Ya la dedicatoria me rompió los esquemas; me pareció genial y no la copio aquí para no hacer spoilers a futuros lectores.

Y con el prólogo, Gervasio Posadas, me dejó atrapado, metido en su bolsillo, pues hace un guiño a Tintín al que ni pude, ni supe ni quise, resistirme.

A continuación empieza la verdadera novela, la acción auténtica. Muy bien. Entretenida, con la rienda corta, al paso, dibujándonos el fascinante Montecarlo de entreguerras, con sus espías, mujeres fatales, millonarios inauditos y buscavidas de todos los colores y pelajes.

La acción se sitúa en un año que, sin saberlo, cabalga hacia el abismo:1933. Y el lector va descubriendo el paisaje de la mano del protagonista: el periodista aventurero, un poco ingenuo, José Ortega (está claro que a Posadas le encantan los guiños). Ortega es también el protagonista de una novela anterior: El mentalista de Hitler. (Me he prometido regalármela a mí mismo, si antes no lo hace alguien, para estas navidades).

Bien, todo bien. La novela es agradable, con un tono no lejano al que solía conseguir Agatha Christie en sus mejores obras, se sigue sin esfuerzo, lo que cuenta es interesante y me saca de la agotadora realidad en la que -diciembre 2020- estamos todos atrapados.

Pensé que iba a ser así hasta el final. Pero no, a mitad del libro hay un capítulo, el 23, fantástico e insólito, pocas veces he visto un dibujo tan bueno y convincente sobre lo que supone una guerra para el hombre común que se ve envuelto en ella, sin haberlo pretendido ni buscado. Y a partir de ese momento la novela, para mí, ya no era una simple novela, lo que sucedía en sus páginas era tan importante como la propia vida, y hasta que se me acabó (¡ay!) llegaba a casa por las noches deseando ponerme a leer todo el tiempo que pudiera. A galope.

El final, y no era fácil, está a la altura. Nada digo, para no desvelar giros y sorpresas a los previsibles futuros lectores.

Pero aún quiero mencionar antes de ese final que a nadie defraudará: otro guiño. En la página 412, cuando aún quedan sesenta para que se cierre la puerta, Gervasio Posadas frasea y logra hacerme sentir niño, sonreír de oreja a oreja, porque como muchas personas de mi generación yo también al descolgar el teléfono cuando llamaba un pelma he respondido:

-No señora, esto no es la carnicería Bazaroff. Deje de llamar aquí, esto es una casa decente.

En suma, que he disfrutado mucho, incluso muchísimo, como ya se dice en el título de este pequeño artículo, con la nueva novela de Gervasio Posadas.

Tan bueno como un buen Tintín, aunque un poco más para adultos: El Mercader de la Muerte.

Excelsior.

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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