La aparición hace unas semanas de la ciudadana británica, Jo Cameron, incapaz de sentir dolor debido a varias mutaciones genéticas en su cuerpo, ha aturdido a médicos y especialistas de todo tipo, y de igual manera, a simples ciudadanos. La posibilidad de no sentir dolor, no quedar bajo el dictado de la depresión o la ansiedad, (causas principales de un número de muertes en todo el mundo) y en ello, sostener una felicidad intemporal ante la posibilidad de poder manipular las sensaciones humanas, se ha mostrado en los últimos días como un horizonte al que dirigirse.

¿Pero qué traería una felicidad intemporal manipulada por alguna clase de sustancia o tratamiento? Probablemente, la nada interior.

La experiencia es una extraña pareja de viaje que ayuda a maridar nuestro carácter, y lo es también el pensamiento al imbuirse en toda reflexión. El conocimiento se adquiere ante la curiosidad y el esfuerzo, también la evolución. Residir en una felicidad autómata en una planicie sin quiebros ni altibajos, desahuciaría toda reflexión, nos empujaría a la felicidad obligada, al desajuste de todo proceder amparados en ese estado plano que soluciona todo lo emocional.

Por otro lado, la manipulación exterior en ese estado estaría a la orden del día, y todo individuo quedaría postrado como otro miembro de un rebaño, colmado de felicidad bajo unas directrices que, erróneas o no, son consecuencia o parte de ello. La emoción sería manejada desde el poder para engrandecer el establo de súbditos. Ningún súbdito o esclavo en un estado de felicidad por su situación es consciente de la manipulación o del engaño al que está sometido.

Probablemente, la felicidad es un estado al que llegar, en ningún caso un lugar donde quedarse de manera intemporal. La posibilidad de que ello ocurra mediante tratamiento o píldora otorgará mayor debilidad a la especie humana, la hará involucionar.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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