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“Hubo en momento durante la pandemia en que pareció que otra vida podría ser posible”

El escritor onubense Coradino Vega aborda con exquisita sensibilidad la trayectoria de tres artistas de disciplinas diferentes que optaron por aplicar la quietud como actitud ante la vida y el arte en general

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Hay libros que se disfrutan como un Beaujolais de temporada o las Variaciones Goldberg de Bach. Una vida tranquila (Galaxia Gutenberg), del escritor y crítico literario Coradino Vega (Minas de Riotinto, Huelva, 1976) es un ejemplo de ello. La sensibilidad y maestría con la que aborda la vida y trayectoria artística del pintor Giorgio Morandi, la poeta Jane Kenyon y el pianista Frederic Mompou, entrelazados con escenas de la película francesa De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010), conforman un todo ejemplar para analizar en profundidad el arte en general vinculado al sosiego, la contemplación y la quietud. Una forma de vida que se hace arte y viceversa.

Una película del cineasta francés Xavier Beauvois y tres artistas (un pintor, una poeta y un pianista) entrelazados por el ansia de belleza y búsqueda de la tranquilidad como forma de vida y creación. ¿Por qué precisamente estos cuatro ejemplos?

En la gestación de un libro siempre hay un componente de azar, yo diría que casi subconsciente. A mí Giorgio Morandi siempre me pareció un modelo a seguir, y no solo porque su pintura me gustara mucho, sino por su manera retraída de concebir su oficio en relación con el mundo. Y en esa forma austera e incondicional de dedicarse a lo que a él más le gustaba, hay algo que lo asemeja a los monjes de De dioses y hombres, al modo concentrado y pleno de dedicarse a las tareas cotidianas que tienen estos en la película. Luego reparé en que en la poesía de Jane Kenyon había también una atención especial a las cosas prácticas y tangibles; y que en esa preferencia por lo sencillo había una búsqueda contemplativa de lo sagrado similar, desde un punto de vista que va más allá de lo religioso, a la de Morandi. Mompou sería un ejemplo equivalente en la música, pues conforme iba escribiendo el libro, me di cuenta de que las cuatro patas debían ser esas: la vida ordinaria y, trasladando el mismo espíritu a las artes, la pintura, la poesía y la música.

“Tenemos una necesidad de simplicidad porque las cosas son precisamente complejas”

Este libro lo terminó poco antes del comienzo de la pandemia. ¿La vida, como el propio cuerpo humano, tiene resortes propios para echar el freno cuando todo parece alocado y sin sentido?

No lo sé, no soy científico y tampoco me atrevería a hacer ninguna conjetura. Pero es verdad que, cuando se lleva una vida en la que todo va demasiado rápido e incluso resulta de algún modo excesivo, quizás sea bueno parar, hacer balance y ponderar qué estamos haciendo mal y qué merece más la pena, tanto a nivel privado como público. Muchos lo hicimos durante el confinamiento. Lo triste es que se nos haya olvidado tan pronto y haya servido de tan poco. Hubo en momento en que pareció que otra vida podría ser posible (por ejemplo, en lo que se refiere a la contaminación de las ciudades), y honestamente pienso que lo sigue siendo.  

¿De dónde cree que parte el error primigenio que hace de nuestras vidas la búsqueda sin sentido y a tropel de unos horizontes baldíos, vacuos?

A veces creemos que lo que nos ocurre en el presente es enteramente nuevo y, si por ejemplo leemos a Montaigne, comprobamos que nuestras preocupaciones son muy parecidas a las de hace cinco siglos. Y tampoco se puede generalizar. Hay gente que consigue llevar una vida centrada y que no sufre grandes frustraciones. Es cierto que la vida parece haberse vuelto más imperiosa, más inmediata, con una necesidad instantánea por hacerlo todo y ya. No hay más que ver las cookies publicitarias, el ritmo que imponen las redes sociales o el WhatsApp; pero vivir con plenitud y ser más o menos felices me parece a mí que es el objetivo de todo el mundo. De ahí también que, en un tiempo en el que todo se ha mercantilizado, hayan cobrado tanta relevancia imposturas como el coaching, el mindfulness y demás técnicas fraudulentas de autoayuda. Tenemos una necesidad de simplicidad porque las cosas son precisamente complejas. El Tao Te Ching tiene dos mil quinientos años de existencia. 

