Sin haber llegado al campo, ya tuvieron la sensación de que iban a sufrir. El policía que paró el autobús, parecía recién salido de una de esas películas americanas de miedo, en el que una joven pareja de novios se adentra en un desierto polvoriento por una carretera solitaria y se topan con un shérif malvado de gafas de espejo que intenta echarles de la carretera.

El autobús paró a diez manzanas del estadio por la imposibilidad de seguir. El policía les ordenó bajarse. Según él, la calle había sido cortada hacía unos días por obras. Debían hacer el escaso kilómetro que quedaba hasta el estadio andando. Y sufrir a los hooligans del equipo local que les estaban esperando aglomerados en las aceras, soltando improperios y amenazas. Pero no había obras.

A la llegada al Coliseum, en lugar de que un empleado les acompañara a sus vestuarios, les dieron un plano con indicaciones erróneas. Se perdieron en el camino. Los nervios estaban a flor de piel. Cuando por fin dieron con el guardarropa, una mierda humana y fresca ocupaba el asiento de madera que había debajo de la taquilla rotulada con el número 10. Era la bienvenida a la estrella del equipo. Un estado de latente ansiedad empezaban a hacer mella en el grupo que estaban siendo conscientes de que no iba a ser nada fácil jugar ese partido. Estaban en casa ajena y, por lo que habían sufrido hasta el momento, las reglas no parecían ser las habituales. 

Las duchas estaban sucias y una decena de cucarachas corrieron a ocultarse en cuanto el capitán del equipo abrió la puerta del primer cajetín individual. Quería saber si, viendo el estado general de las duchas “corridas” la individual para minusválidos estaba en mejor estado, pero estaba claro que todo allí estaba dispuesto para acongojar al contrario.

Por fin saltaron al campo. Apenas había metro y medio entre el público y el terreno de juego. El colegiado y sus ayudantes sortearon campo y saque. El primer balón lo puso en juego el equipo de casa. Pero incomprensiblemente, en un pase erróneo, el jugador local se la pasó al número 10, la estrella del equipo contrario. Este, partiendo desde su propio campo, en un carrerón en el que sorteó a seis contrarios, acabó metiendo gol. Apenas pasaban treinta y cinco segundos de juego.

Sin embargo, el árbitro anula el gol y pita fuera de juego. Los jugadores del equipo visitante se arremolinan y rodean al árbitro y le dicen que Mcfly ha salido de su propio campo. El árbitro no acepta reclamaciones. Saca la tarjeta amarilla y se la enseña a tres de los jugadores visitantes. Al que portaba el número cuatro, que estaba a dos metros del árbitro y que no intervenía en la reclamación, pero que tiene fama por ser demasiado impulsivo, le saca directamente la tarjeta roja. Requejo I, el jugador expulsado, corre hacia el colegiado y le presenta sus respetos en forma de puño en la cara. Hay una tángana entre jugadores locales y jugadores visitantes. El árbitro se repone del puñetazo y enseña la roja a otros dos jugadores visitantes.

El entrenador visitante, que ha saltado al centro al ver la pelea, logra poner paz entre los suyos. Se reanuda el juego. El equipo local, saca el fuera de juego dónde lo ha marcado el colegiado, en el campo del equipo visitante. Los jugadores se echan las manos a la cabeza. No han empezado el partido, ya les han anulado un gol y van a tener que jugar con ocho en lugar de los once reglamentarios.

Un pase largo del jugador número seis de los locales lo recoge en solitario su compañero que lleva el número 11. Cuando sacaron el fuera de juego, él ya estaba solo, junto al portero, en el área contraria así que no hay duda de que es “off side”. El portero se queda parado y Chunguito empuja la pelota dentro de la portería. El portero recoge la pelota para sacar el fuera de juego, pero cuando se vuelve se da cuenta que el árbitro ha concedido el gol y que corre hacia el centro del campo perseguido por los compañeros de Mcfly. Su entrenador que ha saltado del banquillo como si tuviera un resorte, se va hacia ellos intentando poner paz. Ya sabíamos que iba a ser difícil, les dice, pero si nos volvemos a enfrentar al árbitro acabaremos todos expulsados. Hay que jugar con la cabeza. Somos mejores y el árbitro no puede anularnos todos los goles. Los jugadores aceptan de mal grado los consejos de su entrenador, que de vuelta al banquillo, oye un pitido. Se gira sobre si y tiene al árbitro a dos pasos con la tarjeta roja en alto.

La policía, tuvo que salir al césped y sacar al árbitro de entre las garras de un corro de jugadores visitantes que intentaban lincharle.

El árbitro dio por finalizado el partido con el resultado de 1-0 cuando se llevaban jugados apenas dos minutos. Días más tarde, el comité de competición expulsó al equipo visitante de la competición.

En las gradas, algunos hinchas locales comentan que no les gustaba lo que acaban de vivir. No quieren ganar así.

