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Hollywood, militares, virus y metáforas. ¿Es necesaria una rebelión?

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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Disculpen que el artículo ha quedado un poquito largo, pero intuyo que disponen de tiempo.

En el sur de Manhattan, varias semanas después del 11S, me sorprendió que el amasijo de hierros de las Torres Gemelas todavía humease. La visión no era dantesca, sino mucho más prosaica: parecían los deshechos de un herrero, el margen de un cementerio de coches donde se amontona lo inservible. La imagen era tan potente que le absorbía a uno, lo desplazaba del resto del mundo hasta olvidar aquello que tenía a los lados y detrás. La imagen lo era todo. Entonces, un grito me hizo regresar a momento y lugar y continué mi trayecto dando paso al que me seguía en la hilera: habían montado un recorrido en el que hacíamos cola hasta una tarima (punto de observación) en la que disponíamos de unos largos segundos para tomar fotografías. Como si fuera el recorrido en Turín para ver la Sábana Santa, o en Londres para contemplar las Joyas de la Corona. A inicio y final del recorrido, se amontonaban flores y fotografías, velas humeantes, papeles con mensajes. Era otra parada de rigor para los turistas, en su inmensa mayoría norteamericanos venidos de otros puntos del país.

Bastantes días antes, estando en San Francisco, fuimos a una especie de mirador para apreciar con perspectiva el Golden Gate. Creo que había un aviso de ataque terrorista, o una amenaza de bomba, o algo así. En el mirador había un escuadrón de la Guardia Nacional u otro tipo de cuerpo militar. Unos hombretones tamaño NBA armados con metralletas enormes como las de las pelis de comandos. Le daban la espalda al puente y miraban hacia la cantidad de periodistas y cámaras que los filmaban. Por la tele, la imagen de protección y seguridad debía ser impactante. Sin embargo, los coches continuaban pasando alegremente por el puente, ante otros uniformados que ríanse de la candidez del control: uno percibía que cualquier dispositivo de los Mossos o de la Guardia Civil era infinitamente más efectivo. Supuse que la efectividad que buscaban con ese montaje no era in situ, sino en las imágenes proyectadas en las casas, en las pantallas de los bares. Debía haber razones más valiosas para no dificultar el tránsito en el puente.

Tiempo después, en una población de Arizona, me fijé en un policía que charlaba con unos vecinos: el pantalón de su uniforme tenía descosidos y bastantes remiendos. Había una cierta discordancia entre la imagen de este pequeño representante del Estado con la grandilocuencia de un gran país.

Ya había estado varias veces en USA, pero por trabajo. Ahora cruzábamos, mi mujer y yo, con mochilas y poco presupuesto, los USA durante un largo mes. Coast to coast. Una de las tantas cosas que aprendí (el país es fascinante, como casi todos los países) es a fruncir el ceño cuando alguien me habla de los USA, o de sus ciudadanos, generalizando. Incluso de aquellos que apuntan, y es cierto, que NY es otra cosa, pero que olvidan que NY no solamente se ciñe a Manhattan. O de los que dicen que el Sur es como otro país, cierto, pero obvian que no se pueden unir tan fácilmente a Arizona con Luisiana y Florida en un vistazo general. Aun así, a sabiendas de poder cometer errores, creo que sí hay algunas consideraciones que pueden, casi, generalizarse y extenderse a todo ese vasto país.

Leo algún artículo y escucho algún tertuliano de radio que comentan el despropósito de la reacción del gobierno americano frente a la pandemia. Se comenta, también, las condiciones precarias de la sanidad y la falta de material que se encuentran muchos hospitales (¿les suena?). Algunos insinúan si es el principio del fin del Imperio Americano, o si este ya no es tal.

A veces, da la sensación que la imagen que se tiene de los USA es exclusivamente la que proyectan las narraciones de Hollywood. Que, realmente, pueden salvar la humanidad de un ataque extraterrestre. Que ese mundo proyectado es más o menos real, que algo tiene, que no es simple imagen. Que la WWII fue como en las pelis, que las oportunidades de sus ciudadanos son parejas a las que señalan las pantallas.