También Una vida tranquila es un canto a la belleza, al arte como bálsamo sanador de heridas, a la sencillez como estructura perfecta contra la estulticia. ¿Lo ve así?

Es que sin arte, sin belleza, la vida no merecería la pena, ¿no? Yo estoy convencido de que la música, como la literatura, nos ayuda a seguir adelante, nos consuela en el sentido más noble de la palabra. Pensemos en Bach, en Mozart. A mí me hace mucha gracia esa crítica de raigambre transgresora o marxista que impone que el arte deba sí o sí incomodar, resultar molesto. Pues mire, si su libro me hace sentir peor de lo que ya me siento, a lo mejor resulta que tengo derecho a no leerlo. Ojo, no hablo de edulcoramientos bobalicones, sino de una propuesta afirmativa. ¿Quién ha dicho que las artes solo puedan partir de la oscuridad y la desdicha? Bueno, lo cree mucha gente, pero yo no estoy de acuerdo.

“Conforme iba escribiendo el libro, me di cuenta de que las cuatro patas debían ser esas: la vida ordinaria y, trasladando el mismo espíritu a las artes, la pintura, la poesía y la música”

¿Por qué sin belleza no es posible la justicia social, como decía Simone Weil?

Por lo mismo que le decía antes. Simone Weil sostenía que una de las necesidades vitales de la clase trabajadora era la belleza. Es una prolongación, hasta sus últimas consecuencias, del proyecto ilustrado emancipatorio. Algo en lo que también creía desde William Morris hasta quienes se enrolaron en las Misiones Pedagógicas de la Segunda República española. O Juan Ramón Jiménez. Sin acceso a la educación y la belleza en la vida cotidiana, tanto en los procesos como en los resultados del trabajo, no hay justicia social que valga. 

¿Existe en su apología de la quietud y la calma alguna hoja de ruta a la que poder asirse?

No, ninguna. De hecho, mi intención, más que hacer apología de nada, ha sido reflejar una aspiración personal, un horizonte deseable. En mi ánimo nunca ha estado prescribir nada, ni decirle a nadie lo que tiene que hacer. Sí sé que yo soy más feliz cuando tengo más tiempo para leer, pasear o hacer deporte; cuando no tengo compromisos ni exposiciones públicas, y me paro a cuidar las plantas o a observar los cambios que producen las estaciones en la naturaleza; pero entiendo que esto no sirva para todo el mundo. Lo de la quietud y la calma tal vez sería aconsejable sobre todo para quienes ejercen cargos públicos, ¿no? Tampoco cuesta tanto ser amables y cordiales con los otros, en lugar de ceder inmediatamente al instinto de la gresca y el insulto. 

¿Por qué esta sociedad consumista que nos consume a diario no apuesta decididamente por lo ordinario y cotidiano como elixir de la felicidad, en vez de inculcarnos el ansia por lo peligroso, lo arriesgado, lo violento?

No sabría decir qué es lo que acaba determinando las tendencias mayoritarias. Vivo alejado de las redes sociales. Y no me importa mucho cuál es el gusto preponderante. Tampoco creo que exista un elixir de la felicidad, sino una tentativa concreta de tomarse el presente de una forma serena, flexible y sin aspavientos. 

La estremecedora escena de Jane Kenyon y su marido a la salida del hospital evidencia que en gestos así reside el amor y la belleza con mayúsculas. Pone los pelos de punta leer este pasaje…

Ya le digo que soy poco partidario de los conceptos esencialistas o abstractos, no digamos si encima les ponemos mayúsculas. En esa escena hay, sobre todo, un acto de celebración y de gratitud. Como les ocurre a los monjes cuando escuchan la música de El lago de los cisnes, hay un reconocimiento muy poderoso del valor de estar vivo, un agradecer el mundo que nos rodea y apreciar su belleza. Algo así como lo que pretendió Beethoven con la canzona di ringraziamento de su cuarteto número 15 o Britten en el que se cita en el libro. Algo que puede que se dé con más intensidad en momentos extremos, aunque no debería ser así necesariamente.

En definitiva, ¿todo se reduce a lograr lo máximo con lo mínimo, o es algo mucho más complejo y entreverado?

Lo segundo, sin ninguna duda. Aunque puede que ese objetivo de lograr lo máximo con lo mínimo, siempre que se lleve a la práctica con rigor y trabajo y trascienda del cliché de Mies van der Rohe, no sea mal camino. Hablo incluso en un sentido político.

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