Sin embargo, la mayor parte de los aficionados del equipo local aplauden la victoria. No les importa como se ha conseguido, ni tampoco las trampas, porque lo importante es que han machado a los contrarios.

 


 

Ibextidura

 

Vivimos una época convulsa. Desde que hay constancia de que el hombre es hombre, las guerras de poder han sido un hilo conductor de la humanidad. Primero por quedarse con la mejor de las piezas cazadas, luego por adueñarse en exclusiva de los lugares dónde la caza era más fácil, más tarde por el territorio que controlaba otro cuya anexión era necesaria para dar salida a la familia, después por sacar partido económico de la influencia en estados limítrofes y ahora por el comercio y la explotación de los recursos naturales a nivel mundial.

Que en todos los sitios cuecen habas, es evidente. Hay cientos de libros y películas que relatan traiciones y luchas de poder desde el imperio griego al sacro imperio romano germánico, desde la edad media a la actualidad. Decenas de series como la de “Sucesor designado” que relatan tramas de poder en la diana del Imperio, los Estados Unidos.

Lo que nunca habíamos visto hasta ahora, o al menos yo no soy consciente de que esto haya sucedido antes es el hecho de jugar con trampas. Hasta ahora, a lo largo de la historia, a los conspiradores si les salía mal, se les acababa la vida o eran finados en una oscura celda del castigo. Hasta ahora que tenemos golpistas fallidos viviendo en el país que han dado el golpe, mientras la comunidad internacional, siguiendo al amado líder del imperio, sostiene económicamente y reconoce como poder legítimo. Hasta ahora que un sátrapa cuya participación en el asesinato y posterior descuartización del periodista opositor asesinado está probada, es recibido con honores y placer por el resto de líderes mundiales del G20. Hasta ahora que los fascistas acceden al poder beneficiados por corruptelas judiciales y en lugar de ser repudiados, son tratados con respeto y beneplácito.

La ley nunca ha sido hecha para ser universal. Entre otras cosas porque la ley no la hace el pueblo, sino quién se erige en su representación (ya sea mediante poder de los votos, ya por el de las armas, ya por el de las trampas), aunque en realidad representa al poderoso que es quién le asegura un futuro boyante que jamás obtendría siguiendo esas leyes que se hacen para ejecutarlas en sus representados.

Si la coyuntura internacional está totalmente podrida, la nacional no iba a ser menos. En España no hay quién nos gane en eso de las trampas. Es algo que durante siglos y siglos se ha mamado. Desde pequeños las trampas en las cartas o juegos de mesa, son vistas como algo ingenioso. No es extraño pues que acabe siendo algo más que una forma de vida. En otros países, a un estudiante que se le pilla copiando se le ha acabado la carrera. Aquí o se hace la vista gorda o el castigo más severo es el del suspenso en ese examen. Hacerle trampas al fisco es poco menos que una heroicidad y en política es el día a día de la mayor parte de la fauna que vive de ella.

En estos días en los que se está a vueltas con la investidura (o IBEXtidura, por lo que se está viendo) del nuevo gobierno que debiera salir del resultado de las elecciones del 28 de abril, nos estamos dando cuenta que, en realidad las elecciones no sirven para poner o quitar gobiernos. Desde el principio, cuando el régimen franquista cambió de nombre para seguir siendo lo mismo pero con otra pintura distinta, se tomaron medidas, como el reparto de escaños por provincias y la Ley D’Hondt, para que fuera imposible que alguien fuera del Régimen del 78 llegara al gobierno (que no al poder que es ejercido en exclusiva desde los Reyes Católicos casi por las mismas familias). Ya hemos contado alguna vez que lo ocurrido en Suresnes fue una operación Caballo de Troya en toda regla y que al pobre LLopis lo pillaron en fuera de juego. La teoría del autogolpe del 23 F para salvar a la monarquía, tiene cada vez más verosimilitud. Más tarde, y según contaba Isaac Rosa en este árticulo, los poderes fácticos, ante la irremediable (ahí están los resultados electorales de 2015 dónde Podemos se quedó a sólo 200.000 votos del PSOE) PASOKcización del PSOE, idearon la estrategia que llevó a Sánchez desde la irrelevancia de los segundones al héroe que remonta como el Ave Fenix y lleva al partido a la victoria electoral.

Como digo, nos hemos dado cuenta de que las elecciones no sirven para poner o quitar gobiernos. Todos los analistas tenían claro el día 29 de abril (y los cientos de militantes concentrados en Ferraz que gritaban con Rivera NO, también) que tras los resultados electorales y ante la distancia tan enorme hasta la mayoría absoluta que separa al partido ganador de las elecciones, a este, no le quedaba otra que pactar para poder gobernar.

También desde el primer momento los medios de desinformación, manipulación y adoctrinamiento tuvieron a bien intentar convencer al ganador de que siguiera las instrucciones de sus dueños, el Santander y el BBVA que ya habían anunciado sus preferencias por un pacto PSOE-Ciudadanos.