No es un artículo antiamericano, ni mucho menos. Ello sería desconocer, por ejemplo, a Richard Rorty, Martha Nussbaum o a Judith Butler, a Thoreau, Dorothy Parker o Hellen Keller o una larguísima lista, que cada uno tendrá la suya. Más bien uno es crítico con la imagen que tenemos nosotros de USA y de la relación de sus ciudadanos con su Estado.

A uno le da la impresión (pues no me atrevo a asegurarlo) que la relación del americano con su Estado, en un aspecto, es ligeramente parecida a la que tenemos nosotros con la UE: la conciencia de que nos rige, sobre todo económicamente, pero que lo vemos muy distante, como algo ajeno, y que solamente se concreta en momentos muy puntuales. Salvando las distancias, claro.

USA me parece un país de vecindarios. El ciudadano está solo, terriblemente solo, y no cuenta con el apoyo del Estado. Apenas con el de sus vecinos, entiéndase tribu. Si no pertenece a una élite económica (muy amplia, eso sí) sus oportunidades son pocas, y por ello se contrarresta esa soledad con la imagen cinematográfica del Self Made Man. La conciencia de país es algo muy abstracto y simbólico (bandera, himno, United we Stand), muy ligado al carácter abstracto y simbólico de Dios, todo, también, propiciado o acentuado por la imagen hollywoodiense.

Pero el Estado no es exactamente el país, es algo aparte. Es una estructura de la cual forma parte ese simbolismo, pero no las personas como ciudadanía, como tejido, algo sorprendente teniendo en cuenta la formación de su democracia, tan entrelazada con la Revolución Francesa. La imagen proyectada como país (ejército, CIA y otras siglas, economía) es muy potente, pero la imagen interna del Estado, es muy débil.

En muchos aspectos, somos una copia translúcida de aquello que se implementa en los USA. De lejos, criticamos el muro con México que hace salivar a Donald Trump, pero ¿acaso no es

un muro todo el mar Mediterráneo? Lo usamos como tal y no duden de que, si no existiese, las alambradas de Ceuta y Melilla se prolongarían hasta Estambul. O, ¿recuerdan cuando empezaron a prohibir fumar en los USA y en Europa hablábamos de recortes de libertades? ¿Recuerdan cuando veíamos, en las películas, esos vecindarios sin comercios y la peregrinación en auto al gran Centro Comercial que aglutinaba beneficios? El Ministerio de Asuntos Exteriores de los USA, tal vez se llame Hollywood: el gran exportador del American Way of Life. Aunque ese Way of Life resida mayoritariamente en la ficción, una ficción que se ha inserido en la vida real.

Hay dos tipos de ficción: por un lado, la que narra una historia imaginada e inventada para profundizar en la realidad, y que la complementa. Por otro lado, la que utiliza la misma ficción para sobreponerse a esa realidad, substituyéndola en cierto plano. La imagen de la Guardia Nacional “protegiendo” el Golden Gate, es una muestra de la segunda. Aquello que ofrece la imagen (sensación de seguridad y control, basada en la emoción y el espectáculo) se sobrepone a la realidad, no la complementa profundizando en ella. También, a base de insistencia y de una dimensión descomunal, la narrativa de Hollywood ofrece la imagen de unos USA que se sobrepone a la realidad. Es fácil decir que nosotros (espectadores largas horas del día) sabemos discernir una cosa de la otra. No es tan fácil dudar de que sea así: estirando el hilo uno podría llegar a plantearse si, la imagen que nos damos de nosotros mismos, es “real” o también se superpone a la realidad. Todo va llegando.

