Según una reciente encuesta llevada a cabo por la consultora 40dB para un diario nacional, un 82 % de los españoles piensa que nuestro país sufrirá una nueva recesión económica antes de cinco años. Prácticamente toda la población según este estudio piensa que no se han activado los mecanismos para prevenir una nueva crisis económica, especialmente la necesidad de aplicar más regulación al sector financiero y a las grandes empresas. Dos terceras partes de los españoles además opinan que debería haber una menor desigualdad entre las clases sociales de nuestro país, aunque para ello haya que subir impuestos.

La desafección, el rechazo hacía las élites políticas y económicas de España es manifiesta entre los ciudadanos de este país. Y no es extraño, ya que por un lado no hay ninguna confianza en el futuro, extendiéndose la percepción de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, y por otro aumentando la certeza de que la pobreza y la desigualdad se han instalado entre nosotros y que además no se hace nada para remediar esta situación.

De esta manera, según un reciente informe de la Fundación La Caixa, el nivel de vulnerabilidad de los hogares españoles es el tercero más alto de los 28 miembros de la Unión Europea. Así, el 36,6 % de los españoles no pueden hacer frente a gastos imprevistos, el 8 % no pueden mantener una temperatura adecuada en su hogar y pasa frío en invierno y el 3,7 %, es decir más de un millón y medio de personas, no pueden alimentarse como debería por falta de dinero. Se dice pronto, cuatro millones de españoles pasan frío en invierno, y casi veinte millones no pueden hacer frente a gastos imprevistos. Y mientras, el número de millonarios ha crecido un 76 % desde el 2008, el año del inicio de la crisis, y según una encuesta del Banco de España el 1 % de los más ricos de nuestro país acumula el 20 % del patrimonio neto nacional. No es extraño, ya que según Oxfam Intermón los salarios más bajos se redujeron un 15 % entre el 2008 y el 2016 mientras que las rentas más altas subieron en el mismo porcentaje durante ese periodo.

Al mismo tiempo, según un estudio del observatorio My Word, el 61,4 % de los españoles piensan que los jóvenes vivirán peor que sus padres. De esta situación, el 93,7 % culpa a las políticas aplicadas por los distintos Ejecutivos españoles, el 90 % incide además en la crisis económica mundial y la globalización y el 82 % considera también que la culpa es de las políticas de la Unión Europea. Tal vez esta desesperanza se explique por el tremendo dato de que un millón, sí, un millón, de universitarios españoles se encuentre en situación de pobreza en nuestro país según un estudio de EAPN-ES, y de que según un estudio de Asempleo, resulte que el 66,4 % de los jóvenes de este país esté sobrecualificado para su puesto de trabajo, es decir se empleen en puestos de trabajo que necesitan una cualificación (y unos estudios) inferiores a la que poseen. La precariedad laboral, el subempleo, el creciente número de trabajadores pobres, la caída de la fecundidad o que una cuarta parte de las mujeres entre 45 y 49 años sin hijos hubiesen querido ser madres de haber podido completan someramente el panorama de los horizontes de tristeza que atenazan el futuro y el presente de España.

Es con todos estos datos, con estas cifras frías como se explica la desafección creciente de los españoles hacía sus élites. Desafección que ha tenido una primera representación con la tremenda abstención en las elecciones andaluzas, una abstención que ha supuesto el 41 %, y que se ha centrado sobre todo en las clases populares. Lo más triste, lo más lamentable, es la displicencia con la que la han despachado aquellos que deberían estar más preocupados. De estos polvos, los lodos tremendos que vengan.

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