Me he tomado un par de días para pensar sobre el «escándalo Plácido Domingo». De entrada, al leer los titulares, de manera automática una piensa -más o menos- algo así como:» qué cabronazo el Jodío Lunes»… Discúlpeme por el tono, pero estoy trasladando con total sinceridad mis pensamientos de estos días. Lo de «Jodío Lunes» es la manera en la que hemos llamado en mi casa a Plácido Domingo toda la vida. No es porque seamos muy de ópera, sino que he estado familiarizada con el tenor -y nunca mejor dicho- porque nació en la calle donde vivían mis abuelos. Y en la esquina por la que solía pasar durante toda mi infancia, había una placa que recordaba que allí había nacido el cantante. Recuerdo haber ensayado las palabras a medida que aprendía a leer (era mi manera de practicar en esa época en la que lees cualquier cartel que te encuentres en cualquier sitio). Y aquel se me quedó siempre guardado en la memoria con cierto cariño, pues era la primera vez que leía en un edificio una reseña. Después descubrí otras muchas, claro, como la de Camilo José Cela en las calles de Guadalajara, o las reseñas a Max Estrella, de Valle- Inclán por las calles de Madrid.

El caso es que de forma habitual la broma era llamarle Jodío Lunes. Sin acritud.

Así que justo cuando estaba pensando en ello, me piden un artículo al respecto. Me animo con ello, pero antes buceo bien en las acusaciones y declaraciones que habían hecho las nueve mujeres.

Comienzo a leer, una por una, y por encima, las historias de cada una de ellas. Me quedo un poco sorprendida, pues en todas ellas no termino de ver del todo algo como para hablar de un delito de acoso sexual.

Y entonces, busco en el Código Penal para ver si estaba yo recordando mal lo que dice la legislación al respecto. El artículo 184 del Código Penal define la figura del acoso sexual de la siguiente manera: «el que solicitare favores de naturaleza sexual para sí o para un tercero, en el ámbito de una relación laboral, docente o de prestación de servicios, continuada o habitual, y con tal comportamiento provocare a la víctima una situación objetiva y gravemente intimidatoria, hostil y humillante, será castigado como autor de acoso sexual con la pena de tres a cinco meses o multa de seis a diez meses».

En derecho cada palabra es importante. Porque para poder hablar del tipo delictivo, deben darse sus elementos en los hechos, que a su vez, deben ser probados. Quédese con esta última palabra, que también es importante: «probados». A eso me referiré luego, que también me vino a la mente.

Para hablar de intimidación es necesario que la amenaza sea clara, no debe ofrecer duda sobre su contenido. Debe ser expresado con claridad. Vaya, que te tiene que quedar muy claro que si no accedes a lo que te está planteando «el jefe» (o quien sea), tendrá consecuencias. La cosa no es que te lo imagines, sino que tiene que estar claro el tema. Para hablar de hostilidad, según los expertos, debe manifestarse «un trato permanente de enfrentamiento o conflicto del acosador frente a la víctima». Y cuando habla de humillación, se refiere al hecho de que se afecte directamente a la dignidad de la persona.

No quiero aburrir a nadie con textos de leguleyos. Pero es importante recordar sentencias como la 1460/2003 del Supremo, donde al hablar de «objetividad», la sala considera que «la ley penal exige un doble requisito: la objetividad, pues no basta una mera impresión subjetiva, y el resultado delictivo que exige que la víctima sufra una situación gravemente intimidatoria, hostil o humillante». No puedo valorar todas las experiencias que cuentan estas mujeres, pero recuerdo que prácticamente en todas, el tenor las invitaba a su habitación de hotel o a su casa. Que las llamaba, las invitaba a cenar, y que cuando algunas describen haber accedido a tener relaciones sexuales con él, alguna habla de varias ocasiones durante años, con detalles como «haberse estado acariciando mutuamente». Y alguna dice explícitamente que el cantante nunca se mostró hostil ni violento en esas circunstancias. Tampoco señala ninguna amenaza sobre trabajo, en ningún sentido. Y no niego que sucediera, pero no comentarlo cuando precisamente sería lo más relevante de la denuncia, me sorprendió.

