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El título en sí solo ya da escalofríos. Imagine que hubiera fructificado esa posibilidad. Todo sería muy diferente, ¿no lo cree?

Los que quisieron proteger a Federico intentaron ponerle a salvo. Pero se equivocaron. Se equivocaron en lo que más querían. El rodillo de la vileza era más poderoso de lo que pudieron sospechar. Federico fue asesinado. De no haber sido así… Lorca hubiese seguido asombrando al mundo con su duende, embelleciéndolo. Y los que le ayudaron hubiesen vivido el resto de sus vidas con el orgullo de haberle salvado, mientras los que fueron sus asesinos hubiesen negado sus sangrientos propósitos…, como los negaron luego, ¡cobardes además de viles! Y, claro, sin la sangre derramada de Federico, que me ha reclamado esta novela… quizá nunca la hubiese escrito.

 

Hasta su abuelo, Manuel Bonilla, habría vivido probablemente otra vida distinta a la que vivió.

Mi abuelo, que se enredó en la guerra por defender su devoción cristiana y el orden rural y tradicional de su mundo, hubiese igualmente ganado una guerra… pero sin padecer la sensación triste y lacerante de haberla perdido. Vivió entre sombras y silencios. Perdedor en el bando vencedor, así se sintió el resto de sus días, eso palpitó aquella noche de 1970 en su voz, al susurrarme: “Yo pude salvar a Lorca”. Tenía yo diez añitos, y no lo he olvidado.

“Perdedor en el bando vencedor, así se sintió mi abuelo el resto de sus días”

 

¿Qué sabía su abuelo, un humilde pastor de la Alpujarra granadina, de un poeta mundialmente conocido como era Lorca?

Para intentar entenderlo he necesitado escribir esta novela, he ahondado en la naturaleza de la amistad entre el cultísimo poeta Luis Rosales y el analfabeto pastor y labrador alpujarreño Manuel Bonilla, que al estallar la contienda se convierte en “pasador” de personas en peligro de un bando al otro, a través de los caminos y barrancos de La Alpujarra… ¡Eso tuvieron en común esos dos granadinos! Admiraron a un poeta asombroso, un hombre luminoso y sin parangón, quisieron sacar de casa de los Rosales y de la sangrienta Granada al grandísimo poeta Federico García Lorca –“¡el hombre más importante de España!”, decía Luis Rosales–, y pasarlo a zona segura… No llegaron a tiempo, por cinco horas.

 

¿En qué momento supo que tendría que contar esta historia como fuese?

La novela emerge de los pliegues de los silencios familiares. La engendra una frase dicha una noche de 1970 por mi abuelo materno… La fecunda una comida de Año Nuevo en 1980, en la que me entero de que mi tío paterno, José Amela, que estuvo en la batalla del Ebro, coincidó con mi abuelo en el Penal del Puerto de Santa María, en Cádiz, uno dentro y el otro afuera… La abona el fallecimiento de mi abuelo Manuel en 1990 y del viaje que luego hice a La Alpujarra en busca de su memoria… Y la ilumina el contenido de una caja de zapatos –cartas y fotos de ocho decenios atrás– que hallo al fallecer mi tío José… Y hace un par de años decidí que no quería irme de este mundo sin mostrar el tapiz de una historia que se tejía dentro de mí. Y mejor que la viese mi madre, Anita Bonilla, que tiene 84 años y que nació en el barranco de La Alpujara en el que arranca la novela…

 

¿Cómo tuvieron que ser aquellos siete largos días de Lorca en casa de Luis Rosales en la Granada de 1936?

Me interesan esos seis días y medio, del 10 al 16 de agosto de 1936, y aún más sus siete noches, las últimas que Federico vivió rodeado de cariño y que durmió en una buena cama. Su dormitorio estaba en el segundo piso de la casa de la familia Rosales, con balcón a la calle Angulo de Granada. Allí fumaba, cantaba y escribía. Allí escribió algunos bellísmos sonetos, llamados “del amor oscuro”. Allí conversó cada noche con su amigo y protector Luis Rosales, cuando regresaba del frente de Motril. Cada noche hablaban y fumaban durante horas, compartían temores, sueños y risas. Ahí, en una de esas noches, pudo estar mi abuelo Manuel, de Torvizcón. ¡Eso sostiene mi madre! He disfrutado muchísimo imaginando esas conversaciones, que debieron ser delicadísimas y hermosas: he dado voz al Federico cautivo en jaula de oro… y a mi abuelo, el campesino analfabeto cautivado por la amistad de dos poetas.

“Esta novela emerge de los pliegues de los silencios familiares”

 

Usted es un nieto de una guerra e hijo de una familia engendrada por la guerra. ¿De qué manera puede esto marcar a una tercera generación familiar?

Heredamos rasgos físicos y psíquicos de nuestros mayores, y también sus glorias y fracasos cristalizan en nuestros huesos y nadan en nuestra sangre. Escibir esta novela me ha permitido conversar con mis muertos. Y mis sucesores podrán leerlas desde ahora, encarnarlas: que sepan de dónde vienen, que sientan qué tierra tienen bajo los pies y qué nubes cantan sobre su cabeza.

 

Parece, en cierto modo, que esa frase estremecedora que pronunció su abuelo cuando usted era un niño transcurre en paralelo a la herida abierta que aún supura aquel conflicto bélico fratricida.

Sí, cada día de España cumple la profecía de otro poeta colosal, Antonio Machado, maestro de Federico: “La sangre de Lorca no la seca el tiempo”, cantó al saber del crimen en Granada. “¡Pobre Granada!”, gimió. Pobre España… Y aquí rememoro lo que el propio García Lorca escribió: “Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún otro sitio del mundo”. Y sirve para Lorca y para Franco… “Me buscaron… ¿No me encontraron? No, no me encontraron”, profetizo Federico. La herida está viva, y me he impuesto un modo de mirarla: compasivamente.

“El horror engendra belleza gracias a la poesía, la literatura, la creación artística”

 

¿Qué opina de todos aquellos que, hoy, defienden dejar a los muertos tranquilos, reposen donde reposen, y también no seguir removiendo la Historia? En definitiva, realizar un acto cómplice de pérdida selectiva de memoria para no ‘herir’ susceptibilidades.

Esa mirada compasiva que practico me lleva a aceptar los sentimientos de todos, desde el resentimiento a la incomodidad, desde la necesidad de desagravio hasta el perdón y el arte: sí, el horror engendra belleza gracias a la poesía, la literatura, la creación artística. Milito en la memoria compasiva y en el arte: nos merecemos eso, sin tristes tribunales ni tonantes jueces, sin Libros Blancos ni ajustes de cuentas, sino con aliento omnicomprensivo y pecho abierto. Y jamás el olvido. El olvido no puede ser una decisión, será un suceso involuntario que sin embargo intento impedir, pues olvidar es siempre perder, mientras que recordar es vencer, vencer para que la verdad poética atraviese corazones, vencer para contar: por eso escribo.

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