Está solo, solo por completo en la parrilla. No compite contra nadie más desde hace ya tiempo. Los otros coches están todos por detrás y los mira displicente, sin casi verlos, como una araña a las moscas. Ni siquiera su compañero de equipo le interesa o preocupa lo más mínimo: el bueno de Bottas.

Hamilton ya no corre contra los otros pilotos, contra sus supuestos rivales, contra su generación. Corre contra el tiempo, contra la inmortalidad y la historia. A todos los ha derrotado ya, apenas le falta un suspiro para tener más carreras ganadas que Michael Schumacher. Y luego…

Luego le igualará en campeonatos y el año que viene logrará superarlo, y se convertirá en ya  para siempre -para siempre mientras la F1 exista o alguien la recuerde- en el más grande piloto de todos los tiempos, porque los números mandan, y él es el dueño y señor de todos los números.

Está en otra dimensión, los mortales no podemos comprenderle porque él ya está bailando con la inmortalidad; hace muchos años que ya bailan juntos.

El espectáculo de la F1, los domingos que tanto esfuerzo han necesitado para resucitar con la pandemia, se resiente enormemente, pierde emoción y lucha. Per ¿qué importa eso ante la inmortalidad?

Hamilton, Lewis Hamilton. Se hablará de él mientras los motores rujan. Y más de él que de la Mercedes; quizá injustamente. Quizá.

Bravo Hamilton. Lo estás consiguiendo.

Tigre tigre.

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