En la sentencia a la que me refiero, cuando se describen los elementos que deben darse para poder considerar que se trata de un hecho delictivo, termina señalando algo que me parece fundamental en todo esto, y que además tiene que ver con el comunicado que el propio Plácido Domingo hizo público y en el que muchos han querido ver una inculpación por su parte. Se trata del elemento del «dolo». Para quien no esté familiarizado con este término técnico del derecho penal, hablar de dolo es hablar de intencionalidad. Tener claro que lo que estás haciendo, está mal pero quieres hacerlo. Dolo de robar, dolo de matar, dolo de violar, dolo de meter miedo. Otra cosa será entrar en que quieras hacer una cosa y te salga otra, como por ejemplo que tengas la intención de matar a alguien y al final «solamente» lo lesiones, por ejemplo. El dolo en este caso, para algunas doctrinas, es determinante, porque puede marcar la diferencia entre que la pena impuesta se determine, por ejemplo, por unas lesiones «consumadas», o bien por un homicidio doloso en grado de tentativa, con resultado de lesiones. En fin, que no le quiero yo marear. La cuestión es que este tipo delictivo no plantea la posible comisión imprudente, o sea, sin dolo. El Tribunal Supremo lo dice bien claro: «el autor tiene que obrar con dolo, no permitiendo la ley formas imprudentes en su comisión».

Por lo tanto, si Plácido Domingo resulta que era un tipo que se volvía loco con las mujeres, que le gustaban las mujeres, que le ponía los cuernos a la suya cada vez que tenía ocasión, que pensaba que echar un polvo antes de cantar le entonaba la voz y le comía la oreja a toda mujer atractiva que tuviera cerca. Si resulta que alguna de ellas pensaba que si le seguía «el rollo» no tendría problemas de trabajo -o dicho en otro sentido, puestos a suponer, podría irle bien en el trabajo-, la intención que tenía este hombre, y así lo dice en su comunicado, era la de pasarse el día «de flor en flor». Llámelo equis. Y al leer el comunicado en el que él deja claro que siempre pensó que con quien se acostaba era consentido, y al leer las declaraciones de las supuestas víctimas, donde ninguna dice haber sido amenazada, violentada, o intimidada, sino que más bien ellas quedan con él, cenan, acuden a su dormitorio, a su apartamento, repiten, y llegan a decir que «¿cómo le vas a decir que no a «dios»?: la verdad es que no es raro pensar que dolo no había, ni humillación, ni hecho objetivo. O al menos no queda muy claro.

No pongo en duda ni una sola de las palabras de las nueve mujeres. Como tampoco pongo en duda las palabras del cantante. Me parecen compatibles en cierto modo.

Hay algo que el acusado señala, y creo que tiene razón: en el hecho de juzgar el pasado desde los ojos del presente. Y por eso también le han llovido palos. Pero es que yo creo que tiene razón. Hablen ustedes con sus abuelas, a ver qué les cuentan. O hablen con sus abuelos, a ver cómo se ligaba hace setenta años. Nada que ver con lo que hacemos ahora. De hecho, nada que ver las cosas que me cuentan mis primas pequeñas con las que yo viví hace diez años. Para bien y también, desde mi punto de vista para mal, dicho sea. Porque es cierto que por un lado, se supone que las mujeres nos estamos «empoderando», que los hombres se supone que ya no tienen tan asumidos ciertos roles machistas. Digo lo de » se supone» porque lo cierto es que en las generaciones posteriores a la mía, por lo que veo, mucho me temo que se están produciendo unas burradas que nos deberían hacer pensar.

Pero vaya, que no me quiero perder.Porque es un tema que da para pensar y para plantearse muchas cosas.

El caso es que yo, por más vueltas que le daba, lo único que me salía era apelar a la prudencia. Comencé a leer que estaban cancelando algunos conciertos del tenor, concretamente dos como consecuencia de este «escándalo». Y le dí vueltas a la dimensión que puede tomar algo de lo que no hay pruebas, que aparece treinta años después, y que inevitablemente va a destrozar la imagen de una persona que ha tenido una trayectoria profesional intachable. Lo mínimo, ante semejante panorama, entiendo que sería al menos dar el beneficio de la duda. No porque sea el Jodío Lunes, sino porque uno es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Y aunque parezca increíble, el hecho de que nueve personas, ocho anónimas, cuenten para un periódico una serie de historias (que tal cual se cuentan tampoco encajarían con el tipo delictivo), no es suficiente para que la opinión pública condene a una persona.