Dicen que el virus no entiende de fronteras, pero se cierran. Que el virus no entiende de ficciones, pero mucha gente, confinada en sus casas, solamente se evade con horas y horas de ficción, y sabemos que lo imaginativo nos ha precedido en el pensamiento respecto a lo que está pasando (quien más quien menos, todos habremos visto alguna peli que trata el tema que hoy es real). Ciñéndonos a lo mayoritario, lo comercial, lo que se extiende y cala en la sociedad, “alguien” siempre se salva, es salvado o salva a alguien. Y, por ello, tal vez deseamos que los sanitarios nos salven, que nos salven los científicos con una vacuna. Deseamos ser susceptibles de ser salvados. ¿Como americanos? ¿Como españoles? ¿Como catalanes? ¿O como seres humanos? Pero los científicos nos advierten, con su lenguaje, que nadie se salva, simplemente se “recupera”: todavía se desconoce si un “recuperado” será inmune de aquí cierto tiempo al virus o si puede volver a contagiarse y propagarlo.

Llegados aquí, tres consideraciones sobre cómo se ha afrontado la pandemia en nuestro país.

1) LO MILITAR. En la ficción, lo militar acaba tomando el mando, y salva. Lo militar, no deja de ser la salvación mediante la violencia. La imposición de la salvación justifica el medio utilizado, porque es un paréntesis en la vida en esa lucha contra el enemigo (que no tiene porqué ser el agresor; el agresor también puede ser el que dice defenderse si se justifica amenazado, léase Irak y tantas otras opciones). Utilizar lo militar ante la pandemia, requiere pensar cuál es la primera necesidad que comporta: identificar el enemigo. Y, aquí, no hay que confundirse: el enemigo no es el virus “en sí”, sino hospedado en un cuerpo, un cuerpo humano. El enemigo, pues, es el ser humano infectado. Entonces, de la misma manera que el militar nos dijo <<todos somos soldados>>, también estaba diciéndonos que “todos somos susceptibles de ser el enemigo”. Así, en esta guerra metafórica, vista desde las medallas, es como si cualquiera de nosotros pudiera esconder una bomba bajo su camiseta (o mascarilla). ¿No les recuerda cierta perspectiva que se produce tras un atentado terrorista? Querer usar lo militar para dar una imagen de seguridad y de confianza a la población, demuestra que uno no cree en el poder social del Estado, o que desconfía de que la población crea en ello. La diferencia radicaría en quién debe informarnos: ¿el máximo grado de Protección Civil o el segundo grado del cuerpo militar (el primero, es el rey)?

Precisamente en nuestro país, con la relación histórica de lo militar contra el pueblo y la democracia, la oportunidad de haber demostrado que lo militar está bajo las órdenes de un gobierno elegido por este pueblo (y no defensor y regido por algo abstracto como la patria, nación, himno, bandera) se ha obviado. Y, en cambio, se ha aceptado que el JEMAD y sus medallas ganadas en arduas y heroicas batallas, nos digan: <<todos ustedes son soldados>>, ergo, “mis soldados”. Y, ante la solapada idea de que cualquier ciudadano pueda ser el enemigo (ser portador del enemigo), corremos el riesgo de estar a su merced. Este desliz (juzguen ustedes si grave o no) no ha venido propiciado por la derecha heredera de una dictadura fascista, sino por un gobierno de coalición entre el PSOE y Podemos (heredero del 15M). Ello, sumado a la pleitesía al rey, que ya aparece vestido de militar con traje de camuflaje, y la defensa de no querer investigar ni juzgar una Casa Real presuntamente delincuente, le descorazona a uno sobre la izquierda de este país (una de tantas razones para ser independentista).

