lunes, 18octubre, 2021
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Ignorancia, educación y voto

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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La ignorancia, es desconcertante. No me refiero a la ignorancia de los otros, que es la que usualmente señalamos, sino la propia. La ignorancia de uno es, pues, desconcertante. Y lo es porque se trata de un fenómeno extraño, incluso podríamos decir que contradictorio: el conocimiento agranda la ignorancia. O, dicho de una manera más exacta: el conocimiento agranda la conciencia de la ignorancia propia. A medida que uno va aprendiendo, tan lentamente y a cuenta gotas, va tomando conciencia de la magnitud de la ignorancia que uno alberga. Cada descubrimiento propio, que parece una gran antorcha de lo aprendido, se convierte en una simple chispita ante el nuevo mar de ignorancia que se abre con ello. Así, aprender, curiosamente se convierte en ir aumentando la conciencia de todo aquello que llegamos a ignorar. Y es mucho; casi todo. Permítanme elegir dos humanos al azar, y les diré que coinciden mucho más en aquello que ignoran que en aquello que saben. Tanto da el color de su piel, su religión, lugar de nacimiento, cultura o, incluso, formación. Un premio Nobel de física y un agricultor, así como dos premios Nobel o dos agricultores, coinciden más en todo aquello que ignoran que en todo aquello que conocen, de la misma manera que usted y yo ante cualquier otro humano. Estamos unidos en nuestra ignorancia.

Por lo tanto, es un engaño creer que a la ignorancia se la vence, peor creer que el conocimiento es capaz de derrotar a la ignorancia. Más bien hay que aliarse con ella, y adentrarse en ese vasto mar embarcados en el conocimiento, y ver hasta dónde somos capaces de llegar, explorar, aprender, comprender.

Cobra, entonces, relevancia la respuesta de Sócrates, el manido <<sólo sé que no sé nada>>, como el conocimiento máximo de la dimensión de la ignorancia. Es como si el sabio griego, en un instante de conocimiento extremo, hubiese podido vislumbrar la magnitud de todo aquello que ignoraba. Ante tal magnitud, la gota de conocimiento de uno mismo y la mayor (o menor) gota de conocimiento de otro, respecto a la magnitud de la ignorancia, apenas se distinguen. Son <<nada>>. Así, la pregunta formulada que depara tal respuesta, casi que es irrelevante: cualquier pregunta estará destinada a acabar igual. ¿Conlleva, esto, un menosprecio del conocimiento? Todo lo contrario: el sabio nos dice <<sólo (sí) sé>>, es decir, el verbo “saber” es necesario en positivo, por minúsculo que sea, para que la fórmula se aguante. Sería muy diferente que hubiera dicho simplemente <<no sé nada>>, y la profundidad filosófica se habría diluido porque, además, evidentemente no es cierto: todos sabemos algo.

La cuestión reside en “saber” de la ignorancia propia, tener esta conciencia. Y esto nos acerca a una paradoja: conocer, aprender, no es ir marcando las casillas de las cosas aprendidas, sino ir aumentando el número de casillas incomprendidas, esas que tendremos que marcar. Ahí es donde reside la conciencia de la ignorancia propia, la cual deviene, por sí misma, un estímulo de conocimiento. ¡Qué triste vivir sin estar rodeado de todas esas casillas por marcar! ¡Qué pobre no percibir cómo van aumentando de una manera exponencial! Y no hay angustia ante la imposibilidad de ganarle terreno a la ignorancia, sino que aparece, como ante tantos factores, el maldito tiempo: la mortalidad propia, nuestro límite más verdadero. Conjuntar esta conciencia de mortalidad (tomada como un “no vivir como si fuéramos inmortales”) con la conciencia de la propia ignorancia, da una enorme relevancia al gerundio: ese tiempo verbal que transforma el “vivir” en un “viviendo”, que no es lo mismo. Lo abstracto, que a veces cierta confusión lo interpreta como grandilocuente, nos lleva así a lo concreto, lo pequeño, los detalles, los minutos. Toda sinfonía es un conjunto de notas aisladas, pero el goce se produce al percibir el conjunto, por mucho que el tiempo nos las presente una tras otra, en una sucesión.