Pero es que, tal y como leía en un artículo de Cuarto Poder, donde entrevistaban a dos mujeres juristas, de haber habido delito, ya habría prescrito. Por lo tanto, ¿qué se pretende con todo esto? Sencillamente, devorar al Jodío Lunes. No veo por ninguna parte que todo esto suponga un «empoderamiento» de las mujeres, ni una lucha feminista. Discúlpenme las que ahora se lanzarán a quitarme el «carnet de feminista». Aquí no hay nada de eso. Más bien, me inclino a pensar que en el contexto que podría haberse dado, y tiene bastante pinta de haber sido más o menos algo parecido, «acostarse con dios» podría ser para alguien muy ambiciosa una manera de lanzarte hacia algún lugar donde, quizás en su manera de entenderlo, sin follar no habría conseguido hacerlo. Seré más clara: ¿quién pretendía aprovecharse de quién en base al contexto, que podría ser el descrito por el cantante?. Ni todos los tios son violadores en potencia, ni todas las mujeres unos seres débiles, acobardados e incapaces de no ir a una cena, hotel o apartamento, alguna incluso engañando a su marido en varias ocasiones. No puedo asegurar que este fuera el caso, pero también podría serlo. Sí, me planteé dándole vueltas hasta qué punto alguna de las mujeres que se haya acostado con Plácido Domingo lo hiciera, por un lado, pensando que se estaba follando «a Dios», y por otro, encantada de la vida si eso le daba algún papel principal en algún sitio. De las demás compañeras que no se follasen a Dios, sin duda, no le íbamos a preguntar a estas señoras.

Soy dura en estos temas, porque el cinismo me cansa. Y me agota ver rasgarse las vestiduras a algunas mujeres con estos temas, cuando en su día a día funcionan de una manera «peculiar»: criminalizar a los hombres públicamente, pero después «ser capaces de cualquier cosa para conseguir un curro» (dicho literalmente por ellas). No, no diré nombres. Y sí, alguna tengo en mente.

Por eso me molesta, como mujer, ver tanta vestidura rasgada en pro de gritar al mundo no sé bien qué. Como si acusar a alguien de algo, sin pruebas, treinta años después de manera pública pero no en un juzgado me pudiera causar algún tipo de alegría. Lo siento pero soy más de hacer las cosas de otra manera. Incluso la de jugarme un trabajo por no «follarme a Dios». Y me inclino a pensar que en la mayoría de los casos, quien es buena no necesita follarse a nadie para estar donde está. Puede que esté totalmente equivocada.

He leído también estos días que Jodío Lunes tiene un problema bastante más grave que el de la acusación de acoso sexual: la Cienciología. No se lo tome usted a risa que la información pone la piel de gallina.

Este señor tiene a dos de sus hijos «atrapados» en esta secta. Ha pasado las de Caín para poder ver a sus nietos, que también están absorbidos por estos fanáticos, y le ha costado una pasta tratar de verles y sacar, al menos, a uno de sus hijos de las fauces de esta truculenta organización. Todavía le queda un hijo dentro, según se cuenta en algún diario. La cuestión es que la batalla que ha debido tener con los de la Cienciología ha sido tan brutal, que hay quien apunta a que toda esta campaña sea una especie de «ajuste de cuentas» por haber dejado de financiar con una millonada a los de la secta.

La verdad es que no tengo ni idea de esto último y al leerlo me dio mucha pena. El caso es que sí me dejó sorprendida la causalidad de que nueve mujeres aparezcan de pronto, ocho de ellas no den la cara, y nadie pueda presentar una sola prueba de un supuesto delito que, además, ya habría prescrito.

En España, todo el mundo que ha trabajado con él no ha dudado en dar la cara y defenderle. Y eso que en España somos mucho de cazar brujas, pero esta vez, ha sido bastante generalizado el respaldo al tenor.

En conclusión: sigo pensando que en este asunto, como en cualquier otro en el que se produzca una acusación anónima, sin pruebas, y pasado tantísimo tiempo, antes de destrozar la reputación de alguien, lo mejor es poner en valor los cauces oportunos y las garantías necesarias. De lo contrario, volveremos a los tiempos de la Inquisición, habrá que demostrar que uno es inocente, en lugar de como establece el Derecho: que uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Y así debe ser. Hasta con Jodío Lunes.

 

1 Comentario

  1. Beatriz todo muy bien aunque con un pero, han salido otras 11 y otra que da la cara y detalles más que significativos, tanto que hasta Gabilondo el periodista prudente donde los haya dice que es una cosa que YA hace 30 años NO era normal como dice como excusa el cantante.
    Excusas las justas porfa

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