El escritor José Ángel Mañas ha obtenido el Premio Ateneo de Sevilla de Novela con La última juerga. Foto: Ricardo Roncero.

La decadencia física es la campana que marca la señal del principio del fin. De aquellos polvos… Un cuarto de siglo es tiempo más que suficiente para que las cosas encajen al fin, o definitivamente dejen de hacerlo para siempre. José Ángel Mañas (Madrid, 1971) dejó marcado para siempre sobre el papel a toda una generación de indolentes que llevaron los principios del nihilismo a la práctica entre rayas de cocaína y sexo sin ton ni son. Tras las correrías de Pedro, Roberto y Carlos por el Madrid de Malasaña, ahora vuelve con La última juerga, la secuela de Historias del Kronen que muchos le pidieron que escribiera y él nunca pensó que escribiría. Aquí está para retratar que el tiempo lo cambia todo, todo.

“No es infrecuente que uno acabe siendo lo que más odiaba cuando era joven”

 

Han pasado 25 años y ya nada es igual ni nadie es el mismo de entonces. ¿El tiempo lo pone todo en su sitio o lo descoloca definitivamente?

El tiempo modifica, sutil o no tan sutilmente, todo. Y tan poco a poco que, cuando se da uno cuenta, a veces se acaba encontrando en una posición totalmente contraria a la de partida. No es infrecuente que uno acabe siendo lo que más odiaba cuando era joven. La vida tiene esas ironías.

 

¿Esta secuela de aquella mítica Historias del Kronen es la novela que nunca quiso escribir o la que nunca pensó que escribiría?

Lo segundo. Hace ya unos años que la gente me insistía en que debía de escribir la secuela. “Queremos saber qué ha sido de Carlos”. Yo siempre contestaba que Kronen me parecía la encarnación perfecta de un momento vital y de una época. Y no veía cómo era posible retomar la historia sin desvirtuarla… Me hacía falta una idea. Pero al final la tuve. Es la anécdota central de La última juerga, la situación que me sirvió como detonante para escribir la novela. Y estoy satisfecho. En cuanto activé la voz del protagonista, Carlos se puso a relatar sus peripecias él solo.

 

Seguir en la brecha literaria pese al proceloso universo de las letras le supondrá, como mínimo, un motivo de orgullo y satisfacción. ¿No es así?

Mucho. Cuando miro a mi alrededor veo demasiados cadáveres literarios. La profesión de escritor, hoy en día, es tremendamente difícil. No creo en Dios, pero si lo hiciera rezaría todos los días para agradecer mi suerte. Escribir ficción es una actividad preciosa. Pero el mercado es durísimo.

“Cuando miro a mi alrededor veo demasiados cadáveres literarios”

 

En La última juerga recupera a los dos protagonistas quizá más antagónicos de aquella pandilla que marcó y retrató a toda una generación. ¿Por qué has elegido precisamente a Carlos y Pedro?

Entre otras cosas, por no repetir. El antagonismo entre Roberto y Carlos, unido a su historia sentimental, era el núcleo dramático de la primera parte. Había que variar. Aquí lo que tenemos es un hombre instalado y conformista enfrentado a un tocapelotas nato como Carlos y con el trasfondo de una vejez ya a la vista, puesto que los dos están a punto de cumplir el medio siglo. La decadencia física es otro de los principales temas de La última juerga.

 

Carlos es un emblema perfecto de lo que se ha dado en llamar “masculinidad tóxica”. En tiempos del #MeToo, ¿el juego ha terminado definitivamente?

En los años 90, en la España de la posmovida, no se prestaba atención a ciertas cosas. Podemos hablar de libertad o de irresponsabilidad o inconsciencia, lo mismo da. Hoy en día, en cambio, nos hemos vuelto tremendamente tiquismiquis. La sensación que he tenido al escribir esta novela ha sido de andar sobre un campo de minas. Resultaba muy difícil pasear a un personaje tan políticamente incorrecto como Carlos por la España de hoy en día. Pero todavía se puede lograr. Ahora bien, hay que pensar bastante más. Es como una nueva censura.

“A los veinte años se pierden muchas balas. A los casi cincuenta, si se dispara, se dispara al corazón”

 

Hasta usted se permite el lujo de participar como personaje al comienzo del libro. ¿Un cameo sin importancia o ha querido transmitir algo más?

Ja, ja. Las dos cosas. He hecho lo que Hitchcock o Stan Lee en las películas. Pero también quería dejar claro que autor y narrador, en esta novela, son dos personas diferentes. He querido evitar la identificación excesiva.

 

¿Cómo ha podido encontrar el tono adecuado para su historia, teniendo en cuenta que ha transcurrido un cuarto de siglo desde entonces?

La voz de Carlos es una mezcla de negatividad, transgresión y humor. Un punto de equilibrio complicado, una verdadera alquimia para que el lector, pese a todo, disfrute con sus maldades. No sé cómo se encuentra pero se encuentra. Al final te guías por la intuición.

 

Y pese a todo este tiempo transcurrido, el fondo sigue siendo el mismo, porque le ha vuelto a salir una novela desenfadada, gamberra y provocativa. ¿Las salidas de tono a los 40 años son diferentes y más políticamente correctas que las de los 20, o todo lo contrario?

Son más reflexivas, pienso yo. Cuando uno dispara, dispara con más criterio. A los veinte años se pierden muchas balas. A los casi cincuenta, si se dispara, se dispara al corazón.

 

Con otras palabras: ¿se hace más sonado el ridículo con el colesterol alto, problemas de hipertensión y la parca acechando en cada exceso?

Un viejo siempre es más patético, que no ridículo. En el fondo, no creo que nadie sea ridículo. Uno solo es ridículo si se siente ridículo. A los demás, en realidad, les importamos un pimiento. La pena es que tardemos demasiado en comprenderlo.

 

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