2) LA UNIDAD. Se ha utilizado un concepto de la unidad muy restringido. Porque, lo vamos viendo aquí y en otros países, cuando los dirigentes hablan de unidad, se refieren a la “unidad nacional”. El vencer al virus (salvarnos) “juntos”, no se refiere a junto los franceses o los coreanos, o a la máxima extensión de como humanos, sino solamente los españoles juntos. Como si toda Francia infectada y nosotros no, pudiera salvarnos de algo. Tras el 11S, USA estaba llena de pancartas: en las casas, en los comercios, en los bares, en instituciones y transportes. Esas pancartas alzaban el lema <<United We Stand>>. Se referían a la unidad nacional. El terrorismo, figuraba, era global, cosa que, además, justificaba muchas acciones y connivencias internacionales (como la de poder apreciar la suela de los zapatos de Aznar, con los pies sobre la mesa, mostrándonos que él también podía pisar). Era global, decía, pero la unión era nacional. La pandemia, es global, claro, porque afecta o puede afectar a cualquiera con la sola condición de que sea un ser humano. No obstante, tras años y años de mensajes de nuestros dirigentes sobre la construcción europea, lo primero que hacen es cerrar las fronteras de cada país. Pero no olviden que, previamente, ya estaba cerrada la frontera del mar Mediterráneo; es decir, que han reducido su ámbito del sur a cada uno de los Estados. Luego, con el confinamiento, la frontera se ha reducido del Estado a la puerta de sus casas. También, se puede reducir aún más: al metro y medio de distancia de rigor entre individuos. Pero no es lo mismo: mientras algunos confinamientos tienen una explicación científica y sanitaria, el encierro del Estado es político. La cuestión es si esta decisión política (cerrar fronteras) se hubiera producido con tal celeridad y conformidad hace 30 años, por ejemplo, en los ’90. Podríamos preguntarnos si hay alguna relación con el auge de las derechas nacionalistas en toda Europa en estos últimos años. Y, todavía más, si habrá una consecuencia respecto al futuro y a estos nacionalismos neoliberales que, en el fondo, son los que han debilitado la ciudadanía y el Estado Social en favor de un Estado Económico subyugado a un Sistema económico que está por encima de éste. Y, en clave interna, también podríamos preguntarnos por qué razón, si la sanidad está transferida a la Comunidades y Madrid y Cataluña eran focos de propagación, no se cerraron éstas cuando, además, lo solicitaban. Y la respuesta no es científica, sino política: la política de unidad nacional está por encima, incluso, de la salud de las personas. Es lo que tiene el nacionalismo (en este caso, español; evidentemente, hay otros).

Una excusa para justificar el cierre de fronteras y clamar por la unidad nacional, es señalar como causante de la pandemia a la globalización, el movimiento de personas. Vale, pero la causa de las muertes es la falta de camas UCI, la falta de respiradores, la falta de mascarillas y de personal y de material sanitario. No confundamos una cosa con la otra: una cosa es por qué razón se expande el virus y otra por qué se muere tanta gente. Así, miren por la ventana este mundo vacío y pregúntense de quién es la culpa. ¿De la naturaleza, recordando que un virus es algo natural que ya vino antes y vendrá después? ¿O de un Sistema cuya única manera de hacerle frente ha sido ésta, pero no por falta de capacidad, sino porque ha elegido regirse así, según unas prioridades muy concretas?

Por mucho que nos lo repitamos, no vamos a salir diferentes, de esto. No vamos a ser otros. La única manera de ser diferentes y tener la posibilidad de ser otros, es actuar de otra manera. No se puede cambiar haciendo lo mismo, votando lo mismo, pidiendo lo mismo, deseando lo mismo, consumiendo lo mismo. Se puede reflexionar sobre ello, que tiempo no nos falta. Se puede debatir telemáticamente con amigos, pensar qué hay que cambiar. O se puede encender la tele y buscar una falsa realidad más cómoda y segura que sustituya la presente. No sé si les hablo de una rebelión o de una revolución, porque estos términos implican violencia, y uno se refiere a un profundo cambio de actitud general que no la hace necesaria. No obstante, no hay que olvidar que los dirigentes y tejemanejes del Sistema no desean ningún cambio, solamente que los números regresen cuanto antes trayendo, si es posible, algunos votos de la mano. Y, aunque haya muchas maneras de rebelarse, siempre hacen falta dos cosas: las personas y el cambio (de actitud, de hechos). Si no, todo sigue igual y hasta la próxima.