Ante todo ello, me atrevo a plantear si no hay una pequeña confusión entre lo que significa el conocimiento (desvelar la ignorancia propia) y la mera adquisición de datos. Los datos, son parte del conocimiento, pero no son este. Los datos, normalmente unidisciplinarios, son eso, datos. La inconmensurable cantidad de datos que podemos encontrar en internet (Google, Wikipedia, por ejemplo) es muy diferente de los datos que podemos encontrar en los libros. Una precisión: ir a internet a buscar un dato, normalmente sólo nos proporciona ese dato; leer un libro buscando ese dato, normalmente nos proporciona decenas de datos nuevos y nos despierta muchos más interrogantes (y, con un poco de suerte, también el dato que buscábamos). Tener más datos, no nos proporciona más sabiduría si no nos muestra, aunque sea veladamente, el océano de datos ignorados. La mera adquisición de datos, cierra, es concluyente. La búsqueda de conocimiento (desvelar la ignorancia propia) abre y expande. Y esto no es algo abstracto, sino algo aplicable a las relaciones del ser humano con él mismo, los otros y todo lo que le rodea: el trabajo, la familia, el sexo, el amor, la amistad… y la relación con la naturaleza, con las cosas, los objetos, la economía y, también, con las creencias o religión. Los datos, convertidos en algo aislado, devienen como objetos de consumo del conocimiento, un neoliberalismo aplicado a la cultura.

Una pequeña crítica a Internet (¡sacrilegio!) es que está pensada y se utiliza con una utilidad muy circunscrita a ella misma. La enorme velocidad de acceso a un dato (sin parangón en la historia de la cultura o ciencia) es, también, un freno para la exploración (no confundir con la deambulación por un mar de datos). Aunque entiendo perfectamente que pueda parecer anacrónico, el conocimiento impreso, con la lentitud que requiere (leer una página, luego otra) me parece que se comporta mucho más como una Red, como un tejido. A la Red de conocimiento le es ajena la velocidad de acceso del que se dirige a ella, y el quid está en la extensión (y, por tanto, el desvelo de otras conexiones) de aquello que se puede abarcar. La Red está en el conocimiento y no en el modo (por ejemplo, Internet) de acceso. Pero el modo de acceso sí nos afecta a nosotros: el conocimiento se hermana con la reflexión, que necesita lentitud. Todo ello sin negar el gran avance tecnológico y sus increíbles oportunidades. Y también, valga mi ignorancia, de la capacidad de relacionarlo con el complejo sistema de nuestras redes neuronales. Nota aparte requiere precisar que las llamadas “redes sociales”, en muchos casos, poco tienen de sociales: se circunscriben a un segmento muy preciso del ámbito social donde se mueve cada uno, tendiendo a tomar una parte por el todo, dando relevancia a lo afín a esa red precisa… e ignorando lo que no se ve. Es decir, se comportan como vehículos de datos afines.

Todo avance humano, ya sea social, científico, artístico, parte de una certeza: la certeza de la duda, ligada al pensamiento crítico. Para plantearse si la tierra es redonda, uno debe dudar de la creencia establecida de que es plana. Esta certeza en la duda, que es la que empuja la nave del conocimiento (y remando con la curiosidad), parte del reconocimiento de la ignorancia propia.

Pero el artículo no se titula “Conocimiento e Ignorancia”, sino que de la ignorancia el título pasa a la educación y el voto. Porque lo anteriormente expresado, un servidor opina que es profundamente social y político. A uno le parece que debería profundizarse más en las conexiones existentes entre conocimiento e ignorancia, duda y educación, datos y pensamiento crítico y, finalmente, el voto y los nuevos totalitarismos que se sirven de la estructura democrática. De vez en cuando, este análisis se suele hacer, naturalmente desde la izquierda (o el sucedáneo, en USA, del partido Demócrata). Sin embargo, uno piensa que se hace de la peor manera, desde una condescendencia totalmente infértil (y creo que, los hechos, lo demuestran). Me refiero, siendo burdo pero explícito, al típico comentario de “no hay nada más tonto que un obrero votando a la derecha”. Este tipo de comentarios, aunque suelen ser más finos o educados, esconden exactamente lo contrario de lo expresado en este artículo. Y, en cierto modo, las izquierdas llevan muchos años actuando así, dando más munición a las derechas, cada vez más totalitarias, para que aumenten su cosecha de votos. En cambio, esas clases dominantes, sí que han hecho bien su trabajo, mediante Think Tanks o como lo prefieran denominar, de estudiar qué mensajes, qué símbolos, qué canales, qué procedimientos, etcétera, hay que seguir para llevar a cabo su propósito.

