico de este Segundo Renacimiento Español.

En mi memoria de colegial, compartida con amigas y compañeros mientras redacto estas líneas, la Historia de la Literatura Española abarca: algún poema épico fundacional de la nación, el Siglo de Oro, un noséqué a la Jovellanos, la Generación del 98 y la Generación del 27. Ea, desmontada la estructura, he aquí sin darnos cuenta que nos han colado por la puerta de atrás el triunfo de la historiografía laínentrálgica, la grandeza de España explicada con la grandeza orgullosa de nuestros creadores patrios mayores… y nada más.

Supervive la patria de las esencias.

[Adaptación de parte de una conferencia sobre la Generación del 27 y la Música]

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