Y 3) LA GUERRA COMO METÁFORA. En primer lugar, permítanme un par de citas para situarnos. Max Black, filósofo que se centró mucho en la metáfora, nos decía que <<cuando utilizamos una metáfora tenemos dos pensamientos de cosas distintas en actividad simultánea>>. Estos dos pensamientos se interrelacionan. Pone el ejemplo del que debe describir una batalla usando palabras del vocabulario del ajedrez: <<la elección forzada del vocabulario ajedrecístico hará que ciertos aspectos de la batalla queden subrayados, que otros pasen por alto>>. Y sigue: <<tampoco hemos de desdeñar los desplazamientos de actitud que suelen derivarse del empleo del lenguaje metafórico>>. <<La metáfora selecciona, acentúa, suprime y organiza los rasgos característicos del asunto principal al implicar enunciados sobre él que normalmente se aplican al asunto subsidiario>>. Donald Davidson, otro filósofo del lenguaje, indicaba que la interpretación de la metáfora <<refleja tantas cosas sobre el intérprete como sobre el que la ha originado>>.

Con el lenguaje y el uso de imágenes metafóricas, éstos no solamente pueden mezclarse y solaparse con la realidad, sino crear un marco o caldo de cultivo de donde nazca una realidad nueva. Toda metáfora modifica la percepción del mismo lenguaje y, por tanto, nos hace pensar (y sentir) de otro modo, y todo uso metafórico de la imagen nos hace mirar de otra manera. Se nos da la oportunidad de transcender lo establecido (arte), pero a costa de perder cierto razonamiento lógico. Esto, a veces, nos permite ir más allá de una lógica o razonamiento muy limitado, por ignorante, para la mayoría de nosotros, y así nos da una oportunidad de evolucionar; otras veces, sucede todo lo contrario y caemos en el autoengaño y en la manipulación (si les interesa y estos días se aburren, lo intento tratar de manera más detallada aquí: https://malditospolimeros.blogspot.com/p/logo.html).

Les propongo una especie de juego, de cómo podemos interpretar lo que sucede respecto a una interpretación metafórica de la pandemia como una guerra.

A) Muertos.

En la metáfora: víctimas de una guerra. Algunos, víctimas colaterales.
En la realidad: víctimas por falta de respiradores y otro material. La mayoría, técnicamente evitables.

B) Confinados.

En la metáfora: prisioneros por el enemigo (virus).
En la realidad: prisioneros por no disponer de test suficientes ni de mascarillas efectivas para toda la población.

C) Contagiados con síntomas.

En la metáfora: portadores del enemigo (ergo, enemigos).
En la realidad: enfermos tratables si hay material sanitario suficiente.

D) Contagiados asintomáticos.
En la metáfora: espías del enemigo.

En la realidad: transmisores, pero evitable con suficiente protección efectiva.

A algunos, este juego lingüístico, les puede parecer una frivolidad, pero la cuestión es si el lenguaje bélico pretende que no veamos la “otra” gravedad de la pandemia: que la gran cantidad de muertos es más debida a la falta de recursos sanitarios que a la virulencia del virus.

En el caso de que me acepten todo lo anterior, una pregunta: ¿por qué razón no reconocerlo? ¿Por qué no se ha acusado, por ejemplo, a un partido político anterior o anteriores, como tantas veces se hace? En la opinión de uno, porque no es cuestión de tal o cual partido, sino de una problemática del Sistema: los recursos (del planeta y de nosotros como individuos) se destinan al engranaje que permite subsistir al propio Sistema, pero no a todo aquello que no es susceptible de ser medido económica o financieramente (léase la sanidad pública o la educación pública, el medio ambiente o la naturaleza no lucrativa). ¿Ustedes creen que políticos, dirigentes, o todos aquellos que viven (y bastante mejor que ustedes) gracias a este Sistema, les van a decir que el Sistema no funciona? Pues no, claro que no: porque, para ellos, para sus pocos años de vida, sí que funciona, y la mar de bien. El resto, solamente les importa en función de cómo les afecta. Su mayor triunfo, es que todos pensemos que no hay otra alternativa, o que nos dejemos llevar por el fascinante y maravilloso espectáculo (menuda tecnología) de la distracción metafórica, hasta hacernos creer a nosotros mismos que vivimos en un mundo que no coincide con la realidad. Pero la realidad suele coincidir con ella misma, los que no coincidimos somos nosotros, empecinados en tergiversarla para hacerla coincidir con un Sistema que, poco a poco, se demuestra que no satisface las necesidades ni las enormes posibilidades del ser humano (ni del planeta que habitamos).

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