Solamente una falta de humildad o de duda, es decir, cierta soberbia de la izquierda (convencida de que tiene la razón y de que el que no lo ve, está manipulado) sustenta esos años de retraso que han permitido que el populacho, la mayoría de nosotros, estemos a merced de un sistema que lo invade todo (incluso a la misma izquierda que, acongojada, se autodenomina “moderada”, temiendo el calificativo de radical… cuando lo radical es el sistema neoliberal consumista que se está imponiendo). El camino principal para luchar contra ello, según la opinión de un servidor, es el lento de un sistema educativo que premie la curiosidad, las ansias de conocimiento, la duda frente a las certezas totalitarias, y potencie al máximo las capacidades de pensamiento crítico de los individuos. Un sistema educativo con un prestigio social, y emolumentos, que encamine a los mejor preparados a pertenecer a él. Un sistema educativo sin un ápice de religión, y que esta sea relegada a lo familiar, pues los derechos del niño están por encima de las creencias de los padres (cosa que no impide la historia de las religiones, con lo que han significado y significan). Un sistema educativo, al fin y al cabo, que sea el pilar que sostiene la sociedad. Y sin olvidar que la educación (como formación) no solamente se basa en la transmisión, sino también en la imitación.

En una entrevista en el suplemento de Babelia (29 de junio de 2016), George Steiner decía sentirse asqueado por la educación actual, que era una fábrica de incultos y que estábamos matando los sueños de nuestros niños. El sabio y erudito (que uno admira profundamente y que considera que era ambas cosas) dejaba traslucir un cierto desprecio. En la misma entrevista, el señor Steiner aseguraba que no contemplaba una hipotética (entonces, en junio de 2016) victoria de Trump. Aseguraba, con gran seguridad y convencimiento de su certeza: <<no ocurrirá>>. Algunos analistas consideran que el desprecio, expresado públicamente, de Hillary Clinton hacia la antigua clase media americana, tuvo que ver con la victoria de Trump.

La educación es política, más que otros aspectos que se revisten de mayor importancia. Lo que sucede es que, la educación, es la política del futuro. Una sociedad que menosprecia a sus niños y jóvenes al no potenciar sus capacidades individuales de pensamiento crítico, es una sociedad que menosprecia su futuro. Porque, dicho de otra manera, el presente que tenemos también es una consecuencia del pasado. Tal vez el abandono de Grecia, cómo Europa le ha dado la espalda, sea la cruda metáfora de aquél que desconoce que todos los tiempos (pasado, presente y futuro) están entrelazados. Dar la espalda a la cultura, tarde o temprano significa menospreciar la educación y, un poco después, recortar las posibilidades del futuro. ¿Será este futuro un deambular como autómatas entre un objeto y otro? ¿Creerse libres en la esclavitud de la adquisición en un consumismo desenfrenado?

De la misma manera que la religión puede convertirse en un símbolo de sí misma, y sus ritos y tradiciones, desligados del sentido, devienen solo una forma hipócrita sin contenido, también el conocimiento puede convertirse en un símbolo de sí mismo, y los datos, desligados de su sentido, devienen solo una forma hipócritamente erudita sin contenido. Y, de este modo, también la democracia puede convertirse en un símbolo de sí misma, y los procedimientos democráticos, desligados del sentido, devenir solamente una forma hipócrita y totalitaria sin contenido.

Sabemos que el humano no nace como una tabla rasa, y que, de los miles y miles de años de nuestra evolución o progreso, los últimos dos o tres mil años son muy recientes. Es en este sentido que la fuerza de lo instintivo está sumamente relacionada con nuestra interacción con el medio en el cual vivimos. La supeditación (aunque relativa) de este medio de la naturaleza al ser humano, es muy reciente. El miedo ha sido siempre un factor determinante para la supervivencia, algo que, por tanto, llevamos muy anclado en nuestro interior. El miedo es una emoción que produce enormes cambios en el humano. Los hermanos Castro Nogueira en “¿Quién teme a la naturaleza humana?” nos listan y explican los cambios que produce el miedo en la percepción y atención, en la motivación, en la atribución de valores, la memoria, la expresión y recepción comunicativa, cambios fisiológicos, respuestas innatas, etcétera. Todo ello imprescindible durante los miles de años en que el medio era algo hostil para la supervivencia. Y solamente se le puede contrarrestar con la educación en el conocimiento, así que esta educación es el gran enemigo de aquél que pretenda controlar esta emoción (el miedo) para, así, teledirigir desde una cómoda distancia las reacciones humanas. ¿Y quién utiliza continuamente el miedo en sus mensajes?

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