Siempre hombres como protagonistas, de lo bueno y de lo malo, pero siempre hombres.

Hay quienes odian, hay quienes mienten para confundir, y quienes confunden para mentir. Hay quienes detestan al feminismo, y quienes dicen estar por la igualdad, pero contra el machismo y el feminismo, porque según su particular interpretación de los mundos y los significados, todos los “ismos” son malos e iguales. La inmensa mayoría de estos que odian y ofenden, son hombres. Hombres, que ni tan siquiera se han preocupado de comprobar los significados que la Real Academia de la Lengua, da a ambos términos. Da igual, no les importa la verdad, solo la suya, es decir la mentira con la que intentan lograr sus objetivos, sin vergüenza porque no la tienen, ni dignidad que no la conocen.

Si hay algo que moleste a un hombre machista, es una mujer feminista. Le incomoda a rabiar, al punto de hacer aflorar en él, lo más bajos de sus instintos, y sus miserias. Le fastidia, porque no acepta que una mujer le plante cara, no le tenga miedo, o pueda demostrar que es más y mejor que él. Le cabrea tanto, porque es la amenaza a su poder, la rebelión de sus subordinadas, dejándolo en evidencia ante la verdad y los demás. Por eso tanto empeño y medios en ridiculizar y humillar.

El feminismo le saca los colores, y lo saca de sus casillas, porque gana, y el presente y el futuro le pertenecen. Porque ha venido para sustituir lo que ellos representan, ese concepto monolítico y hegemónico basado en la dominación, y la violencia, a terminar con las jerarquías y la desigualdad, para situarnos a hombres y mujeres en un mismo plano y punto de partida, y eso es peligroso para gente tan mediocre.

Las redes sociales son un tablero de juego perfecto para estos cobardes, el mundo sin límites donde lanzar sus proclamas de odio y violencia hacía las mujeres, bajo la seguridad del anonimato y la impunidad que todo buen cagueta precisa. Estos hombres que ven bien y aceptan insultar y ofender a las mujeres, saltan como perros rabiosos, ante cualquier ataque a su condición de hombre masculino todopoderoso.

Pero si hay algo que les irrita tanto como el feminismo, porque hace temblar las estructuras de su misógina, y totalitaria ideología, son los hombres igualitarios, los que nos declaramos modestamente feministas, que reconocemos y denunciamos nuestro machismo, el que nos rodea, y la toxicidad de este modelo de hombre, asumiendo el compromiso activo de trabajar para cambiarlo.

Somos el enemigo dentro sus filas, los topos infiltrados, las ovejas negras que denunciamos las mentiras de los hombres, la falsedad de nuestra construcción, nuestros privilegios, y los daños directos y colaterales que nuestra existencia conlleva. Somos los traidores a la patria patriarcal, las grietas en los muros de su impunidad y sus vergüenzas. El principio del final de su poder masculino, de ese traje del Emperador en el que tan a gusto se encuentran, porque detentan la autoridad, ocupan los espacios, definen las estructuras, tejen la cultura, reparten roles, estereotipos, y dicen a las mujeres como, donde, qué.

A estos tipos y comportamientos, hay que combatirlos. No desde el fango de sus odios, miedos, frustraciones, violencias, y bilis, sino desde la lógica, la verdad, y el trabajo por unas masculinidades, nuevas, igualitarias y diversas. La mejor táctica para obtener la victoria en una guerra, es sembrar la duda y causar el mayor número de bajas posibles, entre sus filas. Esa es nuestra misión, la de los hombres igualitarios, y por ello nos temen tanto. A la desigualdad se la vence con igualdad.

Como final me viene a la memoria un hermoso cuento del genial escritor mexicano, Juan Rulfo, de su libro “El llano en llamas”, que se titula: “No oyes ladrar a los perros”, que dice “Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte “, y recomiendo.

El futuro es feminista, y es igualdad.

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