No contaban, o si porque yo ya no pongo la mano en el fuego por nada, con que al aprendiz de egolatría aznariense, el pimpollo Rivera, se le subiera el ego al testuz y acabara dinamitando la operación de muleta de un PSOE al que, desde 1982 no le ha costado nada actuar conforme a los intereses de esos poderes fácticos (la OTAN la UE, privatizaciones de todas las empresas públicas, Reconversión Industrial, tres reformas laborales, dos de pensiones, ETT`s, escuela privada concertada, privatización y externalización de los servicios públicos sanitarios, Pacto de Toledo, Pactos de la Moncloa, etc.).

Llegados al punto en el que no es posible el gobierno del PSOE con la muleta de Ciudadanos, parecía claro que la única salida, insisto porque los 123 diputados del PSOE quedan muy lejos de los 175 necesarios para gobernar con mayoría absoluta y de los 165 que al menos podrían dar cierta estabilidad, era la del pacto PSOE-PODEMOS. Un pacto aplaudido tanto por aquellos que “prestaron” su voto para que no volviéramos a un gobierno de fascistas, como por los que creímos y seguimos creyendo que el único voto útil para realizar políticas mínimamente sociales que afecten a la mayoría, es el voto a esas formaciones que han demostrado con sus gobiernos municipales que se pueden hacer las cosas bien y en mayor cantidad sin necesidad de robar, honestamente y con menos presupuesto.

Pero claro, el pacto que el PSOE quiere porque es el que quieren los poderes que sustentan este Régimen absolutista, no es el que quiere PODEMOS. Ellos no quieren que los de Iglesias toquen poder por dos razones. La primera es que meter a Pablo Iglesias, Irene Montero o Alberto Rodríguez (un tipo que dejo salario de alto ejecutivo en una multinacional para vivir de los 1800 euros del partido) en el Consejo de Ministros es como meter a ese niño sabelotodo entre bambalinas para que vea los trucos del mago y luego acabe fastidiándole el Show en directo revelando las artimañas. Y Segundo porque es muy posible que pese a todas las trabas, las trampas y los impedimentos que les pondrían a la hora de ejercer la acción en sus ministerios, lo harían bastante mejor que los del principal partido del Régimen del 78. Y cuando digo mejor me refiero para ese 90% que vive su vida normal sin sobresueldos, comisiones, financiaciones ilegales o ayudas públicas. Para la gente que se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar. Para los parados de larga duración a los que se les obliga a vivir de la caridad. Para los jóvenes que no han podido largarse al extranjero o no han querido y que tienen que mal vivir llevando bolsas de Delibero, como eternos becarios o del subsidio de sus padres. ¿Qué pasaría si alguien del gobierno informara al público de las razones por las que no se saca la lista de personas que se acogieron a la amnistía fiscal de Montoro? ¿Y si alguien, como hizo Sanchez Mato en Madrid, se negara a la estabilidad presupuestaria porque es posible hacer políticas sociales y no aumentar el gasto? ¿Que pasaría si uno de los ministros nos explicara que se está destruyendo la escuela pública con la connivencia del gobierno central? ¿Y si confirmara que la privatización sanitaria supone el doble del gasto y además está hecha para favorecer a esos poderes fácticos que mandan realmente? ¿Cómo van a permitir que alguien que tiene principios, que no está cogido por los huevos de los prestamos bancarios para concurrir a elecciones y que pueda ser un peligro para este sistema oligárquico y absolutista entre en el gobierno?

En este estado de la situación, se ha empezado un nuevo complot fáctico para desposeer a Rivera de su aureola de chico bueno con el fin de acabar con él políticamente. Ahora informan de sus manías de grandeza, de su egoísmo y de sus ansias de poder. Incluso su máximo adalid, el grupo PRISA, ha empezado a sacar esperpénticos artículos sobre la vida privada de Falangito y su pareja Malú. Y no me extrañaría que cualquier día aparecieran fotos comprometedoras que demuestren eso que está en boca de todos. Cualquier cosa con tal de que el partido falangista retorne al redil y acabe prestando sus votos para la “IBEXtidura” de Sánchez.

Estamos jugando en un campo contrario, con unas reglas que solo nos afectan a nosotros y que pretenden o doblegarnos a través de las trampas, o que acabemos encerrados por saltarnos esas normas que nos constriñen.

Aquellos que hicieron de la explotación humana y de las obras faraónicas, primero con los pantanos del franquismo, después con la obra pública del Régimen del 78 y más tarde con la privatización de la sanidad y la escuela, su modo de enriquecerse más y más y de acumular todo el poder, no van a permitir que cuatro ilustrados universitarios respaldados por las moscas cojoneras de toda la vida, les jodan el negocio y acaben, aunque sea por casualidad, encerrando sus últimos días en una cárcel pública.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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