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Faltaban cinco minutos, así que me dispuse a buscar un jersey; fuera hacía frío. Salí a la terraza y comencé a juntar las palmas de mis manos con fuerza; el aplauso no estaba orquestado, pero sí acompañado de otros muchos, produciendo un cálido sonido que llenaba las calles desiertas.

Busqué con inquietud la dulce sonrisa de esa vecina del edificio de enfrente, cuyo nombre naturalmente no conocía. Pelo canoso, con nietos –imaginé- esperando abrazarla, afrontaba el momento con su mejor sonrisa, alentando a todo el vecindario. Iba saludando con un gesto de bienvenida a las nuevas incorporaciones en las ventanas, y generando la satisfacción, al menos en mi caso, de haber recibido su atención aunque fuese un segundo. Había gritos de “bravo”, música de fondo, sirenas en la calle… pero la protagonista era ella. Pasados unos minutos, movía las dos manos despidiéndose “hasta mañana”, y la orquesta entendía que la melodía había terminado.

Había ocurrido sin más, el mundo, nuestro mundo se quedó en pausa. Ni conciertos, ni partidos de fútbol, ni reuniones de amigos, ni comidas familiares, ni cervezas en las terrazas, ni presencia en la oficina, ni ni ni…

Nos encontrábamos en la burbuja de nuestras casas, siguiendo de cerca la batalla que se estaba librando fuera. ¿Qué batalla? Los malos eran invisibles a simple vista; solo algunos podían conocer de cerca al enemigo. Habían estudiado, investigado y trabajado muchos años con otros rivales: más mortales, más nocivos y más fuertes. Este enemigo era un nuevo reto: sabía cómo ir de un lado a otro, conseguir más soldados que se unieran sin saberlo, sin quererlo, víctimas que contribuían como un rival más.

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Mientras algunos estudiaban al enemigo, otros tenían que combatirlo. Y el mismo botón de pausa en el resto del mundo, activó el botón de inicio en las nuevas líneas de contención. Personas que hasta el día anterior acudían a su lugar de trabajo habitual para ejercer una profesión, una vocación. Se quitaron la bata y se pusieron el uniforme, dispuestos a luchar. Con el corazón como principal arma.

Vimos que también los buenos tenían fuerza, mucha fuerza. Porque la batalla se libraba en múltiples lugares, cada uno encontraba su modo de contribuir, y también los buenos conseguían soldados. Muchas manos, muchas piernas, y muchos corazones, muchos corazones juntos.

El resto teníamos que participar de una forma más sencilla, pero también nuestra aportación era importante. Solamente debíamos quedarnos en casa y dedicar unos minutos a nuestros valientes: aplaudirles, aplaudirles y aplaudirles. Esos aplausos también eran muchos corazones juntos, y se decían muchas cosas sin palabras.

Pararon los últimos aplausos rezagados, y el silencio se adueñó nuevamente del vecindario; mi principal tarea del día, aquella que más alimentaba mi espíritu, mi esperanza, mi fuerza, había terminado. Faltaban veinticuatro horas para volver a escuchar ese “hasta mañana” que nos recordaba que algo había cambiado, que ninguno seríamos, quizás, la misma persona.

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