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Ibra, el senegalés que ayudó a Samuel cuando la jauría lo atacaba, merece los papeles ya

Fue el único que intentó ayudar a la víctima mientras decenas de testigos contemplaban cómo se producía el asesinato

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A Samuel Luiz lo mataron en medio de la calle mientras la gente miraba sin hacer nada. Hubo alguno que quizá grabara el linchamiento con la idea de subir el vídeo a las redes sociales; otros siguieron paseando por Riazor, como si nada, en la apacible noche de verano; y la mayoría pasó de largo. Total, otra pelea de borrachos, una más, una trifulca como hay cientos cada fin de semana. Nada que pudiera perturbar una fresca madrugada de ocio y placer entre el Playa Club y la avenida de Rubine. ¿Por qué meterse en líos cuando uno puede seguir tomando copas y disfrutando de una velada agradable con la familia o los amigos? Ya lo arreglarán los municipales.

A nadie se le ocurrió telefonear a la policía, pedir ayuda, denunciar la brutal paliza. Si una patrulla hubiese llegado a tiempo, hoy Samuel seguiría entre los vivos. A los agresores no les hubiera dado tiempo a ensañarse durante quince largos minutos con su presa. En lugar de cien golpes en la cabeza la víctima habría recibido la mitad, quizá una tercera parte, y su cráneo habría resistido hasta la llegada de la ambulancia. Al ver aparecer a los agentes es seguro que las bestias habrían salido por piernas, como buenos cobardes que son. Así actúan las alimañas, muerden y huyen, cazan y se alejan, matan y se pierden en la oscuridad. Todo lo hacen grupalmente, en masa, ocultos tras el anonimato de la muchedumbre. Son muy bravos y muy machos cuando van en manada, pero se cagan en los pantalones cuando se ven solos ante los agentes de la ley. Ese es el primer rasgo de carácter de un mierda.

Lamentablemente para Samuel, los policías nunca llegaron porque nadie telefoneó a las fuerzas del orden. Lástima. Los testigos miraron para otro lado, el tiempo se perdió miserablemente, el público asistió impertérrito al drama callejero por desidia o por miedo. Es difícil saber lo que puede pasar por la cabeza en esos momentos de tensión, lo único cierto es que nadie movió un solo dedo para detener la barbarie. Todo se conjuró para que al pobre muchacho le arrancaran la vida como quien siega una flor. Solo un hombre, tan solo uno, decidió intervenir. Y tuvo que ser alguien muy especial, no un vecino cualquiera del barrio, sino un ser llegado de tierras lejanas y cargado con un mensaje importante de ética y humanidad. Un senegalés, un inmigrante, uno de esos a los que algunos quieren echar del país de una patada en el culo por indeseable, por mena y por vago subvencionado. Un humilde sin papeles pero con un papel heroico que cumplir en la tragedia de Riazor.

Samuel e Ibra, vidas paralelas

Ibra Shakur, así se llama el protagonista de esta historia de arrojo y valor, salió de algún lugar del paseo marítimo en cuanto vio que el matón amenazaba a Samuel con esa frase que hiela la sangre (“o paras de grabar o te mato, maricón”) y cuando la horda asesina se abalanzaba sobre la víctima como vampiros sedientos de sangre. Sin pensarlo dos veces, sin meditar las consecuencias que su decisión podía acarrearle, no dudó en meterse en medio de aquel fregado del que no sacaba nada en claro salvo un puñetazo y algún que otro insulto como negro de mierda. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se entregó de esa manera tan generosa con grave riesgo para su vida? Sencillamente porque no era como el resto de indolentes que estaban por allí; porque él venía de otro mundo muy distinto, quizá no tan rico y próspero, pero donde unos se ayudan a otros en humana fraternidad; porque a él le enseñaron que cuando alguien necesita ayuda hay que intervenir y porque pese a que aquí lo consideran un don nadie, un perdedor, un mantero, demostró tener más dignidad, más integridad moral, más humanidad y más agallas que todos los abúlicos y miedosos que giraron la cara hacia otro lado para no mirar, para no ver, para no tener que tomar partido. A todos esos ciegos que no quieren presenciar el horror y que creen que vivirán siempre felices también les tocará la china algún día. A todos esos que piensan que esto no es para tanto, que no hay tanto odio como dicen, que no existe la homofobia y que el terrorismo machista es un cuento de rojas feministas, también se les cruzará la bestia en algún momento. La violencia en estado puro es el fascismo y el fascismo es una mentira contada por matones, como dijo Hemingway. Más tarde o más temprano todos tendremos que tropezarnos con uno de esos pendencieros que hacen ley de su santa voluntad y sus impulsos más primarios.

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Obviamente, el buen senegalés no pudo hacer demasiado por salvar a la víctima. Los asesinos se lo quitaron de encima a las primeras de cambio y emprendieron su brutal caza del hombre por las calles de la ciudad. Al carecer de papeles, Ibra tuvo miedo de que apareciese la policía y se lo llevaran detenido (eso es lo que suele ocurrir cuando la pasma trinca a uno como él). De cualquier manera, no se podía hacer nada por el linchado. Aquel chaval que corría calle abajo, tropezando, trastabillándose y tratando de escapar desesperadamente de sus verdugos, ya estaba muerto. “Fue la única persona que intentó ayudar a Samuel”, relatan las amigas del muchacho asesinado abrazándose a Ibra y haciendo piña con él para agradecerle su valor.

Nadie sabe lo que será del joven inmigrante. En A Coruña se ha despertado un auténtico movimiento social que pide a gritos su regularización en España. Sería un buen final para esta historia, no un final feliz porque nadie podrá devolverle la vida a Samuel, pero sí al menos un final con un rayo de esperanza y la sensación de que no todo está perdido. Nos hace falta gente así en este país; honrados africanos que depuren la sangre europea decadente y enferma; valientes que hagan frente al monstruo del odio que se nos viene encima.

De alguna forma, en medio del frenopático en que se convirtió Riazor aquella noche terrible, entre los locos que agredían y los que se hacían los locos, brillaron dos perlas preciosas cada vez más escasas y difíciles de encontrar: el buen muchacho que ayudaba a los demás en la Cruz Roja y el extranjero sin nada capaz de darlo todo, hasta su propia vida, para defender a otro. No hay ninguna duda: con más Samueles y más Ibras, el mundo iría mucho mejor.

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